La plutarquía y otros relatos

De Escola Finaly
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La plutarquía y otros relatos

Agustí Chalaux i de Subirà

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Horace Finaly (1871-1945)

En 1925 tenía 14 años y vivía en Toulon. Un día, paseando, vi el anuncio de una conferencia sobre «El rol de los banqueros en la sociedad». La sala estaba llena de señores con grandes barbas. El conferenciante era Horace Finaly, director general de la Banque de Paris et des Pays-Bas. En el coloquio pedí la palabra. Ante la sorpresa de los asistentes Finaly dijo que me atendería personalmente al acabar la reunión.

Fue a partir de este encuentro fortuito que trabamos una amistad especial. Durante 14 años nos reuníamos periódicamente en su casa de París. Era una persona muy culta e influyente. De ascendencia judía, había nacido en Budapest en 1871. Sucedió a su padre Hugo en la presidencia de la Banque de Paris et des Pays-Bas, uno de los bancos más importantes del momento.

En una de las entrevistas ocurrió un hecho insólito, explicable por mis inquietos y atrevidos 18 años. La cita era a las ocho y media de la tarde en su despacho. Cuando llegué, un atento sirviente me hizo saber que M. Finaly no me podía recibir inmediatamente porque tenía una reunión importante, pero me rogó que le esperara en su biblioteca.

Primero me entretuve consultando libros. Después me senté en su escritorio y maquinalmente confirmé que había cajones abiertos. El remordimiento del fondo del alma no impidió a mi vehemencia revolver los cajones. Todo muy ordenado en carpetas bien tituladas, unas más interesantes que otras. Mi astucia de adolescente tomaba precauciones para conservar el orden de las carpetas. En el fondo del último cajón de abajo encontré una carpeta «confidencial». Atraído por el descubrimiento leí su contenido sin entender gran cosa. Era un tema bastante nuevo para mí. Se trataba del informe de una reunión importante celebrada en París el año 1919. Recuerdo que los componentes exclusivos de la reunión eran J.P. Morgan —junior— (Banca Morgan), Sir Henri Deterding (Royal Dutch/Shell) y Finaly como anfitrión. En la reunión participaban únicamente ellos, pero algunas veces llamaban a diferentes expertos y les pedían aclaraciones. Lo que más me interesó fue un resumen final.

El resumen contenía dos puntos y una conclusión:

Primero. Según los expertos, pero también según la opinión general de los grandes economistas de antes y durante la guerra del 1914, las existencias de oro sólo permitían cubrir los gastos bélicos durante tres meses. Para superar esta dificultad, los banqueros internacionales —como ellos— habían sugerido a los gobiernos beligerantes el abandono de la convertibilidad en oro de los respectivos papeles moneda, por lo memos en el interior de cada Estado.
Segundo. Si el papel moneda, desvinculado del oro, que se había preconizado y realizado durante la guerra, era ahora, una vez finalizada, «racionalizado», permitiría a los banqueros internacionales y a los responsables de las clases dirigentes —según los expertos— ganar más dinero que si se mantenía la moneda «desinformativa» y «anónima» vigente hasta entonces (y hasta nuestros días).
Conclusión. La decisión de los reunidos fue que no les interesaba «racionalizar» los papeles moneda irracionales vigentes porque, primero, ya tenían bastante dinero y segundo, el papel moneda irracional actual permitía el juego (sucio) de la «plutarquía mundial».

Mientras estaba reflexionando, absorto, con el documento recién leído entre las manos, recibí una bofetada mayúscula que me tiró al suelo. Durante unos momentos no supe qué me pasaba. Después, Finaly, cambiando de actitud, muy gentilmente me ayudó a levantarme y me pidió perdón. Me hizo ver mi indiscreción ante la confianza que me había demostrado dejándome solo en su biblioteca con los cajones abiertos. Me iba diciendo que ni siquiera uno de sus criados se habría atrevido a hacer lo que yo había hecho. (Estoy en duda, pero seguramente él tenía más espías en casa de otros que a la inversa).

Después del incidente cenamos. Nadie se enteró del exabrupto de Finaly. Durante la cena me preguntó qué había entendido del informe. Le dije que prácticamente nada.

La palabra que más me ha llamado la atención es «plutarquía».
Poco a poco —dijo— te lo iré explicando.

Aquel día no me explicó nada. Después caería en la tentación de extenderse conmigo acerca de todos estos temas tan embriagadores. Él tuvo la gentileza de ofrecer sus pensamientos más recónditos a un adolescente sediento que, en una oscura intuición, había adivinado la importancia de los conocimientos mantenidos ocultos por esta «casta superior» de grandes banqueros.

Junto a las confidencias bancarias me transmitió elementos de la tradición no escrita de Platón. Una de ellas hacía referencia a los intentos que Platón había hecho en Siracusa para restablecer una moneda personalizada-documentada, y de cómo había fracasado por falta de esclavos-escribas suficientes para anotar todas las transacciones. Platón —según Finaly— en sus viajes por el Mediterráneo había descubierto la existencia de una Edad de Oro en la que la moneda no era de oro o de plata y donde reinaba la paz y el mercado responsabilizado.

Todas estas revelaciones me dejaron perplejo. ¿Era posible y viable una moneda racionalizada que fuera el reflejo contable de cada compraventa? ¿Antes del oro y de la plata, había existido otro tipo de moneda no anónima e informativa? ¿El tipo de moneda podía ayudar o impedir que las guerras fuesen posibles? ¿Era real que unos pocos hombres influyentes —banqueros e industriales internacionales— decidiesen la suerte de millones de personas al margen de los políticos?.

Con estos interrogantes, aún a medio formular, fueron pasando los años. Un día, en 1939, llegué tarde a la cita y Finaly no me quiso recibir. Nunca más volví a verlo. La guerra le llevó a los Estados Unidos de América. Algunos años más tarde supe que había muerto en 1945 en Nueva York.

Algunos de estos interrogantes se me fueron reforzando dramáticamente con los acontecimientos de aquellos años. En setiembre de 1936 en Barcelona, un mes después del golpe militar, Abad de Santillán, dirigente de la CNT, me dijo: «Ya hemos perdido la guerra y la revolución por no haber sabido, de buen principio, dominar la moneda y la banca como instrumentos al servicio del pueblo: ¡hemos considerado que las armas y la violencia lo eran todo!» Esta declaración corroboraba la de otro importante dirigente de la CNT, Mariano Vázquez que me confesó: «Durante veinte años nos hemos preparado para obtener lo imposible y ahora que lo tenemos no sabemos qué hacer. Hemos estudiado y practicado todos los caminos de la revolución, pero no los caminos de qué hacer con el mando sin trabas que nos ha dado la revolución». Curiosamente, estas conversaciones me hicieron extraer las mismas conclusiones que las surgidas de las largas conversaciones con el banquero Finaly.

Con estas claves de interpretación y con estos interrogantes, la investigación fue a la vez apasionante y ardua. Tuvieron que pasar casi 40 años hasta que nuevos datos me hicieron entrever que aquellas atrevidas afirmaciones de Finaly sobre un tipo de moneda diferente, personalizada e informativa eran no sólo técnicamente viables sino que, incluso, un sistema monetario de estas características ya había existido antes del uso de las monedas anónimas de oro y plata.

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Bulla

En agosto de 1978 apareció en la revista «Investigación y Ciencia» un artículo sobre «El primer antecedente de la escritura» donde se abría una nueva visión del funcionamiento de las ciudades del Asia occidental en el período que va del 9º al 2º milenio antes de nuestra era. Se trataba del descubrimiento de un complejo sistema de fichas y de registros de arcilla que permitieron el funcionamiento de los mercados en una zona que se extendía desde el Mar Caspio hasta Jartum y desde el Indo hasta el Mediterráneo. Este sorprendente estudio parecía confirmar las hipótesis de Platón sobre una Edad de Oro sin guerras y con unos tipos de instrumentos de intercambio sin valor intrínseco y responsabilizadores.

Curiosamente, este descubrimiento permitía emitir una audaz hipótesis sobre el origen de la «historia» y de los imperialismos. La historia comienza oficialmente con la aparición de la escritura, es decir, en el momento en que se crean las tablillas sumerias. Según la investigadora, estas tablillas fueron una evolución del sistema de registros y fichas anterior. Evolución que acabó con él. Todo esto sucedió aproximadamente cuando Sargón I rey de Akkad se convirtió, en pocos años, en dueño del primer Imperialismo histórico, conquistando —no se sabe cómo— muchas de las pequeñas ciudades amuralladas que durante 7.000 años habían sido independientes. Es precisamente en este tiempo que comenzó a aparecer el uso de los metales preciosos como moneda aceptada gracias a la invención de la balanza de precisión, la piedra de toque y el agua regia que permitían medir las cantidades y las calidades.

Todos estos datos, ¿no podían sugerir que existía una relación directa entre paz-imperio-moneda responsabilizada (que duró 7.000 años) y entre guerra-imperialismo-moneda anónima (desde hace 4.500 años)?.

El otro hecho, mirando al futuro, es la rápida expansión de sistemas electrónicos y telemáticos en el campo del dinero. En el año 1920 no era viable técnicamente sustituir los billetes y las monedas por moneda racional (facturas-cheque). Pero con la introducción de sistemas de pago electrónicos no solamente la viabilidad es total sino que la monética —moneda electrónica— significa una progresiva reducción del uso del papel moneda y de las concepciones del dinero como «tercera mercancía».

La investigación histórica y la investigación técnica empezaron a avalar las intuiciones mantenidas durante años.

La transición política española confirmaría la importancia de disponer de unos instrumentos muy precisos y potentes capaces de dotar los ideales de transformación social con algo más que manifestaciones o elecciones libres. El desencanto de la política es el precio que estamos pagando por no haber aprendido de la mayoría de revoluciones y cambios sociales que quienes verdaderamente tienen el poder permiten que «todo cambie para que todo continúe igual».


Agustí Chalaux i de Subirà

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