La primera historia humana

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La primera historia humana

Lluís Maria Xirinacs i Damians

Prólogo: Carmen Béjar

Colección: Bullae 3 - 1a edición: Barcelona, 17 de Junio de 1997

Licencia: Creative Commons Reconocimiento-Compartir bajo la misma licencia 3.0

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Contenido

Hay historias e historias. Ésta es una historia muy peculiar destilada poco a poco y publicada página a página en la revista LA FURA entre los años que van de 1986 a 1989. Hemos hecho una recopilación de estas páginas. Cada una es como un sorbo redondeado en el que se nos habla de un tema diferente pero de aquellos que son actuales y de siempre: la guerra, el poder, el dinero... Con frecuentes excursiones a la prehistoria en busca de valores perdidos y extrapolándolo a la historia más reciente y a nuestros días, nos lleva a un análisis-crítica de la sociedad actual y de nuestro comportamiento: depauperación, esquizofrenia, reminiscencias adulteradas de antiguos valores... Así se va tejiendo a pequeños sorbos y a grandes rasgos una historia de la prehistoria importante, diferente, y a veces tan encantadora que fácilmente nos despierta nostalgias del paraíso perdido. La infancia de la humanidad que también es nuestra infancia, cuando las cosas y las personas eran transparentes, sencillas... Cuando el alma y el cuerpo andaban juntos y la materia y el espíritu no se habían divorciado, cuando el hombre ejercía la mística junto con su trabajo... van desfilando ante nuestros ojos como una preciosa colección de pinturas «naíf» que nos dejan con ganas de que el «xirigueig» siga sonando.

Carmen Béjar


EL ORIGEN DEL HOMBRE

Tema siempre apasionante. ¿De quién venimos? Desde mediados del siglo pasado, las excavaciones arqueológicas han echado por tierra las ideas tradicionales de la edad del hombre sobre la tierra. Cálculos basados en números bíblicos hacían suponer que el hombre fue creado hace unos diez mil años. El esqueleto de hombre encontrado en el valle de Neanderthal, en Alemania, en 1856 lo hace retroceder a los sesenta mil años. Cerca del lago de Banyoles fue encontrado un ejemplar de las mismas fechas.

Comienza, a continuación, una cuenta atrás fascinante hasta nuestros días, en los que la familia Leakey de investigadores establece para el hombre una antigüedad aproximada de tres a cuatro millones de años. En yacimientos de África ecuatorial oriental de aquellos tiempos, hay simios superiores correspondientes a los actuales chimpancés y también hay seres más avanzados llamados Homo erectus, con las variedades de robustus y de gracilis, que se extienden después por todo el África. Se dibuja un par de series de hallazgos de una parte de los simios superiores y por la otra, de estos Homo erectus a partir de los 3-4 millones de años. Antes no se ha encontrado ningún rasgo de hombres.

Y, ¿por qué decimos hombre a este antepasado? Es necesario estudiar las formas del cuerpo. De todos los animales, aquel al que nos parecemos más, sin lugar a dudas, es el simio superior o póngido (orangután, gorila, chimpancé). El parentesco es sorprendente en una larga lista de estructuras corporales. La tentación de afirmar que venimos del simio superior es grande.

Se supone que la posición derecha sobre dos pies libera las manos. Las manos libres, por una parte, liberan la boca de la chapucera misión de arrancar la comida directamente. La boca se empequeñece y el cerebro creciente, toma en la cabeza lugar en la cara. Por otro lado, las manos libres, ayudadas por los diseños del cerebro creciente empiezan a construir y emplear utensilios para mejor capturar y preparar la comida. Conocemos yacimientos de piedras con incisiones (pebble cultura o cultura de los guijarros) desde hace más de dos millones de años en el mismo lugar donde se han encontrado los primeros hombres.

Pero el criterio máximo de hominización es el crecimiento del cerebro que se desarrolla de 400 cm3 a 1.200 cm3 de promedio en el hombre de Cromagnon. Es una sorprendente multiplicación por tres realizada en unos pocos y osados saltos hacia adelante sucesivos. ¿Son mutaciones genéticas fruto del azar?, o ¿son intervenciones divinas sucesivas para hacer al hombre a su imagen y semejanza? Los siglos antiguos pensaban que era cosa divina. Los últimos siglos racionalistas lo atribuyeron al juego ciego del azar.

Alguien quizás no se lo querrá creer, pero grandes científicos de los últimos años tienden a «necesitar» de una inteligencia superior final que conduce la evolución hacia adelante. El azar, matemáticamente, no puede producir en tan poco tiempo la maravilla del cerebro humano responsable de la complejísima y avasalladora civilización actual.


APARICIÓN Y ¿DESAPARICIÓN? DEL HOMBRE

Los primeros hombres, si vienen de los simios superiores, no son nada compatibles con ellos. La unión sexual del hombre con el simio superior no es fecunda. Si se hubiera podido unir también la habría podido absorber como las diferentes ramas de hombres se han ido reabsorbiendo entre sí a lo largo de un tronco común. Se han definido cinco variantes importantes: el Homo erectus robustus, el Homo erectus gracilis, el Homo neandertalensis, el Homo cromagnonensis y el hombre actual. Primero se pensó que las ramas más antiguas se extinguieron. Hoy se piensa que son variaciones reabsorbidas por cruces sexuales, al igual que hoy, lentamente, se van mezclando las diferentes razas de humanos que hay sobre la tierra. La especie humana es única: todos se pueden unir con todos. Los racismos no tienen base biológica ni ética.

Parece cierto que la aparición de la humanidad por primera vez fue en el corazón de África ahora hará unos cuatro millones de años. En América no nació ni el hombre ni siquiera el simio superior. El hombre pasó cerca de tres millones de años sin moverse de su nido caliente del continente africano.

Ahora los discípulos sabadellenses del fallecido gran arqueólogo catalán Miquel Crusafont Pairó, parece que han descubierto el hombre más antiguo de Europa y quizá de Asia, en Orce (Granada) de Andalucía. Tal vez tiene un millón y medio de años. Es muy probable que, durante el último millón de años, el hombre se haya ido expandiendo por el viejo mundo en busca de más frutos de la tierra, de más caza y más pesca a medida que crecía en número de habitantes. Le fue necesario aprender a domesticar el fuego y a vestirse para adentrarse en territorios tan fríos y tan distantes de la calefacción natural del ecuador. También fue perfeccionando sus herramientas: cuchillos, lanzas, flechas, hachas, arpones, etc. De todo ello, se ha encontrado ampliamente por las diferentes comarcas del Penedès, del Garraf, del Anoia. Hoy, sobre todo entre la gente joven, se ha desvelado una gran pasión de investigación arqueológica por todo el país.

Y la humanidad siguió expandiéndose por toda Europa, Asia y Oceanía. Hasta que no cupo. Hacia el 20.000 antes de Cristo penetró por Alaska desde Siberia y fue ocupando de norte a sur toda América.

Desde hace unos 15.000 años llenamos el planeta y nos tenemos que ir apretando y arañando la tierra... hasta deshacerla. Desde entonces vamos explotando la tierra, quemando el bosque, arrancando metales y petróleo, ensuciando las aguas y los aires, extinguiendo miles y miles de especies vegetales y animales y... oprimiendo y matando otros hombres.

De momento la gran listeza del hombre ha servido para seguir aumentando el número de humanos a costa de destrozar todo lo que ha sido necesario para el mantenimiento y reproducción de la vida más inmediata. ¿Se acerca, de verdad, el tiempo en que el hombre hará uso de su conciencia global? o ¿desaparecerá autoinmolado por su propio poder?


HISTORIA HUMANA

En los libros de texto, de pequeños, estudiábamos la distinción entre historia y prehistoria humana. El inicio de la historia en cada lugar venía determinado por la aparición de documentos escritos. La escritura permite un conocimiento más preciso de la realidad humana que los otros documentos o restos del paso del hombre sobre la tierra.

Pero la arqueología moderna con un largo séquito de ciencias auxiliares, ha desarrollado tal cantidad de técnicas de investigación de la realidad primitiva del hombre que el criterio de la escritura ha sido abandonado.

A finales del siglo pasado el pensamiento marxista intentó establecer una distinción: historia natural e historia humana. Mientras el hombre vivía de la recolección de los productos espontáneos de la naturaleza, no era considerado propiamente como hombre: era un hombre animal y su historia constituía el último capítulo de la historia animal.

Cuando el hombre inventa la agricultura, la ganadería, la minería, la metalurgia y las artesanías diversas, cuando el hombre crea valores utilitarios que la naturaleza no daría espontáneamente, entonces empieza la historia del trabajo creativo. Digamos de paso que según los marxistas esta historia humana lleva la opresión del hombre por el hombre y la consiguiente lucha de clases para mantener o expulsarse la opresión.

Aquí, propongo llamar historia humana la totalidad del hecho humano, del transcurso de la especie humana desde su aparición fechada aproximadamente hace cuatro millones de años. Esta larga historia, jalonada de indicios, señales, restos, monumentos, se puede dividir en tres etapas.

  1. La historia humana natural o de expansión biológica. Comienza con el inicio del hombre y dura hasta nuestros días y durará. El hombre biológico es un animal, ciertamente, pero como animal es especie diferente que tiene características propias, que genera conductas propias del hombre y que, por tanto, genera historia propiamente humana.
  2. La historia humana artificial o de expansión económica. Comienza con el inicio de la producción de bienes utilitarios, animales, plantas y minerales, convenientemente adaptados a las necesidades del hombre para su alimentación o utilización. Veremos que tiene una primera fase prácticamente sin lucha de clases y una segunda fase con lucha de clases. Esta segunda fase explota y agrede la naturaleza hasta nuestros días.
  3. La historia humana ecológica o de síntesis de las dos historias anteriores. Comienza en nuestros tiempos con tímidos intentos de superación de la lucha de clases y de investigación de una economía más respetuosa de los ciclos y equilibrios de la naturaleza.

Tenemos la suerte, en el tiempo en que nos ha tocado vivir, de ir más allá de la ingenuidad primitiva y de la economía feroz hacia una expansión más armónica de la humanidad.


EL HOMBRE NATURAL

Comienza hace cuatro milenios de años y dura de momento, hasta hoy. Hay quien se empeña en negar la existencia del hombre natural hoy. Los hombres de empresa, con su ritmo de producción desaforado, feroz, han destrozado de tal guisa la naturaleza humana que los marxistas y mucha gente de izquierdas piensan que ya no existe la naturaleza, que todo está perturbado por la historia artificial del hombre. Y es cierto que rincones de naturaleza pura quizá no encontraríamos en todo el largo y ancho de las dos comarcas del Penedès. Tampoco encontraríamos ningún hombre que pueda ser considerado el salvaje puro, como soñaba Jean Jacques Rousseau en su libro «El Emilio».

Esto hizo que el pensamiento marxista, equivocadamente a mi juicio, pusiera como única y base y motor de la historia humana la economía. Marx decía la infraestructura económica. Recuerdo cuando viví diez años en el campo, como yo decía a los campesinos: «¡Qué bien se vive en el campo! Fijaos qué flores más bellas, qué pájaros más habladores, qué puesta de sol de color púrpura...». Ellos me respondían: «Estas flores son malas hierbas que hay que arrancar, estos pájaros se comen el trigo y hay que matarlos; el sol rojizo, lluvia o viento o tormenta nos dañará la cosecha...». Yo venía de la ciudad y creía inocentemente en la naturaleza pura, ellos vivían en el campo y pensaban rigurosamente en términos de explotación económica.

Pero si la naturaleza pura ya casi no existe, es equivocado deducir que la naturaleza no existe. Equivocación grave. La tierra, el aire, el agua, el calor y el frío, los volcanes y los terremotos, los vientos, las heladas, las nevadas, los aguaceros, los animales, las plantas existen. Nuestra hambre, nuestra sed, nuestra circulación sanguínea, la respiración, los músculos, la piel, nuestras necesidades, los sentidos, la herencia, la gestación, la lactancia, el aprendizaje, los sentimientos, las intuiciones existen. El hombre natural y la naturaleza no humana existen, ofrecen dura resistencia a la explotación artificial del hombre y colaboran poderosísimamente con el hombre en sus tareas económicas productoras.

Hay una cultura que deriva principalmente de la naturaleza: la referente al respeto a la misma naturaleza, la cultura básica de los derechos humanos, los derechos nacionales, del arte, los sentimientos, de la lengua materna, de las costumbres populares, del espíritu y otra cultura que se deriva principalmente de la economía: la referente a la ciencia, la técnica, a la política, la sociología, el derecho, a las religiones sociológicas. Esta segunda cultura aceptaría mejor el nombre de civilización, derivado de «civitas», ciudad.

Aun en los tiempos modernos más atormentados con la lucha de clases, todas las culturas o superestructuras derivadas de la base o infraestructura natural, escapan en buena parte del planteamiento y la servidumbre de la lucha de clases. Seas de derechas o de izquierdas, tendrás que defender los derechos de la naturaleza, el derecho a la vida y a la muerte, los derechos humanos individuales y colectivos, los derechos de barrio, municipio, comarca, nación, el arte, el espíritu, los sentimientos, la lengua, las costumbres. Se sea del color que se sea.

«He encontrado unos ojos transparentes en la cara de mi enemigo».

«Lo tenía que matar... y amo a este hombre».

«Traidor, hijo mío?...»


EL PARAÍSO TERRENAL

La sierra noroccidental de Font-rubí y las prolongaciones, hacen de pantalla contra el viento dominante de mistral en el Penedès. Los indicios más antiguos de la presencia del hombre en esta región, se encuentran en esta sierra que esconde la tranquila subcomarca de Mediona y que tiene como centinela vigilante y rincón de soledad y meditación la masía Bolet (seta), con la cueva del Bolet (seta) repleta de hallazgos prehistóricos y leyendas fantásticas.

Dicen los entendidos que la seta por excelencia, la Amanita muscaria, o, como decimos en catalán, el reig bord o matamoscas, es aquel que nos hace considerar «un poco locos» a los que lo han ingerido, porque provoca alucinaciones, contiene una droga, la muscarina, que hace ver duendes y pitufos, que da alegría al corazón y fuerza a los músculos, que hace «viajar».

Hoy, después de unas consideraciones generales sobre la historia humana, hechas en días anteriores, con el Paleolítico, desde la cueva del Bolet, empezamos la descripción del viaje alucinante de la historia humana, primero natural, después artificial y finalmente ecológica.

El Paleolítico o «piedra antigua» comprende toda la historia natural del hombre que, en este largo periodo, que va desde el origen hasta unos 12 o 10.000 años antes de Cristo, no produce ningún bien utilitario, no es artificial. Se dedica a recolectar vegetales y animales existentes espontáneamente en la naturaleza. El único artificio que crea el hombre es la herramienta, la herramienta para recoger más y mejor: hachas, flechas, lanzas, agujas, etc. Es comprensible, pues, que en esta extensísima etapa de la historia humana se la pueda considerar como un paraíso, el paraíso terrenal, el mito del paraíso original. Al hombre sólo tenía que estirar el brazo, sin moverse de su posición de acostado en el prado verde, y abarcar la fruta jugosa del árbol, que colgaba «buena para comer, hermosa a la vista y apta para adquirir sabiduría», como dice con elegancia la primera página de la Biblia.

Cuatro millones de años aprovechándonos de los dones espontáneos de la naturaleza son demasiados años para olvidarnos de ellos. Todas las tradiciones sueñan el paraíso ancestral. Todas se afanan por reconquistarlo. A todos nos gustaría vivir sin trabajar, pasar las horas bajo la parra y abarcar sin movernos la fruta deliciosa. El Edén de los semitas, el Walhalla de los germanos, la Arcadia de los griegos. El hombre es el rey de la creación. Su destino es un jardín de delicias. Las tradiciones, incluida la bíblica, aun imaginan el hombre primitivo vegetariano. No comía animales. Hubiera sido necesario matarlos y eso habría roto el encanto de paz y armonía.

Aún hoy, la mayor parte de los pueblos orientales, mucho más conservadores de las viejas costumbres que los occidentales, se mantienen predominantemente vegetarianos para conservar la armonía natural. Es un crimen matar a un hombre, es un crimen abortar. Pero también es un crimen matar a un animal. Que lo mate un ave rapaz o mamífero carnicero es excusable, aunque lamentable. No saben más. Pero que la mañana el hombre... El hombre es tan inteligente que puede vivir sin matar animales y puede acostumbrar a los gatos y a los perros, que son carnívoros, a vivir de leche y sopas de sémola.


LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL

Hemos visto tanta televisión y tantos anuncios publicitarios que hemos caído en la grave equivocación de imaginar la felicidad y la armonía humanas como algo blando. Una especie de «colchón-Flex» anatómico: el universo adaptado a nosotros como los padres a un niño mal educado. La realidad es exactamente la inversa. La verdadera paz, la armonía y la felicidad humanas, radican en adaptar perfectamente al hombre al universo. El más adaptado es el que triunfa.

A lo largo de los últimos milenios de la historia artificial, llenos de desgracias injusticias, crueldades y opresiones, unos pocos hombres han logrado adaptarse al universo a sus necesidades y gustos, el «colchón-Flex» universal. Y eso ha proporcionado la base para imaginar el paraíso original como un paraíso blando y fácil.

La realidad natural es dura y difícil. Ha sido necesario en la naturaleza quince mil millones de años para «producir» el hombre. Y el hombre primitivo era fuerte, duro, austero, despierto, solidario, creativo. Su felicidad no era el resultado de la explotación de los otros hombres ni de la dejadez, la abulia, la evasión, la irresponsabilidad egoísta. Luchaban buena parte del día para proveerse de un alimento que les era disputado por otros animales, vivían a sol y serena, sin colchones ni almohadas, ni cobijo, ni luz artificial, ni zapatos; constantemente agredidos por el clima, por los microbios, los insectos, por las arañas, los escorpiones y las serpientes, por las aves rapaces y los carnívoros.

Aquel paraíso terrenal del Paleolítico no se parecía nada a un jardín de odaliscas como sueñan y esperan los árabes, o un colchón de agua en una cama redonda rodeado de espejos como sueñan y desean los modernos americanos.

Sí, es cierto, el hombre primitivo lo tenía más fácil que los animales, por eso el hombre ha terminado, después de una larga y arriesgada lucha, imponiéndose a los animales. Pero aquella facilidad no tiene nada que ver con las facilidades que nuestra civilización concede a algunos y hace envidiar a otros. Es cierto que los hombres primitivos, tras una larga jornada de trabajo, aun les sobraba tiempo para soñar, meditar, hacer el amor y la amistad. Pero esta felicidad venía como resultado de un gran esfuerzo. Era, no una felicidad regalada, sino una felicidad conquistada.

Hoy tenemos distinguidos el bien del mal. El bien es un cielo de felicidad, el dolor es un infierno de tormentos. Muy parecidos al palacio de un rico y a la barraca de un pobre respectivamente. Entonces la humanidad no estaba separada en clases sociales opresora y oprimida. Y la persona individual no estaba partida en situaciones de felicidad y de tormento. Todavía no conocían la terrible ciencia del bien y del mal. La vida era dura y bella al mismo tiempo. Como el despertar del leñador o del pastor en los bosques de Font-rubí, después de una noche con la roca clavado en el riñón y la trompetilla del mosquito atormentando la oreja. La verdadera felicidad es vencer resistencias. El hombre primitivo es un hombre de una pieza, íntegro y, como diría el Evangelio, ni bueno ni malo, ni justo ni pecador, «perfecto», como el Padre celestial que hace salir su sol sobre los justos y sobre pecadores. No nos engañemos, en esto de la civilización no cambia nada. Sólo sustituye la angustia de un rayo de tormenta de verano por la angustia del vencimiento de una letra de cambio.

Este es el ideal real, el paraíso de verdad. No nos dejemos engatusar por los paraísos de delicias que sólo son posibles mediante infiernos de tortura.


MATERIA Y ESPÍRITU

No sabemos si en las tierras del Penedès hubo mucha vida humana en el Paleolítico inferior, sólo se han detectado indicios. Parece que se han encontrado yacimientos en Orce (Jaén) de más de un millón de años. Pero la sede indiscutible del hombre más primitivo se encuentra en África.

He aquí las conjeturas posibles deducidas de lo poco que sabemos:

La materia y el espíritu no aparecen como cosas separadas. La actividad productiva: caza, recolección y pesca superaba con creces las necesidades de supervivencia y de reproducción. Además de que no cesa de crecer la población, aparece, en seguida, una plusvalía, un excedente, que se destina a un nuevo consumo, al que podríamos llamar consumo social. El animal abandonaba el exceso de caza que no se podía tragar. El hombre comienza junto al consumo de subsistencia un consumo social. En aquellos tiempos remotos no existía la propiedad privada. Pero ya existía el trabajo como fuente de producción. Ya funcionaba la empresa. Toda la horda trabajaba conjuntada. Y pronto surgiría el capital.

Un día se hizo fuego debajo de una cabeza de animal muerto, colgado de una rama. Esa pieza sobrante no se había podido consumir. La horda ya estaba harta. Al cabo de unos días descubrieron que la res ahumada no se corrompía.

Así nació la primera técnica de conservación. Después el hombre aprendió a conservar con sal y con otros medios. Una pieza que no se come y se conserva es un buen ahorro. Cuando no hay cacería es bueno comer un buen corte de cordero ahumado. Se convertía en un capital escondido en el fondo de la cueva. Capital viene de capite cabeza (de ganado). Y, ¿qué se hacía de la producción sobrante? ¿En qué consistía el incipiente consumo social?

Aquel hombre del Paleolítico inferior era eficazmente material y profundamente espiritual. Se le ha tildado de animista despectivamente, porque le vibraba el alma. Juzga por los hechos, tú, lector, si su alma no merecía un gran respeto.

Con el excedente creó la primera expresión de la sacralidad: los sacramentos originales.

  1. El Banquete sagrado o la fiesta de la horda. De vez en cuando se reunían, llenos de alegría, a celebrar una comida extraordinaria a lo largo del cual se estrechaba más la amistad y la intimidad de todos con todos.
  2. La Animación de la fiesta o el sacerdocio profético, sobre todo ejercido por mujeres. Era la procreadora de la nación y, por tanto, la más sensible al espíritu común.
  3. El Matrimonio, matri-munus, la ofrenda de la mejor captura a las mujeres gestantes y lactantes. Mujer, gines en griego, produce nación, genos en griego. Se merece pues, el mejor presente.
  4. El sacramento de los Débiles o, en lenguaje moderno, la seguridad social, la ofrenda de las otras capturas sobrantes a los enfermos, débiles, viejos.

Entonces el sacramento no era sólo signo del espíritu era también una buena realidad material. Eucaristía, Orden sacerdotal, Matrimonio, Sacramento de los enfermos son nombres modernos de gracias antiguas. Los animales no hacen fiestas, no tienen animadores, no hacen trato especial a la madre, al enfermo, al viejo. En el primer hombre economía y espíritu iban juntos.


COMUNIDAD Y AUTORIDAD

El hombre natural del Paleolítico inferior ya disponía de empresa, de trabajo, de beneficios, de ahorro, de capital, de fiesta, de sacerdocio, de matrimonio (¡el patrimonio debido a la madre!), de seguridad social, hace quizá millones de años. No renunciará.

¿Como era su vida? La cabeza de cada persona individual estaba llena de las necesidades y de las libertades del conjunto de la horda. Todavía no estaba inventado el personalismo individualista. El bien sobrante, el excedente, era automáticamente bien común. No había todavía propiedad privada. Cada uno pensaba más en lo común que en sí mismo. ¡Qué diferente de ahora! La comunidad era sólida, solidaria, todos eran corresponsales de todo. Cada uno se podía dejar matar para salvar el conjunto. Lo común era todo. Común no viene de cum unitate, con unidad, sino viene de cum comunes, con ofrendas, con ayuda, con defensa.

Se comprenderá, pues, que la autoridad no era poder, no era opresión de uno sobre los otros. Autoridad, viene de auctoritas y esta palabra viene de augere, que quiere decir aumentar la vida, los derechos, las posibilidades materiales, las libertades de la comunidad.

La sociedad del Paleolítico inferior se llama técnicamente viriarcal. Vir significa hombre, varón, macho. Arquía es el mando del pueblo por parte de la autoridad. La anarquía pertenece a la base del pueblo, donde es la fuente de los derechos, de la fuerza, de la libertad e incluso de la autoridad. La arquía es la autoridad al servicio del pueblo.

En aquellos primeros tiempos de la historia natural del hombre, arquía y anarquía no estaban reñidas como en nuestra historia. No había poder del hombre sobre el hombre. La autoridad era un auténtico servicio social. Veámoslo.

El hombre había heredado de los animales superiores la «institución» del macho conductor. El varón más fuerte de la horda ejercía la función de la «autoridad». Mientras el resto de la comunidad descansaba o comía, era necesario que él vigilara. Cuando eran atacados era necesario que él saliera el primero en la defensa. Cuando faltaba alimento era necesario que él fuera a buscar parajes más bien provistos. Cuando perdían un cachorro de hombre era él quien tenía que ir a buscarlo.

Si esto es autoridad, ¿quien se presentaría a elecciones este mes de junio? «Quien quiera ser el primero de todos que se haga servidor de todos». Porque tenía más fuerza o más habilidad que los demás se consideraba más en deuda con los demás. Los más fuertes se peleaban y competían para ocupar el puesto de máximo sacrificio del grupo. «Adelántese los unos a los otros en el servicio común». Y, ¡oh maravilla!, En realidad aquello no representaba ningún sacrificio del «yo» porque no existía el egoísmo. La máxima realización personal consistía en hacer avanzar más y mejor el grupo.


ESCASEZ Y EXCEDENTES

Los libros de economía de mentalidad capitalista suelen definir y justificar la economía como reglamentación ante la escasez de bienes útiles necesarios. Dicen que hay hambre en el mundo porque el alimento es un bien escaso. Dicen que hay guerra en el mundo porque escasean las materias primas o las fuentes de energía. Hay demasiada población en el mundo, siguen diciendo, y el planeta no da para tanto.

Esta hipótesis de la escasez, a menudo compartida por los ecologistas, es una extrapolación al terreno humano de una ley cierta de los vegetales y los animales. Cada especie viviente tiene un límite natural en su expansión: cuando ya no puede crecer más porque la naturaleza no produce espontáneamente más recursos para más población. Si la especie sigue llevando más hijos al mundo, los hijos morirán de hambre.

¿Pasa lo mismo entre los hombres? Un hecho es cierto. Ahora, millones de hombres están desnutridos y millones se mueren de hambre. Y hace miles de años que esto empieza a pasar. ¿Será cierta la afirmación de los maltusianos del siglo pasado y del Club de Roma en nuestros tiempos que la humanidad ha tocado techo?

Pensamos que, si esto es cierto, es comprensible, no digo justificable, que ocurran todo tipo de acaparamientos, de desequilibrios, acumulaciones y carencias, de guerras egoístas de rapiña y guerras desesperadas de supervivencia. La ley de la selva entre los hombres resulta inevitable. El grande se comerá al chico y sólo una férrea dictadura permanente de los «justos», con la supresión de las libertades, hará posible una humanidad sin pobres y muertos de hambre.

Y cabalmente este es el panorama de nuestro mundo actual: un planeta dividido entre los libres selváticos del oeste y los justos tiránicos del este. Con la terrible amenaza pendiente de una guerra de holocausto mundial.

A mi juicio, esto es un lamentable engaño. La historia larguísima de los hombres desde el Paleolítico nos demuestra todo lo contrario. El hombre aparece literalmente en medio de la lucha de la selva más feroz de los animales y vegetales en el corazón de África ecuatorial. Y el hombre va consiguiendo continuamente escapar de la escasez y alcanzar excedente económico. Sí, es cierto que en determinados momentos ha sufrido estrangulamientos pequeños y transitorios, pero acto seguido, su capacidad creadora de bienes útiles necesarios artificiales ha suplido con creces las estrecheces momentáneas. Y esto es cierto desde los inicios oscuros del Paleolítico inferior, plagado de competidores animales hasta nuestros días.

Karl Marx, en una Inglaterra mayoritariamente hambrienta, con un proletariado desnutrido y enfermizo, anunció sorprendentemente hace más de un siglo que el capitalismo moriría ahogado en la superproducción. Y así va pasando. Mientras medio mundo se muere de hambre, la FAO avisa de que sobra riqueza para todos y los países ricos, no se salen de la pesadilla de los excedentes que se les dañan en los almacenes. Hay que tirar al mar plátanos o café. Hay que parar la extracción de la potasa o del estaño. Hay que restringir la producción de trigo o de vino. Se paga al campesino para arrancar viñas y olivos..., mientras todos vamos con el corazón en un puño por miedo a vernos privados de lo necesario y nos volvemos egoístas y crueles para acumular seguridad económica.

¿Quien hace estas falsas películas «históricas» donde se ven las hordas primitivas guerreando entre sí para robarse el control del fuego? Hasta hace unos 12.000 años la humanidad siempre ha sabido salir del callejón sin salida de la escasez. Y en estos últimos 12.000 años hay más de la mitad en los que tampoco reinó la escasez, como veremos, ¿Qué pobre de espíritu ha de menester la miseria de los demás para construir la propia grandeza? ¿Quién nos engaña para mantenernos bien atornillados?


PRIMERA DIVISIÓN DEL TRABAJO Y DE LA PROPIEDAD

¿Como entró en el mundo de los hombres la especialización?

Hoy vivimos en una sociedad de especialistas. Lo más especializado es buscado por las empresas y se hace rico. Sobran trabajadores no cualificados pero faltan en las especialidades punta. Las nuevas y altas tecnologías sufren sed de personal preparado.

Y sin embargo esto violenta la naturaleza. La persona humana es naturalmente globalizadora, es feliz cambiando de trabajo, haciendo cosas distintas y conociendo las implicaciones de conjunto. El cuerpo humano que sabe y puede hacer tantas cosas distintas sufre la peor de las torturas obligado a sentarse cada día ocho horas en un banco de una cadena de montaje repitiendo siempre un movimiento monótono o tecleando en un ordenador con los ojos turbios ante una pantalla fluorescente.

La primera especialización histórica de que tenemos noticia, sucedió ante el primer aviso de la naturaleza cuando escaseaba la recolección de frutos, la caza y la pesca. Dentro de la horda, hará unos cien mil años, se crearon pequeños grupos de captura especializados. Un grupo cazaba el ciervo. Otro captaba miel. Otro se especializaba en los cocos o plátanos de las altísimas palmeras. Y un último en la pesca de la astuta trucha. Estos clubes especializados de caza, pesca o recolección, se conocen con el nombre de «tótems». Al principio los arqueólogos creían que eran unas misteriosas sociedades secretas rodeadas de crípticos ritos iniciativos, las «totemizaciones».

Después se ha visto que la esencia de los tótems es la producción especializada, con inventos de técnicas originales para mayor eficacia. Y todo ello, progresivamente rodeado de culturas y tradiciones artísticas y sacrales muy expresivas. Hoy en día ciertas peñas de cazadores o pescadores se parecen bastante a aquellos primitivos tótems: «Los Ciervos», «Las Águilas», «Los Bisontes», «Las Abejas», con sus tabúes rituales.

  1. La inteligencia humana inventa la especialización dentro del conjunto de la horda para evitar la escasez incipiente. Así se vuelve a producir excedente.
  2. La captura especializada hace nacer en la humanidad, parece que por primera vez, la propiedad privada en el seno de la propiedad comunitaria. Era una propiedad privada muy rudimentaria, muy incipiente. No era individualista, era de grupo, era de tótem. Cada tótem era dueño de su captura especializada, sobre todo a partir del momento en que los tótems se han alejado mucho de su base de la horda y no pueden volver durante meses. Cada tótem adquiere una personalidad dentro de la horda y esta personalidad lo lleva inexorablemente hacia la propiedad.

Es un concepto falso y simplista aquel de quienes niegan la propiedad privada lisa y llanamente. Toda persona individual o colectiva que no tiene propiedad privada es como un alma sin cuerpo. A la larga será víctima de despersonalización. Es cierto que hay una idolatría de la propiedad, como si fuéramos lo que tenemos. No somos cuerpo. Tenemos cuerpo. No somos nuestras propiedades pero tenemos propiedades.

Y fijémonos en que todo esto siempre está dentro del conjunto de la comunidad de horda y de la propiedad conjunta: tanto la especialización creativa como la especialización consuntiva. Variedad y riqueza dentro de la unidad y la armonía.


IGLESIA

La gente dice: «Vamos a la iglesia». Nombra iglesia por templo. No es este el origen. Es una palabra griega derivada del verbo enkaleno, que significa «convocar o llamar (a efectos sagrados)». Cuando Pablo predicó la Iglesia de Jesús en Grecia, lo entendieron fácilmente porque hacía muchos siglos que Grecia estaba organizada en iglesias.

El origen de la institución eclesial es sorprendente. Parece que la humanidad, que siempre se había organizado naturalmente, concretamente en comunidades de sangre y parentesco, a mediados del Paleolítico medio (el hombre de Neandertal), aproximadamente hace 60.000 años, inicia la institucionalización de sociedades artificiales y de finalidad abstracta. Y lo hizo, de pronto, en el terreno sagrado: la iglesia. Es sorprendente que los arqueólogos estén de acuerdo en afirmar que la iglesia avanza de unos 55.000 años la aparición de la religión. Nadie habla de Dios hasta hace unos 4.500 años. Y, sin embargo, constituyen iglesias. ¿Cómo se entiende?

Los etnólogos, estudiosos de las comunidades humanas primitivas actuales, han encontrado la explicación de este enigma. Los tótems, clubes de caza especializados, se han alejado mucho de la sede base de la horda, en busca de sus piezas de captura. En la base están los viejos y los niños. Los adultos para tan largos viajes se han llevado las mujeres. Los viejos añoran los jóvenes. Y finalmente se convocan, de vez en cuando, en una fiesta solemne, a un encuentro nacional donde estalla la alegría del reencuentro, la reconstrucción de la totalidad provisionalmente pero largamente perdida. Es una experiencia mística colectiva. También en la Biblia, David regresa a su patria, Belén, una vez al año a celebrar la gran fiesta nacional.

Esta humanidad primitiva constituía unas naciones en forma de horda que no estaban separadas en clases antagónicas de opresores y oprimidos. Vivían en la armonía. El distanciamiento físico, necesario para la investigación de los medios de subsistencia, era exorcizado con el sacramento de la iglesia, signo sensible, la reunión festiva y eficaz de la gracia, el alma común de la nación.

Será mucho más tarde, cuando el hombre romperá con el hombre y con la naturaleza, cuando necesitará rezar al Padre lejano del Reino lejano: «venga a nosotros tu Reino», «hágase aquí en la Tierra tu voluntad que se ha ascendido al cielo”. El hombre practica la religión cuando se siente abandonado, disarmónico, roto y opuesto a él mismo y al universo. Antes no, antes practica la plenitud sacral naturalmente al inicio y por convocatoria voluntaria y valiente después Todas las llamadas a la unión de los hombres, sea la fraternidad predicada por Jesús, sea el grito «proletarios del mundo, uníos» de Marx, son nuevas iglesias.

De la sociedad artificial, abstracta y sagrada que es la iglesia, saldrán multitud de otras sociedades posteriores: del ocio, de profesionales, gremiales, sindicales, confesiones religiosas, partidos políticos, etc., no basadas en la carne y en la sangre sino en motivos culturales, sociales, espirituales, económicos.

Es, pues, muy importante esta primera sociedad libre de la iglesia, que ha tomado mil nombres a lo largo de la historia. Los judíos lo llaman gahal (el call: barrio judío en Cataluña), los rusos dicen soviet, y en nuestra transición política reciente: asambleas de barrio, de municipio, de universidad, de comercio, asociaciones de vecinos, la Asamblea de Cataluña... Platón decía: «La institución de la iglesia es demasiado importante para abandonarla en manos de los eclesiásticos».


MERCADO

Es curioso que Jesús expulsó a los mercaderes del templo mientras clamaba: «habéis convertido la casa de oración en una cueva de ladrones». En estos últimos 4.500 años, «mercado» es sinónimo de trampas, estafas y todo tipo de indignidades. «Mercadeo» tiene un sentido claramente peyorativo.

Las cosas en los orígenes fueron del todo al revés. Materia y espíritu eran las dos caras de la misma moneda. Mercado e iglesia estaban indisolublemente relacionados. Aun hoy en la catedral de Barcelona hay marcada en la pared la longitud de la vara, unidad de longitud antigua que servía para comprar y vender tela. En el templo de Cronos y tantos otros templos antiguos estaba el almacén de los productos del mercado, los utensilios de medir, contar y pesar y, a partir de un momento, los signos monetarios.

¿Cómo parece que nació el mercado? De «mercado» viene «mercancía», pero también viene «merced». El inicio del mercado es un intercambio de gracias, de regalos, de presentes, entre hermanos largamente separados y alejados en los respectivos tótems de caza que finalmente se reencuentran en la fiesta nacional convocada, ¿iglesia? por los ancianos. Se regalaban mutuamente los jóvenes en edad núbil que se habían enamorado, inter tótems en la gran noche de la fiesta, se regalaban capturas, se regalaban técnicas nuevas, inventadas, de captura. ¿En el inicio este canje? ¿Economía de trueque? de gracias por gracias, se hacía de corazón. No se contaba no se medía, no se pesaba. La «gracia» consistía en regalar lo que regalaba el tótem oferente y que convenía y llenaba de satisfacción al tótem receptor. No había equivalencia objetiva, como en los cambios del mercado actual, sino satisfacción subjetiva.

El mercado sin moneda muy probablemente duró cerca de 50.000 años. Aún hoy existe la economía de trueque, canje o intercambio de mercancías sin moneda: «un piso grande viejo, cambio por un piso pequeño nuevo». Aún hoy se encuentran nobles beduinos del desierto llenándose mutuamente de presentes generosos y casas de payés que te llenan de frutos para los que han ido a visitarles.

El mercado es imposible si previamente no hay propiedad privada. Ya dijimos que los tótems inician el mercado. El mercado es un bien porque después de que la iniciativa empresarial privada de los tótems con especialización mejora la cantidad y calidad de obtención y, más tarde, producción de valores útiles, es bueno que estos valores puedan exponerse a la oferta y a la crítica de todo el mundo.

Marx negó la economía de mercado porque el mercado mundial estaba podrido y no sabía cómo limpiarlo y convertirlo en un mercado claro. Pero negó algo imposible de negar La consecuencia fue en los países comunistas una economía sumergida, un mercado negro incontrolable y una economía estatalizada, gigantesca, rígida, burocratizada, lenta, que niega la aportación de la inteligencia de millones de compradores críticos, dotados además, de buenos sentidos de observación para disciplinar producción y distribución.

El mercado es una cosa buena inventada hace 60.000 años aproximadamente. La economía planificada es un corsé que ahoga la economía. El mercado capitalista es podrido de pura raíz, como veremos en su momento. ¿Es necesario matar el mercado enfermo, como hizo Marx? o ¿hay que curar el mercado del cáncer que lo devora? y, ¿como?


MAGIA

Tenemos manía al número trece. ¿Es un número mágico? Hoy nos toca hablar de la magia. El hombre del Paleolítico medio o de Neandertal parece que inventó la magia. La gente tiene una idea confusa y misteriosa de la magia. Se identifica erróneamente misterio y magia porque a menudo la magia se convierte en expresión del misterio. Pero son dos cosas distintas. El misterio es propio de la mística. Misthys, en griego, significa oculto. La mística es una experiencia muy concreta y real, pero no sensible. Es un estado o una vivencia interior, tan concreta como una mesa o una silla, pero escondida en el fondo de nuestro corazón, inexpresable directamente, inefable. La mística es misteriosa porque no trabaja en superficie. El hombre original del Paleolítico inferior era un gran físico y un gran místico. Ya lo hemos hablado.

El hombre del Paleolítico medio, a partir aproximadamente de hace 60.000 años, además, se vuelve mágico. ¿Qué es la magia? Todo lo contrario de la física de las hachas y de las flechas y todo lo contrario de la mística de la felicidad y del éxtasis. Aunque sorprenda a más de un lector, la magia es la abstracción, es la cosa más opuesta al mundo concreto. La magia es una deformación una exageración, un llevar las realidades más allá de ellas mismas. Por ejemplo: pensar que el 13 trae mala suerte. La realidad estricta del 13 es neutra respecto de la buena o mala suerte.

Magia viene de magis en latín, que significa el arte «más grande», el arte «mayor». Un amuleto, un diente de oso, por ejemplo, no cura por su fuerza física o química, sino por el hechizo con que envuelve su aplicación el brujo de la tribu.

Hay dos clases de magia: la magia libertaria que está en la base del arte y la magia controlada que está en la base de la ciencia.

Todos los recursos del arte, dirigidos a expresar la inspiración mística oculta y la inefable, son usos mágicos y, por tanto, abstractos, distorsionadores de materiales físicos: colores, sonidos, palabras, piedras, el cuerpo humano. Y no sólo es un arte armonizar colores y sonidos, sino también armonizar personas en sociedades no naturales o artificiales. La iglesia, de la que hablábamos en estas páginas hace días, es un hecho mágico, es arrancar los pueblos de su lugar natural y transportarlos a una unión no natural. También encontramos en los yacimientos de Neandertal restos del primer arte material: mangos trabajados, figuritas, etc.

Todos los recursos de la ciencia, dirigidos a expresar la estructura del universo, son usos mágicos y, por tanto, abstractos, distorsionadores y controladores de los objetos físicos: las estrellas, los planetas, las plantas, los animales y el hombre. No sólo es ciencia armonizar la física y la química, sino también armonizar la producción económica en forma de valores de cambio artificial. El mercado, del que también hemos hablado, también es un hecho mágico, es abstractar la producción e intercambiarla por un valor equivalente no de uso concreto sino de cambio abstracto. La magia controlada también se llama lógica matemática. En el Paleolítico medio se ponen las bases del arte y de la lógica matemática, las dos magias. Como nuestros niños pequeños, los hombres primitivos aprenden la «práctica de conjuntos», prólogo de la aritmética, en forma de coleccionismos, de formación de series, de diseño de esquemas y de establecimiento de analogías. Todavía no existe la noción de orden ni de número. En el mercado ni se medía ni se contaba. Era la era de la «guerra de los regalos».


ECONOMÍA DE MERCADO

Cuando hacíamos la nueva Constitución de 1978, la izquierda hubiera querido, quizás, una economía socializada y la derecha quería una economía capitalista. La palabra «capitalista» suena a opresión y explotación. Fue necesario buscar un eufemismo y se puso «economía de mercado». De hecho el capitalismo acepta el mercado en la economía mientras que el socialismo instaura la planificación y suprime el mercado en la economía. El mundo actual está dividido en dos terribles bloques enfrentados y armados hasta los dientes sólo por no ponerse de acuerdo en «sí mercado» o «no mercado».

Hace un mes que en estas páginas explicábamos como el hombre de Neandertal instaura el mercado y con él acelera la economía. También decíamos que el mercado presupone la propiedad privada.

Hay que reconocer que el mercado en el mundo de los imperialistas y, en concreto, en nuestro mundo capitalista está corrompido y lo corrompe todo. Se compran y se venden cosas incomprables y invendibles como son la salud, la fama, la vida y el espíritu, y los cambios mercantiles están sometidos a manipulaciones monetarias, políticas y militares que los desequilibran.

Pero en el inicio no fue así. El mercado nació y se expandió durante más de cincuenta mil años sin estas terribles corrupciones de los últimos seis mil años. El cambio mercantil era vivido como un hecho social trascendental. El simple trueque de un hacha de propiedad privada por una piel de propiedad privada no era un acto privado, era un acto público que se realizaba ante el pueblo en el lugar de la asamblea. Más tarde se hizo en la plaza mayor frente al templo. Y cada cambio comercial elemental se hacía ante testigos que daban fe.

La primera ley, insoslayable, de cada cambio era la satisfacción mutua. Si ambas partes no quedaban satisfechas, no se autorizaba el cambio. Aquello, a la larga, con la acumulación de insatisfacciones de alguna de las partes, habría engendrado la guerra habría roto la armonía y la integridad sociales. La segunda ley, insoslayable, de cada cambio era la satisfacción de la comunidad, expresada con el visto bueno de su representante en el mercado, porque como hemos dicho, el cambio mercantil era necesariamente un acto público entre personas privadas y libres. Por otra parte la satisfacción de las dos partes privadas del contrato podría servir para conspirar contra la comunidad. La desatención del bien común habría destrozado la convivencia.

El origen de la corrupción actual es la rotura de las comunidades particulares y de la comunidad internacional en clases antagónicas: los demasiado satisfechos contra los demasiado insatisfechos. Hoy en día, por ejemplo, los acuerdos internacionales de comercio, llamados GATT, favorecen sistemáticamente los estados avanzados contra los estados tercermundistas. Se le llamará economía de mercado, pero se trata de una auténtica antieconomia. «Economía» significa «buena ley de reparto». Esto no es el caso hoy en día. Reservamos, pues, la palabra adecuada de economía de mercado para aquella economía primitiva de mercado libre, transparente y responsable, que se tendría que reinstaurar.

Los «padres de la patria» que consensuaron la Constitución de 1978 tenían mala conciencia con la expresión «economía de mercado» y trataron de perfeccionarla en vano: «economía social de mercado». Nuestro pobre mercado corrupto, mal se le quiera llamar «social» sigue siendo muy antieconómico. El pez grande se come al pez chico. Las satisfacciones, todas, a un lado y las insatisfacciones, todas, al otro.


EL INVENTO

La escuela Lourdes de Barcelona hace cada año que todos sus alumnos inventen algo, desde los más pequeños a los mayores. Con el resultado de sus esfuerzos, se monta una exposición sorprendente. Ningún año no me la he dejado perder. De esta escuela saldrá una generación de innovadores.

En el siglo pasado Italia y España fomentaban el factor trabajo en la producción e iban a la cola. Francia fomentaba el factor capital y pasaba por delante de Italia y España. Inglaterra fomentaba el factor empresa y aún le iba mejor. Era la líder de la economía europea. Pero el «canciller de hierro», Bismarck, de Alemania, decidió favorecer el invento, promulgando la primera ley de defensa de las patentes a favor de los inventores. Desde ese momento Alemania pasó delante de Inglaterra.

Jean-Jacques Servant Schreiber, en su libro «El desafío americano», explica cómo Norteamérica fue la primera en el desarrollo económico mundial porque es la que dedica más dinero a investigación. Ahora ya le pasa por delante Japón.

Al entrar en Europa, los espumosos cavas del Penedès tienen problemas porque los campesinos del Penedès no son los inventores de esta forma de hacer vino. La Champagne francesa pide el uso exclusivo de la palabra «champán» porque son los inventores. Si no se protege el invento, no se inventa.

Los clubes especializados de caza, pesca y recolección del Paleolítico medio, que se llaman tótems, y que existieron desde hace unos cien mil años, comenzaron esta larga carrera de inventos que llega hasta las altas tecnologías de los tiempos actuales. Cada invento daba una ventaja económica al tótem inventor.

Sabemos de la alta Edad Media europea que los inventos obtenidos en el seno de cada uno de los gremios especializados eran guardados celosamente en secreto. Aún hoy día son secretos las fórmulas de ratafías, licores y cavas. Muchas familias esconden el secreto ancestral. Incluso la Coca-Cola mantiene secreta la esencia de su bebida. Uno de los espionajes más intensos y arriesgados de nuestros días es el espionaje industrial. Occidente tiene prohibido trasvasar tecnología a los países del este, y son gravemente multadas las empresas contraventoras de estas disposiciones.

El invento es un hecho mental. Nace y madura en el cerebro humano. Utiliza, hace útil, la capacidad creativa del hombre. Esta capacidad creativa es la misma esencia del hombre. Por eso, si Marx decía que el trabajo constituye la esencia de la historia humana, un discípulo suyo marxista y cristiano, Roger Garaudy, enmienda a Marx y dice que lo que constituye la esencia de la historia humana no es el trabajo a secas, es el trabajo creativo. El trabajo repetitivo, la fuerza material, ha ido pasando del hombre a los animales, a las energías minerales, vapor electricidad, petróleo. Y además la aplicación de programas inventados hoy en día, es de la incumbencia de los ordenadores. En cambio el inventismo, el trabajo innovador, la creatividad, constituyen la llama incandescente que sólo fulgura en el seno del espíritu humano.


INICIACIÓN A LA VIDA Y LA MUERTE

Cuando en mi juventud, me dediqué a la escultismo, había una costumbre «salvaje» que llamábamos totemización. Había que pedirlo con tiempo. Te venían a buscar a las doce de la noche y en pleno bosque te sometían a unas prácticas secretas que juraban no revelar nunca. Entrabas a la gran hermandad internacional de los totemizados, con un nombre de animal y un epíteto alusivo a tu propio carácter. Mi nombre: «Serpiente profundísima».

Era una copia de la práctica de los salvajes primitivos, todo un proceso de iniciación a los secretos del tótem. Pero también, al mismo tiempo, el paso de la vida infantil a la vida adulta. Los derechos, las responsabilidades, los secretos de los adultos eran enseñados al adolescente candidato. Y no de una manera tan intelectual, sino a través de pruebas y tentaciones difíciles, imprescindibles para probar o provocar la madurez de lo que era capaz el iniciado.

El hombre primitivo era democrático de base. Todos los adultos tenían voz y voto, tanto hombres como mujeres, directamente. Nunca era necesario elegir un representante para unas pequeñas asambleas de treinta o cincuenta adultos. En la horda primitiva las responsabilidades colectivas no se delegaban nunca. Se ejercían directamente por cada uno. Y por eso había que ser adulto. Y ser adulto significaba ser corresponsable de todos los compañeros de la horda, de sus hijos, los abuelos, del material, los animales y de las plantas, de la tierra y del cielo que les rodeaba.

Hoy en día los métodos asamblearios no acaban de funcionar, las democracias de base, las cooperativas, las empresas autogestionarias, las comunas naturistas, etc., por falta de madurez, por falta de sentido de corresponsabilidad global, por falta de un proceso de iniciación efectivo a la vida plena de los hombres sobre la tierra y bajo el cielo.

Todas las religiones han tratado de suplir esta carencia social desarrollando complejos sistemas iniciáticos. Son famosos los misterios de Eleusis en Grecia o de Mitra en Siria. Hasta algunos emperadores se sometieron a sus terribles disciplinas. Los sacramentos cristianos del Bautismo y de la confirmación son también un camino de iniciación a la plenitud del amor humano, cósmico y divino. Lástima que históricamente han degenerado en una práctica predominantemente ritualista, administrada en edad demasiado baja y, por tanto, sin tocar la conciencia sensibilísima del adolescente que se abre a la vida adulta.

Muchas sociedades secretas modernas han desarrollado sus interminables escaleras que conducen a la perfección. La escalera de los masones tiene treinta y tres escalones.

Y, después, cuando la vida declina, hay otra iniciación. La de la muerte. Hay que aprender a entrar y salir de esta vida. Es famoso el Libro de los Muertos egipcio. Quizá sus capítulos más antiguos son de hace seis mil años.

El hombre de Neandertal, o del Paleolítico medio, se iniciaba a la vida y se iniciaba a la muerte. Ponía sus cadáveres acurrucados, en postura fetal, dentro de unas tumbas casi circulares, como si la tierra se convirtiera en un nuevo vientre materno.

...Si el grano de trigo, cayendo a tierra no muere, no puede dar fruto...


DEMOCRACIA DIRECTA

El hombre de Neandertal, del Paleolítico medio, vivía en hordas gobernadas día a día por un consejo de ancianos, pero en los asuntos importantes convocaban la asamblea de todos los adultos del pueblo. Acudían agrupados por tótems especializados de caza: los lobos, las águilas y las serpientes. Y cada tótem tenía unos cuantos individuos, cada uno caracterizado con un nombre y un adjetivo y habiendo pasado un proceso de prueba de madurez: la totemización.

Hoy en día, está muy de moda, en nuestro país, el asamblearismo. Decidirlo todo en asamblea directa. El anarquismo, en los Países Catalanes, ha arraigado profundamente. Inventada, originalmente, la asamblea de base como democracia directa en las tareas parlamentarias «políticas», se ha querido hacer extensiva a la autogestión empresarial y también a la comunidad familiar de padres e hijos en la escuela.

La democracia directa no es suficiente en los parlamentos de grandes unidades estatales. Los representantes son demasiada gente y hay que nombrar representantes. Tampoco es del todo viable en las empresas de producción donde pesa la aportación de capital y la aportación de conocimientos y habilidades técnicos especializados. Tampoco es del todo conveniente en la familia o en la escuela donde los niños aún no han llegado a la madurez suficiente para que su voto valga tanto como el de los adultos, y dentro del grupo de los adultos, padres y maestros tampoco pueden considerarse como iguales.

Pero podríamos ir más allá. Yo soy un entusiasta partidario de las asambleas de base como ejercicio de la democracia directa. Creo que si constitucionalmente se aceptan en un lugar de honor las uniones y, por tanto, las asambleas de base obrera de los sindicatos, ¿por qué no se acepta en la Constitución de un país con igual honor las asociaciones de vecinos, las asambleas de barrio, de municipio, de comarca, de nación? Asambleas de base sin fines electorales o políticos de altura.

Dicho esto, también debo decir que el asamblearismo que está de moda no es aceptable. Es un híbrido entre la auténtica democracia de base: unión de diferentes, y la democracia racionalista y abstracta instaurada en el mundo a partir de la revolución francesa: a cada persona un voto y todos son iguales ante la política. Los anarquistas, en hacer asambleas de base como si fueran elecciones generales, se han dejado envenenar de racionalismo. La base es todo menos igualitaria. Cada individuo es un pozo de sorpresas. Cada grupo intermedio, sea familia, empresa, sindicato, barrio, grupo cultural o de ocio o de afición, o municipal o comarcal, tiene características únicas. La asamblea de base nunca será un recuento aritmético de votos iguales.

A cada participante le es necesario el conocimiento y estudio de la tradición conjunta y de las tradiciones especializadas. Necesita fortaleza y laboriosidad generales y especializadas para hacer frente a las dificultades de la vida. Necesita sentido de solidaridad y creatividad, comprensión, compromiso y defensa de cada uno de los otros y del conjunto. Necesita haber muerto en su egoísmo, pero también haber cuajado la propia y única individualidad.

En una asamblea de base gobierna la intuición, no el recuento. No es mecanismo igualitario. No caben las discusiones bizantinas. No puede ser una guerra de egoísmos. Hay una confianza mutua, un alma común.

Las asambleas directas primitivas fueron el resultado de un largo proceso madurativo. Sólo recuperando este largo proceso podremos practicar la democracia de base.


PROCESO MADURATIVO

La totemización del hombre primitivo era un proceso madurativo. No intelectual. Práctico y vital. No en escuelas o seminarios. En medio de la vida. La teoría, sólo cuando la vida lo exige. El escultismo de Baden Powell descubrió este proceso en los negros del África actual. Y la imitó. El escultismo ha tenido un gran éxito en todo el mundo.

Al finalizar la formación vital, se le da al joven llegado a adulto el poema «If» («Si» en inglés) de Rudyard Kipling, para que lo guíe en el camino de la vida.

Hoy, en vez de Luis M. Xirinacs firmará Rudyard Kipling este «Xirigueig». Meditémoslo.

SI

(Adaptación de JM de Sagarra de un poema de Rudyard Kipling)

SI puedes mantener la cordura en medio de la locura de los otros, que hablan mal y dudan de tu cordura;

SI la fe en ti mismo te hace de compañía, y no escuchas y paras la ola que te empuja;

SI vistes las horas con color de esperanza y al odio y la mentira respondes con corazón leal, si sueñas, y el sueño puedes dejar sin pesar;

SI piensas, y lo que piensas no te sirve de dogal;

SI el Triunfo y el Desastre les haces igual medida y si puedes mirarlos con una simple mirada;

SI no te mueves cuando tu palabra se desfigura y para aprovecharse otro la recoge;

SI puedes sobre tu riqueza troceada rehacer con tus herramientas riqueza de más valor;

SI de la cobardía puedes esquivar el zarpazo, y el pecho no se te hace retroceder jugando a cara o cruz;

y si pierdes, y empiezas más joven la hazaña, luchando con alas frescas y con corazón osado, que cuando la carne se te vuelva rechazo y mezquindad aún reavive tu voluntad!

SI el convivir con el pueblo la virtud no te funda, ni con el trato de los reyes pierdes el sentido común, si ni amigos ni enemigos no te roban la alegría, y saben lo que te conocen que se puede fiar de ti;

SI los sesenta segundos del minuto implacable, para ti son bellos y puros y vivos como una flor, no sólo te harás el dueño de la Tierra admirable hijo mío, ¡serás un hombre! ¡Un Hombre de verdad!


EL HOMBRE DE CROMAÑÓN

Los boys-scouts, cuando hacían excursiones, popularizaron esa canción, creo que de origen francés, «El hombre de Cromañón». «Era en el tiempo de la prehistoria...». I. ciertamente, el hombre de Cromañón pertenece al Paleolítico superior, que, aproximadamente, podemos fechar entre 35-40 mil años y unos 12 mil aC., en los lugares más avanzados. En los lugares más remotos todavía no hace mucho se encontraban vestigios: el norte de la India, en las selvas de Brasil o en la jungla de Filipinas. El hombre de Cromañón, del Paleolítico superior, sucede al hombre de Neandertal, del Paleolítico medio, del que hemos hablado ampliamente.

El peso del cerebro y la capacidad craneana del hombre de Cromañón son prácticamente iguales a los del hombre anterior. Sin embargo, la figura conjunta del nuevo hombre es muy diferente. Más alto, más derecho, los huesos de las extremidades inferiores más largos. En general, los huesos, más finos. El hombre de Neandertal tenía las mandíbulas más salidas adelante y la frente tirada hacia atrás (prognatismo). El hombre de Cromañón, en cambio, ya se parece casi del todo al hombre actual, con las mandíbulas más escondidas y la frente más adelantada (ortognatismo). La boca ya no servirá para arrancar la comida. Ha crecido todo tipo de utensilios e instrumentos, utilizados por unas manos que nunca más ya no servirán para la sustentación o la locomoción.

Así, puede crecer el espacio cerebral a expensas de la cara, y eso es lo que sucede. El cerebro no crece. Se queda entre 1.200 y 1.600 cc. Pero se reorganiza. Comprime en espacios más pequeños y posteriores toda la zona sensitiva, motora y de almacén de programas heredados o de aprendizaje. Y, sorprendentemente, amplía exageradamente una parte, hasta entonces escasa, llamada lóbulos frontales sin destino determinado.

Anatómicamente, esta es la parte más característica del hombre que lo diferencia de los animales. A simple vista nos damos cuenta de la altura del frente del hombre en comparación con el de los animales, que huye hacia atrás o que casi es inexistente. El hombre hace frente a la vida. La interpela. La transforma. El animal, en cambio, se acomoda a la vida.

También anatómicamente se ha descubierto que esta zona frontal es prácticamente vacía de estructuras diferenciadas. No es como una fábrica llena de máquinas y cables de conducción. Es más bien como un campo de fútbol, un tablero de ping-pong o un teclado de piano, sobre los que se puede trenzar todo tipo de juegos. Es el lugar del juego, de la libertad, de la creatividad, de la posibilidad de grandes síntesis: el lugar de la relación libre de todo con todo, el secreto del animal superior. Las infinitas sorpresas de la vida que tenían asustados a los otros animales pueden ser afrontadas, prevenidas, ensayadas, dominadas por el cerebro humano. Las experiencias, los hábitos y costumbres, los instintos, las intuiciones, los deseos, las ciencias y las técnicas aprendidas, los pensamientos, los lenguajes, todo, todo puede ser introducido en este recipiente de dados milagroso, puede ser revisado, desmontado, jugado , compuesto, descompuesto y recompuesto. Y de ahí puede salir la cosa más maravillosa, más imprevisible. En rigor el hombre es un ser imprevisible. Lo que en los animales puede ser contra natura, en el hombre puede convertirse en la cosa más natural del mundo.

Y por eso mismo, el hombre se convierte en una criatura responsable de sus actos libres. Puede calibrar en un grado muy alto las consecuencias de sus creaciones.

Con el Homo sapiens de Cromañón, el proceso largo de la formación del hombre alcanza su madurez. El hombre, en una Navidad ancestral, se separa definitivamente del vientre de la madre naturaleza. Antes el hombre era un feto. Ahora es todo un hombre.


LA PEREZA DE SER HOMBRE

Con el Paleolítico superior, hacia los 40.000-35.000 años aC., el hombre alcanza su techo natural y espontáneo de madurez. Ya hemos visto que el hombre tiene un cuerpo de animal y que como animal se parece mucho a los simios superiores. También hemos visto que la única característica anatómica importante es el desarrollo extraordinario de los lóbulos frontales del cerebro. Estos lóbulos no presentan programas ni estructuras diferenciados. Son espacios libres para el juego, para la creación, para la previsión.

Hoy quiero hablar del tema del «yo», de nuestra identidad. ¿Dónde está, donde radica nuestro «yo»? ¿Con qué nos identificamos? Dice el evangelio: «Dónde tengas tu tesoro, allí tendrás tu corazón». Y, ¿que es nuestro tesoro? Sería necesario interpretar el tesoro evangélico como aquello que es valioso para nosotros. Cuando algo tiene un alto valor para nosotros nos sentimos atraídos. Y si tanto valor tiene, nos identificamos. Cada uno tiene su propia jerarquía de valores bien establecida y en lo alto de la jerarquía tiene un valor-rey, un valor supremo, con el que se identifica del todo. Muchas veces se trata de un valor inconfesado. No iremos diciendo que nuestro valor supremo es nuestra cuenta corriente en el banco. Hay quien se identifica con un Rolls Royce o con su propia figura física. Hay quien se identifica con un traje suyo o con un plato preferido; con su habilidad como saxofonista o como bailarín; con su ingenio para hacerse el gracioso o con sus conocimientos sobre astronomía; con un amigo entrañable o con el uso del sexo; con fumar o beber... Donde tengas tu tesoro, allí tendrás tu corazón. Tu corazón será un coche, un dinero, un ordenador electrónico o unas matemáticas.

El hombre es un ser complejo que puede valorar muchas, muchísimas cosas, incluso simultáneamente. Entre todas estas cosas valorables existen unas relaciones más complicadas. Si das la máxima valoración aquello que no la tiene, el resto de valores se venga, reacciona atormentándote. Y quedas dividido en muchos pedazos antagónicos que luchan entre ellos. Esto lleva al hundimiento y a la corrupción de la persona.

Los sabios más grandes de la humanidad nos avisan de que la única identificación verdaderamente humana de nuestro «yo» es con aquellos lóbulos frontales que estrenó el hombre de Cromañón. Allí donde no hay nada y donde todo se hace posible, coordinable, armonizable. Los místicos, como San Juan de la Cruz, lo expresan en frases como ésta: «porque me había puesto en la nada lo encontré todo». O esta otra del evangelio: «si el grano de trigo, cayendo en la tierra no muere, no puede dar fruto».

Este desprendimiento, esta renuncia a todo tipo de ídolos y de dogmas, constituye la grandeza del hombre. Y tenemos pereza de ser hombres. Nosotros preferimos ser hoy los turrones de Navidad o las uvas de Fin de Año, ser mañana la lotería o la carrera de medicina, ser pasado mañana el enamoramiento de una chica o la candidatura a alcalde del ayuntamiento. Por eso vamos por la vida tan inquietos, desasosegados, divididos y angustiados. Nos da pereza de identificarnos con el reino de la serenidad, de la libertad y del amor.


ESTADOS SUPERIORES DE CONCIENCIA

En los últimos siglos existía la convicción de que el estado de conciencia normal en el hombre era el estado de vigilia racional. Los otros estados se metían todos dentro de un mismo saco: el estado letárgico.

Hoy en día, una de las ramas más fascinantes de la psicología es la referente a los estados alternativos y alterados de la conciencia. Se distinguen tres estados diferentes de conciencia mientras uno duerme. Se distinguen dos estados diferentes uno a la entrada y uno a la salida del sueño. Hay innumerables estados enfermizos. Existe el inconsciente, el subconsciente, el transconsciente y el superconsciente. El arte, el sentimiento, la droga. Dentro del mundo de la droga encontramos respuestas variadísimas en variadísimos fármacos que perturban los neurotransmisores de nuestro sistema nervioso. Hay que añadir las nuevas técnicas audiovisuales psicodélicas (que significa «psicomodeladores»), las músicas, los video-clips, los cocktails, las danzas.

Y no pensemos que la sofisticación actual en el campo de los estados de conciencia nos pueda hacer creer que el hombre antiguo vivía en la alternativa sencilla de vigilia-sueño y nada más. Esto es una simplificación tardía del racionalismo. El hombre primitivo vive hoy, en las zonas donde todavía se encuentra, y vivía, en tiempo remotísimos, variados estados de conciencia, de los que hemos hablado.

En las pinturas murales del Paleolítico superior y en pinturas de otros estadios posteriores de la humanidad, nos sorprenden figuras humanas en posición de éxtasis. Y las tradiciones orales y escritas, más antiguas, nos lo confirman. Josep Mª Fericgla, ha publicado un libro precioso sobre las tradiciones de Eurasia alrededor de la ingestión de la seta Amanita muscaria como alucinógeno. El principio activo es la muscarina. De ahí viene la frase popular «estar tocat del bolet” (estar alocado). Sacerdotes y brujos tomaban para entrar en trance.

De todos estos estados, el más conocido, el de conciencia racional, parece que no es el mejor. Poco a poco, precisamente, el trabajo racional se va trasladando a los ordenadores electrónicos. Y queda, intransferible, el estado de conciencia intuitiva. Pero incluso dentro de este estado, hay posiciones más bajas. Por ejemplo, el ingenio popular para decir chistes. Posiciones intermedias, por ejemplo, la inspiración artística. Y posiciones superiores: la concentración, la meditación y la contemplación. E incluso, dentro de la contemplación clásicamente se distingue la adquirida mediante nuestros esfuerzos de purificación, de la infusa que nos viene, nos invade y nos posee sin ningún mérito ni esfuerzo nuestro. En este estado superiorísimo, el hombre, previo un largo desierto de vacío y desapego, se siente impregnado de plenitud. Como si todo encontrara el camino que le lleva a todo. Todo con todo. Porque, aunque la mayoría de los mortales pasan toda su vida encasillados en las estrecheces de su cuerpo, de su carácter, de su formación, de su familia, de su nación..., el hecho real, si abrimos de verdad nuestro corazón, es que todo está ligado con todo de mil formas indescriptibles.

Este estado superior de conciencia, que Arthur Koestler llama «sentimiento oceánico» no es un estado anormal. Es el estado de conciencia esencial en el hombre. Y si sólo lo vivimos esporádicamente es porque hemos sido destronados de nuestra categoría humana más propia.


ANIMISMO

En el Paleolítico superior las técnicas se afinan. La piedra tallada alcanza su mayor perfección. El hombre no sólo es místico. También es hábil y práctico. Arregla las cuevas, porque han empezado los fríos de la cuarta glaciación. Hace muebles y vestidos. Trabaja el hueso. Aumenta su capacidad de caza, de pesca y de recolección. Corta unas puntas de lanza y de flecha perfectas. Hombre místico y hombre práctico. Las dos caras de una misma moneda. El dominio simultáneo de la fuente de la vida, de la energía y de la luz interior, del nöumen, y los detalles, la complejidad y la utilidad de la vida exterior, del fenómeno. El hombre primitivo no estaba separado en dos vidas: la contemplativa y la activa. Mientras sus manos, sus ojos y su cerebro pensaban para acertar una práctica de subsistencia, su espíritu comulgaba con la energía que anima a todos los seres del universo. Por eso cuando tenía que matar un animal, antes se congraciaba con él, como si le pidiera perdón. Y luego se dejaba poseer por el espíritu característico de ese animal. De esto, los antropólogos llaman animismo. Todavía se encuentran, hoy en día, en diferentes lugares del mundo, tribus animistas.

Los griegos primero y, sobre todo, el racionalismo y el cientificismo de los últimos siglos han intentado hacer desaparecer el animismo ampliamente extendido en Europa durante la Edad Media.

Desde Descartes (1596-1650), el pensamiento moderno ha realizado un esfuerzo titánico para reducir el universo a una gigantesca máquina dirigida por las matemáticas: la racionalización del mundo. Descartes creía que el bisonte de Altamira, cazado por el hombre de Cromañón, no era más que una máquina sin alma. ¡OH paradoja! Los animales no tienen alma... y les llamamos animales Aún hoy en día toda una corriente filosófico-científico busca explicar por estructuras puramente geométricas desde la partícula más pequeña del universo, hasta el comportamiento de la persona humana. Hasta el hombre le es negada el alma. Hemos llegado al polo opuesto del hombre del Paleolítico que encontraba alma hasta en la montaña al pie de la cual enterraba a sus muertos y en la cima de la que celebraba la comida sagrada.

¿Tiene alma o no tiene alma del universo? Porque de su cuerpo, controlado por las orgullosas matemáticas y utilizado por las eficaces técnicas de nuestros días, nadie lo duda.

Desde principios de este siglo existe otra corriente filosófica-científica que, sin renegar de la ciencia y la tecnología, afirma los límites de estas disciplinas y la evidencia de la existencia del alma. Vuelve a reproducirse en la tierra esa vieja estirpe de hombres físicos-místicos del inicio de la humanidad. Grandes cosmólogos, grandes físicos atómicos, grandes astrónomos que calibran matemáticamente lo que se convirtió hace 15.000 millones de años y que sin embargo afirman que «física y religión son dos formas de conocimiento de la realidad, contradictorias, una cuenta lo que la otra no explica, y complementarias, cada una necesita la otra para completar la descripción del universo», (Pascual Jordan, físico alemán, 1902 a 1980). En esta línea fascinante, yo recomendaría la lectura de cualquiera de los libros publicados del autor Fritjof Capra.


EL ARTE

El hombre Paleolítico se nos ha presentado como místico hábil. Recibe de la fuente de vida de su interior, fulguraciones de luz y de energía y trabaja su entorno para hacerlo habitable y útil.

Entre la mística y la técnica, el hombre del Paleolítico superior se construye un puente magnífico: el arte. Pinta los muebles y las paredes. Hace grabados y esculturas. Salta ágilmente de la materia exterior al éxtasis interior y viceversa. Utiliza la materia pero no necesariamente con fines utilitarios. Se deja llevar por la inspiración, pero no necesariamente con fines espirituales. En el ejercicio de la más plena libertad y autonomía, juega con la materia y con la inspiración y con ellas se pierde y se reencuentra continuamente. Se deja poseer por la inspiración como un poseso. Se deja arrastrar por la experimentación de los materiales más desconcertantes. Decimos del artista: «De un troncho de col hace una comedia». Y luego enjaula el espíritu y la materia en la misma celda, les obliga a fundirse en una sola cosa y de allí sale una creación sorprendente. No en vano «poeta» poites en griego, significa «creador». El artista crea seres nuevos dotados de alma propia, capaces de suscitar en los hombres los estados de ánimo más variados. El arte, cuando deriva hacia el espíritu, se hace liturgia. Y cuando deriva hacia la materia se hace artesanía.

Cuando un ser carece de vitalidad, de creatividad, se dice que es un ser inerte, in-erte, sin arte.

Y, sin embargo, en nuestro mundo actual, la persona con temperamento artístico suele ser marginado, menospreciado. En muchas casas, un hijo artista es recibido como una desgracia familiar. La gente quiere hijos útiles, profesionales eficientes. En caso contrario, y como un premio de consolación, se acepta un hijo religioso, sacerdote, monja. Pero un hijo artista es un desastre. Parece que no sirve para nada. En la iglesia se enseña el espíritu. En la escuela se enseñan unas asignaturas que te ayuden a ganarte la vida. El arte se enseña marginalmente y con poca gracia. Los conservatorios suelen ser sólo eso: «conservatorios» que enseñan más a reproducir el arte que a crearlo.

Este estado de cosas evidencia una profunda enfermedad de nuestra humanidad tradicional, que tiene separados e incomunicados el espíritu y la materia. Ambos castigados de cara a la pared y dándose la espalda situados en paredes opuestas. Y, en medio, el vacío más escalofriante.

¿Dónde irá el espíritu si no pueden fructificar obras concretas graciosas? ¿De qué servirán las máquinas materiales si no las anima el espíritu? Hemos heredado un mundo partido en dos partes irreconciliables. El Oriente tradicional sumergido en la contemplación del Absoluto espiritual, al precio de un subdesarrollo material que sume la población en la miseria. Y el Occidente tradicional sumergido en la acción utilitaria material al precio de una atrofia espiritual que sumerge la población en el más cruel de los egoísmos.

Pero esta «inercia», esta falta de arte se está acabando. Nuestro mundo se está intercomunicando e interpenetrando. Los valores espirituales de Oriente y los valores materiales del Occidente van reconociendo sus mutuas limitaciones y la necesidad que tienen de su complementación con el contrario. Cuando esto se consuma, habremos reencontrado aquel antiguo arte supremo de la verdadera vida humana.


LA ARITMÉTICA

La comunidad humana más primitiva era plural. Por un lado el hombre tenía sus funciones características y la mujer las suyas. Y tanto hombre como mujer, además se caracterizaba por las propias cualidades, individuales o grupales. Ya apuntamos que en el Paleolítico inferior, el hombre hereda del animal el viriarcado o, dicho de otra forma, la institución del macho conductor. El conductor no lo era todo. Tenía unas funciones bien precisas que representaban más sacrificio y servicio que no honor y privilegios. Y era trabajo de macho.

En el Paleolítico medio, el hombre, victorioso sobre los animales y no enfrascado aún en guerras con su hermano, abandona esta forma primera de ejercicio de la mínima autoridad imprescindible en grupos grandes, y la sustituye por un consejo, que por motivos prácticos acaba siendo constituido por los viejos de la horda: la gerontarquia. Los hombres adultos se han organizado en tótems especializados de caza y pesca, se han ido alejando de la base de la horda y han acabado llevándose las mujeres y también a los hijos. Vuelven sólo de vez en cuando y quedan en la base los abuelos, únicos a los que les huelga de cavilar por el bien de la horda. Ellos convocarán ¿«Iglesia»? todos los tótems a la fiesta anual y así reharán la unidad de la horda, amenazada de dispersión. Allí comenzará la endogamia de tótem y los tótems canjearán mujeres. Allí comenzará el comercio, el intercambio «co-» de gracias «comercio», el intercambio de inventos y de bienes materiales capturados según cada especialidad.

Y ahora, ya en el Paleolítico superior, este comercio se irá afinando y dará lugar a la aritmética. Se empiezan a utilizar los números. Primeramente los ordinales: primero, segundo, tercero,... semiabstracto, herramienta útil para obtener unos conjuntos nuevos, que los étnicos actuales llaman conjuntos ordenados. A continuación se descubren los números abstractos o cardinales, dedos naturales: uno, dos, tres,... con los cuales se pueden contar, cuantificar y comparar los regalos. Así, poco a poco, las gracias, los presentes o regalos fueron convirtiéndose en mercancías, objetos con valor de cambio. Se van despojando de la aureola mística del presente amistoso y se van cargando de un sentido técnico de contrato ajustado de compra-venta. Aún estamos en la economía de trueque. No hay moneda. «Yo te doy un valor de uso, que tú necesitas, y tú me compensas con otro valor de uso, que yo necesito». Se trata de un canje concreto de cosas concretas y objetivas. La parte subjetiva, también muy concreta, es la satisfacción mutua, muy importante. Y la parte nueva abstracta emergente, aunque bien rudimentaria, es la igualdad implícita del valor de cambio o precio equivalente en las dos mercancías concretas. «Si una vale A, la otra también vale A», de lo contrario no se hubiera producido el canje a satisfacción plena mutua.

En esta etapa, aun se da un nuevo paso. El uso de los números naturales abre la puerta de las operaciones aritméticas elementales. Los hombres empiezan a sumar, restar, multiplicar y dividir. ¡Las cuatro reglas!, como decían nuestros abuelos. La parte principal de la aritmética. El hombre, al inicio, cuenta con los dedos. De ahí viene nuestra base de numeración: diez, aunque diferentes civilizaciones han desarrollado otras bases tan legítimas como la nuestra. Se suma y se resta con los dedos, con rosarios y ábacos de bolas engarzadas. La difícil invención de los números negativos, para poder restar, se hace sobre la necesidad de conceptualizar y controlar la realidad de las deudas. Menos tres significa «te debo tres pieles de venado». Y la más difícil invención de los números quebrados o fraccionarios, para poder dividir, se hace sobre la necesidad de conceptualizar y controlar las partes iguales de un todo. Cinco Treintavos significan «cinco hombres de un clan de treinta».

Tenemos, pues, la «primaria» de la humanidad. El examen de ingreso, como decíamos antes. Los «deberes» no los marca la escuela ni un maestro antipático, los determina la vida misma con sus exigencias de supervivencia y de deseo.


LA ABSTRACCIÓN EN EL ARTE

Veíamos el último día como el mercado del Paleolítico superior adquiría una dimensión abstracta: la aritmética. También el arte de este tiempo que nos ha llegado hasta nuestros días, el arte rupestre, va creciendo en dimensión abstracta, en magia.

El hombre de los millones de años del Paleolítico inferior, fue bien concreto; místico y físico, pero concreto. Ahora iremos asistiendo a la expansión de la capacidad de abstracción creciente. Hoy en día no somos conscientes del desorbitado grado de abstracción que impregna todas las actividades humanas. Nótese que poner un nombre común: mesa, puerta, ventana a una cosa concreta, es hacer una operación mental de abstraer la calidad «mesa», magnificarla, ensalzarla y, al mismo tiempo, prescindir torpemente de cientos de otros aspectos o valores o dimensiones que también están en esa cosa concreta. También es el caso de «casa», «cueva», «tienda» o «templo». Los niños se esconden bajo la «mesa» (según los mayores) porque ven una «cueva». Los mayores los regañan: «La mesa no es para jugar. Salid de aquí abajo». Los mayores imponen a los pequeños un drástico e inexorable abstraccionismo que reduce cada concepto en una sola dimensión, a un valor útil privilegiado, castrando la imaginación del niño. «Niño, con el tenedor no se juega». El niño estaba peinando con el tenedor... Jugar es mantener las incontables dimensiones de sentido de la cosa concreta. El artista y el científico tienden a abstraer, a seleccionar unos valores fijos, en el científico y variables, en el artista exagerándolos y reprimiendo a otros. El artista lo hace libertariamente y contradictoriamente, buscando el contraste, el científico, según reglas incuestionables de no contradicción, buscando la lógica.

Si el día anterior, saludábamos la aparición de la aritmética, base abstracta de la ciencia, hoy saludamos la aparición del simbolismo, base abstracta del arte. Al principio, los artistas paleolíticos descubren el paso del mundo real (en el que los abstractos modernos ven tres dimensiones: ancho, largo y alto) al mundo pictórico de dos dimensiones. Los primeros artistas musterienses (Paleolítico medio) hacían escultura (tridimensional). Pero, al llegar el frío de la última glaciación, el hombre se refugia en cuevas y pinta en las paredes. El pintor más antiguo aún no se ha separado del todo del escultor y aprovecha los bultos de las rocas de las paredes de la cueva para pintar animales casi tridimensionales. Poco a poco aprende a allanar las cosas voluminosas. Es la eliminación de una dimensión. Es una primera abstracción.

Un segundo paso es la estilización. El famoso bisonte descubierto en la pared de la cueva de Altamira, en Santander, tiene pocas líneas, tiene pocos colores. El artista ha elegido genialmente los trazos y las manchas de color más significativos para expresarnos su visión del bisonte. De bisonte concreto, ante el artista, sólo había uno. De visiones abstractas libres, creativas, sugerentes del bisonte hay innumerables. De versiones abstractas científicas, bioquímicas del género «bisonte» sólo hay una. De bisontes concretos, todos diferentes, que avalen lo abstracto género «bisonte» hay innumerables.

Un tercer paso es la esquematización. Si la escuela de arte rupestre paleolítico del mar Cantábrico estiliza, la escuela mediterránea esquematiza. En Cataluña y Valencia se encuentran pinturas murales rupestres (en cuevas) donde el animal o el hombre se han reducido a trazos esquemáticos simplificadísimos: una raya para el cuerpo, cuatro palos para las extremidades y una bolita para la cabeza. Aquí el efecto estético se consigue más bien porque estos pequeños esquemas forman conjuntos amplios. El arte cantábrico es más individual. El arte mediterráneo es más colectivo. El esquematización hace aún más abstracta la figuración del concreto.

En Valcamonica, valle alpino al norte de Italia, incluso han aparecido símbolos herméticos, totalmente abstractos: círculos, cruces gamadas, etc. En estos momentos, junto al descubrimiento de la aritmética, hace su aparición el fecundísimo mundo de las arquetípicas y misteriosas formas geométricas, juego abstracto enterrado en nuestro subconsciente, que tanto y tanto condiciona los hombres sin que ellos lo sepan; figuras y armonías regulares que no son nada concreto y que tanto afectan a nuestro psiquismo.


MATRIARCADO

La línea sucesoria femenina, el matrilineado tiene sus orígenes perdidos en la noche de los tiempos. Pero entre el 40.000 y el 35.000 aC, en el paso del Paleolítico medio al Paleolítico superior, toma tanto empuje que se convierte además un matriarcado. Matri-arcado significa «mando de la madre». Quien, cada vez más, manda es la madre. Primeramente hubo un viriarcado mando del barón. Después una gerontarquia, mando de los ancianos. Ahora comandará la madre.

Hasta hace poco, todavía se encontraban clanes matriarcales en la India, en Filipinas, en la Siberia y en Brasil. Y en los lugares donde hace poco se ha perdido esta preeminencia femenina aún se encuentran muchos restos, indicios usos y costumbres que revelan la realidad pasadas.

El matriarcado, parece que en el próximo y medio oriente, acabó hacia el 12/11.000 aC. Duró, pues, cerca de 25.000 años. Los suficientes para dejar una buena huella. Y los suficientes para servir al estudio histórico de los aciertos y desaciertos de la mujer, cuando tuvo su oportunidad histórica. En realidad, el estudio de este período matriarcal, que, más o menos puro, fue experimentado por prácticamente todos los pueblos en un momento de su historia se convierte interesantísimo para conocer las causas y, por tanto, el remedio de la opresión que actualmente, desde hace tiempo, sufre la mujer por parte del hombre.

En aquellos tiempos tan remotos no había escritura y el conocimiento resultaba fragmentario y conjetural. Hagamos una breve descripción aproximada.

Por un lado, la clara sucesión hereditaria por vía materna ya suministra la mujer de una preeminencia grande. Pero lo que le hizo imponerse consistió una sorpresa derivada de temas económicos. La humanidad crecía. La horda primitiva aumentaba el número de sus miembros. La caza y la recolección, había que hacerlas cada vez más lejos. El territorio se agotaba. El fuego había permitido salir de África caliente y extenderse por Eurasia. Probablemente por estos tiempos se invadieron Oceanía y América. El mundo se había acabado. El hombre a menudo regresaba de largas excursiones sin nada en la bolsa.

La mujer-madre estaba en casa, en la cabaña o en la gruta días y días. La sal en la puerta atraía la visita de animales. Los fue domesticando. Y más tarde, incluso descubrió como se acoplaban entre ellos para procrear. Y lo facilitó. Así nació la primera ganadería. También pudo observar cómo la humedad hacía germinar algunos granos o semillas de cereales abandonados en un rincón de la cueva y comienza así la primera agricultura, de modo que, cuando volvía el hombre exhausto, hambriento y desprovisto de caza de la excursión, se encontraba «la mesa puesta» y llena de viandas.

Comprenderemos, pues, que esta fuerza económica tan importante hiciera inclinar el control de la autoridad al lado de la mujer-madre. Preeminencia social y preeminencia económica consiguieron la supremacía en el clan. Sin embargo, no pensáramos que la madre mandaba despóticamente. Inicialmente y por muchos siglos y milenios mandó suavemente, más sirviendo que sirviéndose de la gente del clan.


MATRILINEADO

Tradicionalmente la diferencia específica de la mujer respecto del hombre es que ella puede hacer personas y el hombre no. El hombre, sobre todo, hace cosas. La mujer también hace. El hombre puede, como educador, médico o sacerdote, mejorar la persona. Esto también lo puede hacer la mujer. Al igual que la única característica diferencial radica en que la mujer hace personas y el hombre no. En una anticivilización como la nuestra, donde las cosas se vuelven más importantes que las personas, la función maternal de hacer personas queda arrinconada en la estima social y en la ayuda económica. Por eso la mujer ocupa siempre un segundo lugar.

En las comunidades primitivas no era así. La persona era más importante que la cosa. Y hacer hijos para la nación era el oficio más noble, privativo y exclusivo de la mujer. Por eso en griego nación, genos, y mujer, gine, tienen la misma raíz etimológica. La mujer era vista como la madre de la nación. Era, pues, atendida y honrada como la pieza más valiosa de la comunidad.

Además, desde siempre y hasta hoy se sabe de qué madre es hijo cada ser humano. Aquello, en cambio, que tardó mucho en descubrirse era la función del padre en la procreación y, en consecuencia, la identidad del padre del bebé. Incluso, en nuestra civilización pervertida, se discute si es constitucional o no el derecho a la investigación de la paternidad de una persona, algo que, por cierto, a veces cuesta mucho hacer.

Al saber, siempre, quién es la madre, en los clanes antiguos del Paleolítico superior y aun en ciertas tribus primitivas actuales, se encuentra la institución social del matrilineado. La sucesión es por línea materna. La herencia se transmite por línea materna. Esto tanto vale para los bienes materiales de una rudimentaria propiedad privada incipiente como para la transmisión de ciertas funciones sociales o del mismo nombre clánico o gentilicio, como dirán los romanos. La mujer, que se casa, queda en el propio hogar. El hombre que se casa, en cambio, abandona el propio hogar y va a integrarse como sobrevenido al clan de la mujer. Si algún hombre se convertirá en importante y significativo en un clan, nunca será el marido sino el hermano de la mujer. ¿Quién sabe si nuestras codiciadas herederas catalanas no son más antiguas que nuestros herederos orgullosos? Puede que nuestros primogénitos también sean más antiguos que nuestros herederos. Nuestra ama, magistra: la mayor de casa, quizás es con toda su importancia en las masías de nuestro campo, el resíduo de la importancia de la línea materna en la comunidad primitiva.

Las urgencias económicas, lo veremos más adelante, dieron más tarde la preeminencia social al padre. Pero las costumbres ancestrales ofrecen mucha resistencia a desaparecer. Toda aquella cortesía caballeresca que gastaban los hombres de la Edad Media a las damas de sus amores y que nos hace ver tan bien Luis Racionero en «El cercamón», e incluso la reliquia actual de dejar pasar delante a la mujer y otros gestos similares, son los restos de la línea materna afianzada como eje central de la comunidad humana primitiva y fundada en el gran honor, que tiene la mujer en exclusiva, de poder hacer personas humanas.

Sería bueno humanizar un poco más nuestra sociedad deteriorada y empezar a apreciar más el tener grandes personas que no el tener grandes cosas.


LAS FEDERACIONES

En el periodo histórico de la ascensión del papel de la mujer en la comunidad humana, nacen las grandes federaciones de clanes: la democracia de representación, que va más allá que la democracia directa.

La mujer llega aquí en el apogeo. Preside por honor, eficacia y servicio. No por poder. Todos los adultos, hombres y mujeres toman parte en las decisiones del clan. Y, a partir de ahora, nombrarán a sus representantes para uniones superiores. Son representantes que el clan matriarcal puede retirar cuando quiera si cometen abuso de autoridad. La delegación, siempre vigilada, de autoridad no hace peligrar la democracia. Obliga al representante a representar verdaderamente la voluntad de sus electores. Pero eso era posible entonces porque la sociedad no estaba dividida en clases sociales antagónicas. No había coacciones internas. Se podía votar siempre en público y, por consiguiente, el representante conocía sus representados y los podía consultar y obedecer. Como había fides, confianza, fe, funcionaba el foedus, el pacto, la alianza.

Los romanos encontraron amplias federaciones ascendientes entre los bárbaros del norte de Europa. Igualmente, mucho más tarde, los europeos encontraron federaciones y federaciones de federaciones en las extensas y majestuosas praderas de América del Norte.

Ahora no. Ahora esto, con nuestro sistema sin fe, radicalmente desconfiado, en lucha social permanente, no es posible. Para evitar coacciones de ricos, poderosos, caciques, clérigos, militares, etc., es necesario que la votación sea secreta. El elegido no sabe quien lo ha votado y el derecho «democrático» moderno ha inventado una figura jurídica sorprendente: el mandato imperativo. El elegido no conoce los electores. Entonces la elección le da una especie de carta blanca, de patente de corso para que durante el tiempo de su mandato pueda hacer lo que quiera, sin consultar a nadie, y. después de que se atenga a las consecuencias. En la elección próxima lo pueden echar. Pero, primeramente, el mal hecho ya nadie lo saca y, en segundo lugar, los resortes de la autoridad, que hoy en día es un altísimo poder concentrado, le facilitan de manipular al electorado a su favor y de producir la autosucesión perpetua.

Al principio no fue así. La democracia de representación fue limpia y transparente. Además, en aquellos tiempos prácticamente no existían las mezclas causadas por las migraciones laborales. Cada clan nómada o semisedentario estaba formado de entre parientes. El clan era, pues, un pacto federativo implícito de las parejas que lo constituían. Y, poco a poco, las unidades superiores: fratrías, tribus, naciones, etc. también se constituían por pactos libres federativos no coactivos, con derecho a separación en cualquier momento, pero mantenidos siempre con gran honestidad, transparencia, fidelidad y sacrificio de las partes contratantes.

Son famosas en el próximo oriente y en Grecia las federaciones de doce tribus, que en Grecia llamaban anfictionías. No eran necesariamente de un antepasado común. A menudo eran grupos de origen totalmente diverso que se federan por conveniencia y se encontraban tan bien que más tarde se mitifica el origen y se inventaba una genealogía de parentesco, como es el caso de las doce tribus de Israel pretendidamente descendientes del patriarca Jacob.

Cada grupo federado velaba el santuario común, lugar de fiesta y de entierro, un mes al año por turno. Por eso era bueno que fueran doce los federados. Organizaban juegos, como los olímpicos en Grecia, fiesta ayudada económicamente, y más tarde, cuando todo se complicó, organizaban la defensa común. Cada unidad era libre totalmente en su interior (confederación interna) y todos actuaban juntos hacia fuera (unifederación externa). Todos eran iguales en derechos y deberes. Y a pesar de venir de orígenes diversos acababan, a lo largo del tiempo, nacionalizando a constituyendo una verdadera nación.

Fuera bueno, hoy en día, acertar la forma que cada matrimonio sea la federación libre e igual de hombre y mujer; que cada barrio sea federación de familias; que cada municipio sea federación de barrios, que cada comarca sea de sus municipios; que cada país sea de sus comarcas, que Cataluña-nación sea federación de países, que Europa sea federación de sus naciones... Siempre con derecho a separación, libres, iguales, sacrificados, festivos, fieles.


LA DECADENCIA MATRIARCAL

Es este un capítulo importante. Trata de la causa de la caída de la preeminencia de la mujer y de la instauración del patriarcado y de lo que hoy se llama el machismo. Tema siempre oscuro y difícil. Conjetural. En el próximo oriente ésto ocurrió, por primera vez en la historia humana, entre los 20.000 y los 12.000 años aC aproximadamente. Fue una operación lenta, que se fue perdiendo más tarde y más rápido en muchos otros lugares de la tierra, hasta casi nuestros días. Esta decadencia... los errores de la mujer, no sólo llevarán a su opresión histórica sino a la aparición de la violencia a gran escala entre los hombres y la rotura de la humanidad en clases sociales antagónicas.

Cierto que la causa determinante, aunque poco espectacular y casi oculta, fue el crecimiento de la población y las dificultades de su alimentación y sustento. Pero esto provocó la primera opresión importante de una persona humana sobre otra persona: en este caso la mujer oprimió el hombre. Éste seguía manteniendo, y éste fue su error el hábito del callejeo del recolector, del pescador. Mientras que la mujer se afanaba en la agricultura, la ganadería, las artesanías, el comercio, las artes, la industria conservera, el tejido... Y el clan de la mujer hizo una propuesta innoble al hombre que la pretendía: «No te casarás con ella si antes no trabajas seis lunas o, como en el caso de Jacob, siete años en nuestros rebaños». De esta nefasta institución se llama matrimonio de servidumbre. Se somete el futuro marido al trabajo servil o forzoso. Se pone precio al amor. Es la prostitución del hombre. Es el hombre reducido a una incipiente esclavitud. Es la domesticación del hombre. Es el trabajo por cuenta ajena. Es la venta de la propia fuerza de trabajo. Es el trabajo.

En catalán, de la actividad libre se llama «feina», derivada del verbo hacer. En cambio trabajo deriva de tripalium, instrumento de tortura romano compuesto de tres palos que se ataban, en castigo, estrechamente los dedos de los esclavos que no querían trabajar, en tiempos de los romanos... El hombre de natural es activo, pero originalmente no trabajaba nunca para otro, era espontáneamente autogestionario y cuando se constituían grupos de trabajo todos actuaban a un nivel de igualdad. Cada uno aportaba su trabajo en conjunto. Nunca daba su trabajo a otro.

En el período histórico que contamos, comienza por primera vez, de una manera tan suave, casi imperceptible, la explotación del hombre por el hombre, que en este caso es el hombre para la mujer. El trabajo para casarse no es un regalo, un presente, una merced. Es una imposición: «Por otro lado no te casarás con la hija, con mi hermana». Y, curiosamente, el hombre se avino. Hay muchos indicios en la arqueología y en la etnología de la existencia de la institución del matrimonio de servidumbre.

Las condiciones impuestas por la mujer fueron creciendo a lo largo de milenios, seguramente por causa del crecimiento de la población y por tanto de las necesidades alimentarias. La curiosa historia, contenida en el libro de génesis, del patriarca Jacob que vuelve al clan materno para casarse, es aleccionadora. ¡Primero siete años! Y aunque el tío le engaña y no le cede la mujer que amaba sino la hermana no querida. ¡Después le impone siete años más! para conseguir a Raquel, la mujer que él quería.

Como diría Marx, el hombre subyugado sin embargo, dialécticamente, aprende a estar cerca de la tierra y los animales, las dos nuevas fuentes de producción en forma de agricultura y ganadería; aprende a producir él y, por tanto, va arrebatando la fuente de la fuerza que hasta ahora tenía la mujer. Y la operación llevada demasiado lejos por la mujer preparará contra ella la inevitable rebelión del hombre.

Pero eso, en el próximo número.


LA REVUELTA PATRIARCAL

Las tinieblas cubrieron la tierra. Hoy empezamos la primera de las grandes desgracias de la historia de la humanidad en sus últimos tiempos. Habíamos visto como la mujer subyuga al hombre y como le sometía al matrimonio de servidumbre. Cada vez la mujer pone más difícil las cosas al hombre de su comunidad. Las exigencias de trabajo forzado para acceder a la boda van creciendo. Finalmente la mujer se pasa de raya. Los varones de su nación se vuelven ilustrados y contestatarios y ofrecen resistencia a tratos tan duros. La mujer lo soluciona por la vía directa. Se casa con varones de otras naciones más trabajadores, más sacrificados, más dóciles, justamente porque pertenecen a unas naciones más atrasadas. Similar a como hoy en día ciertos empresarios aceptan mano de obra barata venida de países extranjeros, sumidos en el hambre y en la miseria, y despreciando la mano de obra autóctona más conocedora y defensora de los propios derechos.

Esta gota de agua hizo rebosar el vaso. Estalló la rebelión de los varones. Esto sucedió en forma de rapto violento de mujeres casaderas. Son conocidos universalmente el rapto de Helena por Paris, en la mitología griega, el rapto de las Sabinas en la historia de Roma, o el rapto de mujeres israelitas por obra de los benjaminzotes en la Biblia. En este siglo aún se practica en algunos pueblos salvajes. El hombre huye del clan con la mujer raptada a la fuerza. Todo el clan le persigue a muerte. Es la primera vez que se rompe gravemente la armonía en el interior del clan. Éste responde según un principio incuestionable: la solidaridad. Todos se hacen solidarios vengadores del mal cometido. Mientras quede vivo un solo componente del clan, estará obligado a la ley de la venganza. No se ha ofendido a una mujer. Se ha ofendido al clan entero. Es el «omerta», la venganza que aún se practica a muerte entre los clanes mafiosos sicilianos o napolitanos. Todavía no estaba instituida la fuerza pública. Todavía no existía el Estado. Toda la comunidad era la fuerza pública.

El raptador lo sabía y huía lejos, a lugares salvajes y de difícil acceso. Allí a menudo pasaba hambre y necesidades de todo tipo. Fue el primer marginado, el primer exiliado, el primer bandolero el primer «terrorista». Siempre fugitivo. Siempre perseguido. A veces volvía sigilosamente al clan para robar, a escondidas, algún alimento o vestido o herramienta para sustituir y al delito de robar a la mujer añadía el delito de robar posesiones materiales. «No robarás la mujer ajena, ni su asno ni su buey», dice uno de los mandamientos de la ley de Dios. La venganza tenía dos aspectos terribles: el arrasamiento o anatema de las cosas del grupo enemigo y el genocidio o exterminio de las personas del grupo enemigo. Era necesario arrasar, no recuperar. Josué quiere recuperar y es castigado. No es un hurto, se trata de un sacrilegio. La comunidad humana armónica es algo sagrado, un sacramento. Su ruptura, en latín classis, en clases de oprimidos perseguidos y opresores perseguidores es un desastre cósmico. Sólo se puede reparar con la muerte, con la destrucción, con el fuego, con el genocidio y el anatema. Se ha desmenuzado un hechizo de brujería blanca e inocente que había durado millones de años: el equilibrio comunitario.

Desde ahora la comunidad se rompe en clases sociales opuestas. Y es introducida la guerra por primera vez en la historia. Estamos en el Mesolítico. Unos 12.000 años aC. La primera Edad Media. Las tinieblas cubren la faz de la tierra. La exuberancia económica, cultural y espiritual del Paleolítico superior deja paso a la barbarie. Se pierde el arte.Las técnicas son de microlitos. Se pierde el comercio, toda la economía y hasta los primeros rudimentos de escritura.

La primera guerra de la historia es la guerra más despiadada, más cruel, más... sin Convenciones de Ginebra.

El hombre, que ha huido, ata a la mujer raptada para que no se le escape, mientras él sale de cacería o de rapiña. Cría muchos hijos para tener más guerreros. Los cría en la dureza más absoluta. Si lo traicionan los mata. El Padre, prototipo del Estado futuro. El poder descarnado del hombre sobre el hombre. Esto es el Patriarca. Reflejado en las leyes más antiguas semitas, griegas, romanes, germánicas, eslavas,... Derecho de vida y muerte sobre la mujer y los hijos: el Paterfamilias. Él funda la familia. Familia viene de fámulus, en latín, y éste, de famel, en osco. ¡Quiere decir «esclavo»!


LA GUERRA

La gente, pesimista y resignada, tiene tendencia a creer que la guerra, la opresión, la violencia son innatas en el hombre.

La guerra, lo vimos en el apartado anterior, comienza. Y empieza tarde. Millones de años sin guerras. Y un buen día empieza la guerra. Y veremos cómo, después, vuelve a desaparecer casi del todo y como reaparece mucho más tarde.

Se invoca el instinto de agresividad. Pero la agresividad es una defensa de la naturaleza cuando un animal está acorralado con su subsistencia gravemente amenazada. Tanto el animal como el hombre sólo atacan cuando las circunstancias adversas han escapado a su control. Por otra parte, tanto el animal como el hombre se vuelven profundamente pacíficos. En concreto el hombre había controlado su entorno hostil perfectamente durante larguísimos milenios. Es por ello que el deseo de paz está arraigado en lo más hondo de nuestro ser.

Antes del 12.000 aC no se encuentra ni una muralla ni un arma. No hay ni una sola pintura rupestre con escenas de guerra. Una pintura paleolítica de la cueva del Parpalló (Gandia, Valencia) parecía una escena de guerra de dos bandos enfrentados. El arqueólogo eminente Dr. Pericot demostró que los dos bandos disparaban sus flechas sobre una pieza de caza interpuesta y que se había borrado con el tiempo. Los médicos arqueólogos han adivinado enfermedades en el hombre paleolítico, incluso enfermedades propias de un sedentarismo exagerado. Han encontrado algún hueso fracturado por la caída de un árbol. Pero en lugar no se han encontrado fracturas o traumatismos resultado de un enfrentamiento belicoso. Parece mentira, pero es así. Son falsas aquellas películas que pintan al hombre paleolítico como un ser feroz con sus semejantes, con los que disputa violentamente la posesión del alimento o del fuego.

En cambio, como por efecto de un hechizo maléfico, el Mesolítico, la barbarie estrena armas, murallas, guerras, rapiñas, arrasamientos y todo tipo de maldades. De esta nueva y sorprendente situación histórica, arrancan las mitologías y, en concreto, la del pecado original. Un paraíso se convierte en una zarza.

La raya entre el matriarcado pacífico y el patriarcado belicoso pasa muy pronto (-12.000 aC) el próximo oriente: valles del Éufrates, del Tigris, del Jordán, del Indo, del Nilo. Testimonio algo posterior (-8.500 aC), son las famosas murallas de Jericó. Bastante más tarde (-1.200 aC) los griegos bárbaros, venidos del Norte, expulsan los helenos de la península griega. Son testimonio las murallas ciclópeas de Micenas. Cuatro o cinco siglos después se vuelven bárbaros belicosos los latinos y amurallan Roma. Los alrededores de la era cristiana los celtas de las Galias y los celtíberos de las Hispanias se convierten guerreros y luchan encarnizadamente unas tribus contra otras. Por nuestras tierras encontramos los ilergetes (Ilèrdula, Olèrdola), los cosetanos, los lacetanos y los layetanos. Mientras, al otro lado del Rin, los pueblos germánicos aún están en el Paleolítico y viven en paz. Los galos, los observan asombrados desde el lado de acá del gran río. Aquí, todo eran guerras; allí, todo era paz. ¿Cuál era el misterio para explicar la diferencia? Los galos dirán a los otros: ¡«Hermanos»! Se amaban entre sí. En sus clanes no había fisuras.

Sería necesario que meditaseis juntos muy seriamente estos acontecimientos. Hay una raya divisoria: allí la paz, aquí la guerra. Y en medio unas causas que hay que averiguar y resolver.

El único pueblo pacífico que los romanos encontraron en las Hispanias y Galias fue el pueblo vasco que todavía era paleolítico y matriarcal. Pactaron sin guerra. Los vascos mayoritariamente abandonaron los fecundos valles del Ebro al sur y del Garona en el norte. Algunos se quedaron y se latinizaron. Más tarde, en la Edad Media originarían el castellano y el gascón (Gascuña = Vasconia = país de vascos). Los demás, en las montañas, siguieron como pueblo pacífico, diferenciado no latinizado, con idioma propio, el euskera, que... gracias a la no violencia inicial de los vascos ha llegado (el único) a nuestros días.

En la Edad Media también los vascos giraron en la barbarie violenta y ésta es la imagen que tenemos aun en nuestros días. Carlistas. Gudaris. Etarras.


DE LA FAMILIA A LA TRIBU

La humanidad, con la barbarie patriarcal, había caído al fondo del abismo. La violencia arrolladora, anatemizadora, acababa con todo. También peligraba la humanidad entera. Un grupo quería aniquilar al otro grupo enemigo. El otro también quería hacer desaparecer al primero. Era un no acabar nunca.

Coexistían, en aquellos tiempos aproximadamente 11/10.000 aC clanes matriarcales y familias patriarcales. Los clanes, originalmente pacíficos, tenían que protegerse. Cuando se veían envueltos en guerras, nombraban un caudillo guerrero, que nunca era quien presidía el clan. Dimitía, al terminar la guerra. Nunca los «militares» no serían un cuerpo separado y permanente... con peligro de golpe de Estado, en un clan matriarcal. No existía todavía en estos clanes, llamados epipaleolíticos, porque eran unos paleolíticos coexistentes con los bárbaros mesolíticos la enajenación que también definen los Manuscritos de Marx. Ni la fuerza había abandonado el cuerpo comunitario conjunto para institucionalizarse en un cuerpo militar. Ni la autoridad había abandonado el cuerpo comunitario conjunto para institucionalizarse en el cuerpo del estado. Ni el espíritu se había separado de la comunidad para convertirse en un Dios exigente de un culto.

Cuando había guerra, el clan nombraba el jefe militar, siempre provisional, y él iba a la guerra acompañado de la gente del clan que quería ir. Nadie estaba ligado al «servicio» militar obligatorio.

Explica todo esto, el libro de los jueces de la Biblia. Josué, Ehud, Jefté, Barac, Gedeón, Sansón, fueron jefes militares «siempre provisionales». Los ancianos de Galaad, nombran jefe militar a Jefté, que había huido antes por el rapto de una mujer y que se había hecho bandolero. La «presidenta» Débora, mujer admirable, popular, inspirada, nombra a Barac jefe militar para la gran batalla de Tanaac. Es bellísimo que Barac no quiere ir a la guerra si Débora no acompaña, con su espíritu exuberante, a los guerreros. Y, en efecto, Débora les acompaña como otras mujeres cantando y bailando. Este era la costumbre. María y las mujeres acompañarán Moisés con tambores y flautas. (Y, mucho más tarde, María y las mujeres acompañarán a Jesús en otra «guerra»). La Biblia, en el libro de los Jueces ha conservado uno de los cánticos más exitosos de la literatura universal, el Cántico de Débora.

Pero, a pesar de estas gloriosísimas magnificencias, pobrecitos, los clanes paleolíticos fueron aplastados por los bárbaros mesolíticos. ¿Cómo podía luchar un ejército accidental de cuatro voluntarios dirigidos por un jefe provisional contra un ejército obligado y disciplinado a muerte? (quien desierta es «fusilado» desde el 12.000 aC hasta hoy en día) por unos patriarcas guerreros por definición, a perpetuidad y desde del nacimiento.

El patriarca, al frente de su familia numerosa, se va fortaleciendo, siempre fugitivo, siempre en guerra, siempre al acecho (el mito de Caín). Con unos hijos educados en la guerra, en la rapiña y en la destrucción y hasta el anatema de los clanes matriarcales de origen.

Hay quien afirma que pater y potestas vienen de la misma raíz terrible: el poder y el padre son la misma cosa. Padre es el poderoso. Patria potestad es una redundancia. Palabra horrenda que no existe antes del 12.000 aC. Ni se conocía el Poder ni se sabía quién era exactamente el padre de quién. Sólo se sabía seguro la madre. Matrilineado.

Mientras, las familias mesolíticas fueron agrupándose en multifamilias y éstas, en tribus patriarcales para hacer frente a las grandes federaciones de clanes matriarcales. Las vencieron o les obligaron a patriarcalizarse. Al cabo de un tiempo la transición fue consumada. La era de la preeminencia de la mujer había terminado. Había durado aproximadamente en el próximo Oriente, punta de lanza de la historia unos veinte mil años. Bastantes más de los que lleva dominando el macho patriarca.


EL ESTADO

El Mesolítico o Barbarie comienza (12.000 aC) con machos raptores de mujeres, fugitivos, escondidos por las montañas y los desiertos, con su familia esclavizada, perseguidos por los clanes matriarcales a sangre y fuego, sin tregua. En el Penedès queda constancia en la cueva del Hueso de Calafell (epigravetiano).

El Mesolítico termina (8.500 aC) con la instalación de estos fugitivos sobre los clanes matriarcales como una casta o elite guerrera, por la fuerza, acaudillados por un Rey que encarna la primera probatura histórica de lo que más adelante se llamará Estado.

Los hombres fugitivos, con sus respectivas familias, se federan entre ellos: multifamilias, tribus para defenderse mejor de los clanes perseguidores. Y forman bandas belicosas, bien armadas que pasan a la ofensiva, que empiezan haciendo incursiones esporádicas y que acabarán en unos milenios dominando los clanes, como veremos.

En los documentos más antiguos de la Biblia encontramos estos bandoleros, que persistirán siglos y siglos. Abraham es uno de esos salteadores de caminos que tiene cuarenta compañeros de armas y atacan de noche en emboscada a una gran comitiva de gente oriental que pasaba por el camino de Mesopotamia a Egipto al otro lado del Jordán (Génesis, cap. 12). El escrito bíblico da la impresión de que el grupo de bandoleros «protege» o mejor chantaje a una fratría de cuatro clanes matriarcales de Qiryat Arbá («4 barrios»), que hoy se llama Hebrón, al igual que las pandillas de mafiosos «protegen» y en realidad, extorsionan a los comerciantes de los barrios bajos de Nueva York. Todavía no se han instalado arriba. Todavía no es el Estado. Pero ya están en el flanco, «protegiendo» y exprimiendo, como más tarde hará decididamente el Estado.

Golpea nuestra sensibilidad moderna leer la anécdota posterior de la vida de Abraham, cuando ya se le ha muerto su mujer, Sara, y como marginado y «sin tierra» no tiene lugar o sepulcro donde enterrarse. Los clanes matriarcales, todos tenían el lugar sagrado de celebrar el banquete sagrado periódico, de jugar los pueblos federados y de enterrar a los muertos. Una montaña, el terreno sombreado por una gran encina, etc. Nadie que no fuera del clan o de la federación no podía profanar el lugar. En cambio el marginado Abraham y sus cuarenta ladrones no saben dónde caer muertos.

Abraham tiene muchos bienes, fruto de la rapiña. Puede, pues, comprar un trozo de tierra a los habitantes de Qiryat Arbá y se lo pide modestamente, a pesar de su real prepotencia, ante la asamblea reunida. Todos tiemblan de miedo. «Toma lo que quieras de nuestra tierra, pero no nos quieras comprar nada. ¿Cómo podríamos poner a la venta el lugar donde reposan nuestros antepasados? Toma el sepulcro mejor, pero no aceptaremos paga». Abraham es mesolítico y ellos son aún paleolíticos. No se entienden mutuamente. Son dos mundos radicalmente diferentes. ¿Es que no valen sus productos? ¿Qué se han creído? Tiembla de ira. «Encima que se lo pido humildemente, aun mantienen el orgullo de no querer vender». Abraham ya no entiende que la tierra sagrada no se puede vender, que es como la mano o el pie o la cabeza, que no se venden. Además, él tiene toda la fuerza. Todo lo que tiene es muy suyo. Se lo ha ganado en lucha. Es la propiedad privada familiar donde el único que manda y decide es el padre. No pasa cuentas a ninguna asamblea. La federación de familias no tiene propiedades comunes. Todo lo que capturan en botín, lo reparten la noche de la victoria. Los habitantes de Qiryat Arbá deberán ceder y acabarán «vendiendo». Abraham podrá enterrar a Sara.

Más tarde, en el libro de Samuel, veremos el pobre pueblo judío castigado y derrotado por los filisteos, porque éstos ya tenían rey y ellos todavía no. Nombran Saúl y después, el jefe de bandoleros, David. Y así pueden ganar a los filisteos. La casta guerrera nombra un rey electivo permanente, que luego se hará hereditario. Él tendrá todo el poder. La asamblea popular desaparece o se transforma en un senado de viejos aduladores. El Estado, el poder contra el pueblo, se instala sobre el pueblo. La comunidad ha quedado fracturada: los guerreros opresores y los trabajadores oprimidos.


MAGIA NEGRA

En los tiempos oscuros del Mesolítico o de la barbarie que estamos historiando desapareció, en medio de las guerras, el gran progreso material de las federaciones matriarcales. Como signo visible máximo podemos constatar la práctica desaparición del mercado. Los «famuli», los sirvientes, justo producían el mínimo para alimentar los amores guerreros y para sobrevivir ellos con la vida más mísera que se pueda imaginar.

Pero quizás aún fue peor el empobrecimiento espiritual. Se puede hablar de una auténtica perversión espiritual: la magia negra. Se empieza a adorar el espíritu separado del cuerpo social. La comunidad está asustada de raíz. Le ha huido el alma colectiva. Hasta ese momento cada pueblo, cada cuerpo comunitario tenía, inseparable y indiscernible, la propia alma, responsable de la armonía, de la paz y de la felicidad del colectivo. Nadie adora su propia alma. Lo más que puede hacer es tratar de congraciarse y aun de enamorar el alma de otro individuo o pueblo o de los animales, las plantas, las montañas o las nubes. El Paleolítico nunca fue más allá. Los arqueólogos, asombrados, no encuentran ningún rastro de religión o de deísmo.

En este momento, el pueblo siente como se le va el alma y queda como muerto, caído y destrozado. ¿Qué mal ha hecho que lo haga acreedor de esta tortura? El pueblo aturdido se martiriza, se flagela, mata animales, quema frutos de su escasa cosecha, llega a sacrificar sus propios hijos, para conseguir el retorno del alma colectiva.

Comienzan los sacrificios rituales sangrientos. La liturgia expresa perfectamente el horror social de los bárbaros. Es necesario que alguien muera para la salvación del pueblo.

El principal artífice de estas prácticas es la bruja, el brujo, el hechicero. Descendientes de los primitivos animadores sociales del banquete sagrado: sacerdotes, profetas o videntes, ellos también se han pervertido. Ellos tenían en la mano el corazón del pueblo. Ellos sabían animarle. Ahora el pueblo yace en el suelo sin alma, después de haberse rebelado infructuosamente contra el guerrero, el cacique, el rey.

El rey teme el alma del pueblo porque realmente es más poderosa que él. Entonces el rey o cacique compra el brujo con un trato de favor y le hace predicar que el alma del pueblo está enfadada con el pueblo porque el pueblo ha faltado. Sólo con sacrificio y sangre se puede reparar, en parte, la falta.

Esa sacralidad primitiva, fresca y feliz, la magia blanca del banquete festivo, de la animación social, de los dones a la madre, de la atención a los ancianos, a los niños, a los enfermos, de la iniciación a los secretos de la horda, etc. ya ha pasado. Queda como un viejo recuerdo lleno de añoranza en forma de grandes desarrollos mitológicos: el paraíso terrenal, el árbol de la vida, los semidioses sabios, inmortales, poderosos... Todo esto ha pasado y se sueña largamente durante las interminables vigilias de la penitencia y de la mortificación. Se inventan procesos dolorosos, tortuosos y secretos de iniciación: las totemizaciones bárbaras. El brujo pone el miedo en el cuerpo del pueblo. Este será su nuevo espíritu: un inmenso miedo, un insondable complejo de culpabilidad, una terrible sensación de inseguridad en uno mismo, un sometimiento a misterios insondables.

Mientras, el brujo eleva al rey. El rey es poseído por el alma del pueblo, para salvar el pueblo. El brujo unge con aceite, símbolo del espíritu, la cabeza del rey. Ahora será el Ungido, el pleno del espíritu. («Ungido», en griego se dice «Cristo», en hebreo «Mesías»). Rey y lleno del espíritu serán una misma cosa. Y el pueblo y carente de espíritu también serán sinónimos.

Un día, el rey subirá arriba de una montaña y el espíritu del pueblo, que ha huido a las nubes tormentosas, vendrá sobre el rey en forma de nube tormentosa, con rayos y truenos, y le inspirará las leyes del pueblo. Este rey se llamará Hammurabi o Moisés.

Así unas leyes, inventadas por el grupo opresor de los guerreros, se convertirán en leyes bajadas del cielo. Poco a poco los reyes irán también siendo celestiales.

Por este camino, la oscuridad de los tiempos penetrará hasta las raíces del cerebro de una población totalmente dominada, que se irá volviendo servil, supersticiosa, débil, perfectamente explotable. La tribu es la primera máquina perfecta de exprimir la vida humana hasta el tuétano en provecho de unos caciques.


EL PRIMER FEUDALISMO

El lector, que ha seguido los últimos artículos, habrá quedado seguramente bastante deprimido. La Barbarie, el Mesolítico, la primera Edad Media de la historia de los hombres es muy triste y negativa. Estos tres milenios y medio contrastan verdaderamente con la paz y el equilibrio comunitarios de los millones de años que les han precedido.

Veremos, sin embargo, que los desastres no son el destino inexorable de la naturaleza humana. Más bien es al revés. Los períodos desastrosos son accidentes en nuestra historia. El hombre tiene ingenio suficiente para superar su inexperiencia con nuevas y creativas soluciones. Es necesario, para ver esto, tener un sentido de perspectiva global del tiempo humano. Un par o tres de millones de años son mucho para un individuo, pero poquísimo para la humanidad.

Lentamente la sociedad bárbara empieza a autopacificadoras. Veámoslo.

Al inicio de este período, para acabar con el enemigo era necesario el anatema (total destrucción) sobre el vencido y el holocausto (completa destrucción) de sus bienes. Como el enemigo también hacía lo mismo, el resultado vertía en la desaparición de la humanidad de encima la faz de la tierra.

Aquellos bárbaros primitivos, después de un tiempo de hacer auténticas barbaridades, reflexionaron y encontraron una salida un poco más constructiva. Inventaron el pacto («foedus», en latín, de donde viene «feudalidad», «feudalismo») de vasallaje. Se trata de un pacto entre vencedores y vencidos y por tanto un pacto relativo y desigual, pero que irá cambiando la imagen del desastre para una imagen más halagüeña.

Los vencidos eran divididos en dos categorías: los valientes y los cobardes, los nobles y los innobles. Los nobles eran ejecutados sin compasión. El anatema. Más tarde, entre feudales más refinados de Asia, América o África, y, también, de Europa, antes de matarlos los torturarán, los azotarán en el palo del suplicio. Y aun los vencedores se les comerán el corazón o el cerebro o el hígado según las diferentes culturas místicoanatòmiques vigentes. No pensaremos que eso fuera tomado como algo negativo ni siquiera por el mismo valiente vencido ejecutado. Él, el vencido noble y valeroso quería ser ejecutado. Y aun, en las situaciones de máxima perversión, quería ser torturado y lo resistía impávidamente sin queja. Esta era su grandeza. Y el vencedor, en torturarlo y matarlo, le rendía el homenaje debido. Y, después, se le comía el corazón para adquirir su valentía. No fuera que se fuera a perder un tesoro tan preciado. Éste era el alto destino de la primera categoría de vencidos.

Pero había una segunda categoría de vencidos: los cobardes. A éstos se les ahorraba la muerte; eran viles y no merecían esta gracia. Simplemente se les sometía a servidumbre. Se les ponía a cultivar los campos, a tener cuidado de los rebaños o a hacer muralla. El vencedor se compromete a defender los siervos vasallos. El vencedor puede dejar un trozo de tierra al vasallo. Éste en cambio, alimentará al vencedor, al señor. Lo vestirá. Le hará las armas, el cobijo, la muralla.

A primera vista esta institución de la servidumbre es sociológicamente negativa. Pero pensamos que evita la muerte masiva del enemigo. Que se para la cadena infernal de revanchas y contra revanchas. Además, el siervo se convertía en «familia» del vencedor, equiparado a su mujer y a sus hijos que, desgraciadamente, también eran en realidad sirvientes del patriarca.

Todo ello, muy poco. Pero así empezó la recuperación social que llevaría, siglos más tarde, el estallido sorprendente de la civilización neolítica. La mujer, los hijos y los vencidos sobrevenidos acaban que son mayoría frente a la casta guerrera, pequeña elite dominante. Los sirvientes son los trabajadores, los creadores de riqueza económica y, en todos los lugares, poco a poco acabarán igualando a los opresores. Son famosas, en la antigua Roma, las reivindicaciones de los plebeyos frente a los patricios. Allí se inventó el primer defensor del pueblo, defensor del pueblo, «tribunus plebis». Y finalmente llegó la igualdad. ¡La lucha de clases se había aguado!


REFLEXIÓN SOBRE LA BARBARIE

La barbarie es una etapa característica y bien dibujada en la evolución de la humanidad. Como todas las otras etapas sólo se da en forma pura la primera vez, aproximadamente entre el 11.000 y 8.500 aC, período también llamado Mesolítico. Esto sucedía en las áreas geográficas más avanzadas, en el próximo Oriente. Otros lugares pasarán la barbarie más tarde y con influencias mezcladas, de pueblos y culturas vecinos más avanzados que enturbiarán las sucesivas experiencias.

Mencionamos algunos rasgos característicos de la barbarie:

  1. El patriarcalismo y el machismo que se deriva de ellos. La mujer todavía tiene una gran excelencia moral... pero encerrada en su casa. Se la respeta, se le adora... pero como un objeto frágil, de vitrina, un objeto a proteger. La mujer es propiedad privada del hombre. El hombre puede ir de putas. La mujer, es otra cosa. ¡Ay! del que la toque. El adulterio femenino está castigadísimo. El masculino, no. El hombre lo posee todo, controla el dinero, la ganancia fuera de casa, conoce el mundo, lo determina. La mujer, no. ¿No os parece que todavía hay muchas barbaries?
  2. La religión se ha vuelto negra, trágica, terrible. El infierno. El suplicio. Las penitencias. Los sacrificios. El pecado. La culpa. El dios vengativo y justiciero. La fe oscura. La autoridad indiscutible. El dogma. La moral rígida. La inquisición. La censura. La autoinculpación. La sujeción. Las prohibiciones. Los ayunos y abstinencias. La negación del mundo, de la cultura, del placer, de la felicidad. El olvido del amor. Los misterios. También queda barbarie en el terreno del espíritu.
  3. Crece la desazón por un paraíso que se ha perdido. Este paraíso se mitifica. Seres suprahumanos. O seres humanos llenos de poderes y virtudes milagrosos. Exigencias de altos grados de perfección para minorías escogidísimas. Cielos de placer, de alegría, de felicidad sin límites. Para pocos, para poquísimos. «La vía estrecha» del evangelista, o el «hinnayana» de los budistas. La mayoría yace en el suelo explotada, abandonada, marginada, desanimada, deprimida. El pueblo desmoralizado se refugia en el alcohol, en la droga.
  4. La economía se estanca. El comercio intergrupal desaparece. Todo el mundo coge miedo y se dedica más a tesaurizar que invertir. El dinero no es para hacerlo trabajar o para divertirse, es para guardarlo, acumularlo, contarlo y recontarlo. Los bancos cuando estén crecerán, las industrias disminuirán. Los bancos no servirán a las otras empresas, sino, a la inversa, las empresas serán exprimidas por los bancos.
  5. Políticamente se practica una estrategia de egoísmo: salvar lo que se tiene y, cuando el enemigo más poderoso aprieta, se pasa a una estrategia nihilista de heroicidad suicida. «Nosotros somos los buenos». Más vale morir con honra que vivir arrodillados. Dios nos recibirá el cielo. Se instaura la guerra como sistema. El bárbaro, se diga Numancia, Sagunto, sea el indio de América, el árabe de guerra santa, el gitano frente a los países, el tuareg del desierto o el vasco del ETA, es orgulloso. No le queda nada más, frente a sus enemigos más evolucionados, para salvar su dignidad. Él es el bueno. Como serían los israelitas en su período bárbaro: «Nosotros somos el pueblo de Dios. Los otros pueblos caminan en la oscuridad y las tinieblas».

Así podríamos seguir en esta caracterización sorprendente. Analicemos nuestro comportamiento y el comportamiento de la sociedad que nos rodea y saquemos las conclusiones oportunas.


LA BARBARIE A LO LARGO DE LA HISTORIA

Si la barbarie original destruyó el equilibrio matriarcal en el próximo oriente asiático hacia el 11.000 aC, pronto hizo el mismo trabajo por un lado hacia oriente y por el otro hacia occidente. La guerra se va esparciendo en círculos concéntricos de radio cada vez mayor.

Egipto, que vivía en paz, queda sumido en guerras intestinas. La India se ve invadida por los pueblos indoeuropeos que hacen desaparecer el tantrismo de la felicidad equilibrada y instauran el desequilibrio de las clases sociales: unos ricos y privilegiados y otros pobres y oprimidos o marginados. Los griegos (jonios, dorios, colis), hacia el 1.200 aC, invadidos, huyen y se convierten en los Pueblos de Mar que también aprenden la guerra y encienden todo el Mediterráneo: los filisteos en Egipto y Palestina, los cretenses en Creta, los Sículos en Sicilia, los etruscos en Toscana, los Sardos en Cerdeña, etc. Cuando todos estos pueblos se iban sedimentando, surgía el Lacio un pueblo inquieto, los romanos, que pusieron en pie de guerra toda Italia.

Ya explicamos que a principios de nuestra era los pueblos de Hispania (Península Ibérica) y de la Galia (Francia) estaban en guerra entre ellos. En cambio, al otro lado del Rin, los pueblos germánicos aún vivían en paz. Los primeros se admiraban los segundos sin comprender su causa. ¿Por qué ellos no se pelean nunca y nosotros siempre? Y los llamaron «pueblos hermanos», de donde viene el nombre de Germania.

Pero pocos cientos años después, los germanos entraban en la etapa belicista y entraban en el Imperio Romano a sangre y fuego. Todo el Imperio, en pocos años, retrocedió a un feudalismo, al principio, terrible. Los guerreros germanos invasores se opusieron a los autóctonos y se repartieron el terreno, en pequeñísimas divisiones (baronías, condados, marquesados, ducados, principados...), muy cerradas las unas a las otras, durante medio milenio.

Hacia el 600 dC vuelven a la barbarie las tribus matriarcales de la península arábiga. Las «reinas de Saba» dejan el lugar a los califas guerreros que esparcen la guerra hacia el oriente por Siria, Mesopotamia, India, Indochina y hasta las islas de la Indonesia y Filipinas. Y por el occidente por Palestina, Egipto, Libia, el Magreb y la Península Ibérica. Aquí chocan los bárbaros del sur con los bárbaros del norte que empezaban a civilizarse.

La Península Ibérica es un laboratorio sociológico interesante. Por un lado los árabes victoriosos se civilizan deprisa y generan un centro de cultura en Córdoba único en el mundo de su tiempo. Por otro lado los vascos, que hasta entonces eran matriarcales, entran furiosamente en la barbarie y atacan a los francos del norte (Carlomagno) y los árabes del sur (Al Mansur) y quedan bastante aislados, por lo que prolongan su situación de barbarie. Algo similar ocurre con el reino de León y Castilla. Aislados y empeñados en la lucha contra los árabes que ya han ido perdiendo belicosidades, prolongan su situación de barbarie. Que se realimentará con la conquista de América a los bárbaros indios.

En cambio la Corona de Aragón, muy romanizada y poco germanizada, entra la primera, en la Península y aun en la Galia, en un floreciente periodo civilizado, una vez terminadas las guerras con los árabes. Las acaban más rápido que los castellanos porque tanto árabes como catalanes y aragoneses se han civilizado. Y no querrán ni podrán conquistar América.

Unos serán crueles durante mucho tiempo y los otros serán democráticos y pactistas muy pronto. Los pactos de Paz y Tregua de Toluges, los instaurará el obispo y abad catalán Oliba ya en el siglo once.

¡He aquí las diferencias!


LA REVOLUCIÓN NEOLÍTICA

Cuando yo era pequeño, el Neolítico se estudiaba sin pena ni gloria. El hombre, bien mal apto por cierto, había necesitado millones de años para descubrir la piedra pulida. Neolítico, nueva piedra. Paleo-lítico, piedra antigua. La piedra tallada pasó de moda. Aparte de ésta poco significativa novedad, estudiábamos la invención de la cerámica y de la rueda. Realmente ésto ya es harina de otro costal. La cerámica lleva implícito un dominio indirecto de aspectos químicos y de técnicas del fuego que hacen el milagro de dar calidad de piedra a lo que antes era barro maleable a voluntad. A partir de ese momento el hombre se liberará, en buena parte, de pesados vasos y utensilios de piedra y los sustituirá por piezas ligeras y caprichosas de cerámica. Como contrapartida, la cerámica es muy frágil y se rompe antes, durante y después de cocerla. Pero permite la variación más libre de formas y aplicaciones. Y también permitirá la mayor creatividad en la decoración, formas, colores, esmaltes. La humanidad infantil juega con el barro y hace maravillas. Aún hoy en día la cerámica servirá a los arqueólogos para precisar fechas y localizaciones mediante el estudio de los diferentes estilos. En todas las comarcas del Gran Penedès se han encontrado restos neolíticos de cerámica: cueva del Bolet (Mediona), cueva de Can Pascual (Castellví de la Marca), cueva de Sant Llorenç (Sitges), etc. Se trata de cerámica hecha a mano y de estilo «cardial» porque el ornamento consiste en pulsar repetidamente contra la pared de barro una concha llamada cardium.

Además, la técnica de cerámica permite cocer los ladrillos de barro y eso da más consistencia a las construcciones. Sin embargo aún hoy en día se pueden observar paredes de «tapia» hechas con barro prensado sin cocer.

Esta versatilidad de la cerámica permite avanzar la cultura en los «países del barro», países de grandes ríos llanos que se vierten estacionalmente, países de terreno arcilloso. Ésta será una de las causas del avance cultural de Mesopotamia en el Próximo Oriente, seguramente cuna del invento de la cerámica.

Otro invento atribuido al Neolítico es el de la rueda. Un eje fijo clavado en el corazón de dos ruedas paralelas y, sobre el eje, la caja de transporte con dos mangos hace el carro. Sencillo invento genial que se universalizará muy pronto. Sencillo invento, que facilitará extraordinariamente el transporte de materiales pesados, piedras pongamos por caso. Hay quien cree que carro viene de harri (vasco), quer (ibérico) que quieren decir piedra, pero en todos los idiomas indoeuropeos y semíticos existe la raíz car. La rueda es un elemento móvil que se interpone entre el suelo y la caja a transportar, que es necesario que se mantenga estable en el traslado. La rueda humilde esconde el misterio de los ciclos inmutables de la naturaleza.

Más tarde la rueda se aplica a mil otras utilizaciones, hasta llegar a construir el elemento principal de la finísima maquinaria de un clásico reloj de pulsera.

A partir del Neolítico, el mundo irá sobre ruedas. No nos podemos imaginar el avance económico que esto representa. Con la rueda la productividad se multiplica. Los beneficios, las plusvalías, el bien común de los pueblos trabajadores que lo adoptan crece y crece. La cultura se desliza suavemente hacia adelante.

Los tratadistas del Neolítico, con este tipo de inventos, han bautizado este período de la humanidad como revolución neolítica. Dicen que no habrá una revolución técnica comparable a la neolítica hasta llegar a la revolución industrial del siglo XVIII. La humanidad, mediante los inventos, la innovación, da un salto cualitativo hacia adelante. La rueda más la cerámica darán el turno. La rueda de molino vendrá a continuación. Etc., etc.

Sin embargo, en sucesivos días, iremos hablando del Neolítico y veremos que estos inventos materiales no son los más importantes y que, quizá, son más consecuencia que causa del desarrollo magnífico de la humanidad. Ella encarna por antonomasia lo que quiere decir la palabra civilización.


LA CUNA DE LA PRIMERA CIVILIZACIÓN

El Neolítico se definía por la piedra pulida, fácil de discernir, en los yacimientos arqueológicos, de la piedra tallada.

Es un criterio muy material. La cerámica, también, mucho material y muy discernible, llegará a medio Neolítico.

¿Qué le pasaba, mientras tanto, a la humanidad? Cuesta mucho saberlo directamente. Se pueden conjeturar las importantísimas transformaciones sociales de los hombres de la etapa inicial del Neolítico, a juzgar por los datos recientes encontrados pertenecientes al Neolítico medio y final.

Habíamos dejado las familias patriarcales mesolíticas sumidas en la guerra, cargándose los clanes matriarcales del Paleolítico superior. Los patriarcas arrasaban las personas (genocidio) y las cosas (anatema). Un primer inicio de civilización fue el pacto feudal de sangre. El guerrero valiente vencido era ejecutado. El guerrero cobarde era sometido al pacto de servidumbre. Y era igualado en trato a la mujer y los hijos del patriarca. «Famuli» igual a «familia». Estos sirvientes dominados pero protegidos por el guerrero junto con la propia mujer y los propios hijos, iniciarán el largo camino de la revolución neolítica por la vía económica.

Siempre con la tutela atenta del guerrero, para evitar sorpresas del enemigo, los sirvientes recuperan poco a poco esa ganadería y aquella agricultura rudimentarias, inventadas tiempo atrás en el seno del clan matriarcal.

Esta recuperación se acontece primeramente en las riberas altas, no pantanosas, de los ríos Éufrates y Tigris y sus afluentes numerosos, hacia 9.000 años aC. Era un lugar idílico para los mamíferos rumiantes domesticables. Se encuentran muchas especies diferentes. También era un lugar privilegiado para las plantas gramíneas cereales con variedad de especies.

La confluencia de agua, cereal y rumiante en abundancia y la situación geográfica comunicacional pueden explicar ampliamente porque la humanidad inicia su período más brillante en la Mesopotamia. Los habitantes de aquel país serán los primeros civilizados del mundo, no por méritos propios, no porque sean una «raza» superior o más inteligente. La razón es una simple situación de confluencia de oportunidades. En aquel tiempo, además, allí aún no había semitas ni, seguramente, hombres de piel blanca. Muy probablemente eran hombres de cabeza redonda y piel negra oriundos de África. Si el hombre nace en el ecuador africano por razones geobiológicas, se puede decir, también, que la civilización nacerá en la Mesopotamia por razones geobioeconómicas. No nos hagamos otras ilusiones racistas o espirituales.

Ya hemos visto como el espíritu acompaña al hombre en su largo peregrinaje desde sus propios orígenes. El espíritu aprovecha las oportunidades materiales para fabricar valores económicos nuevos «post-naturales» a partir de la agricultura, la ganadería, la cerámica... todo un milagro de creatividad de unos bienes, que nunca habían existido antes. Y, además, el avance económico permite la liberación, a horas, del espíritu, de las tareas materiales para dedicarse a tareas culturales y propiamente contemplativas.

El espíritu, como la libertad del corazón, está siempre, luchando para expandirse. Pero las oportunidades materiales y la acumulación de aprendizajes consiguientes que posibilitan esta expansión llegan cuando llegan y donde llegan.

Por ejemplo, el Neolítico americano comienza cinco o seis mil años después, porque sólo tienen, de rumiantes, la «llama» confinada en los Andes y, de cereales, el maíz salvaje de Nuevo México, al que fue necesario una mutación y una hibridación para convertirse en económicamente rentable. Y para mayor desgracia, la «llama» y el maíz estaban a miles de kilómetros de distancia. Ante este cúmulo de circunstancias adversas, ¿quién se atreverá a afirmar, como en el tiempo del «glorioso» descubrimiento de las Américas, que sus indios eran de una raza inferior y más débil?


LA PRIMERA SOCIEDAD NEOLÍTICA

En el inicio del Neolítico o la era de la Civilización, la tribu tenía una clase dominante de guerreros. Aún hoy en día a menudo los militares, en muchos estados, quieren ser la clase dominante. Normalmente es más por debilidad o inoperancia de los políticos que por auténtico afán de poder de los militares. Entonces el incipiente «estado» era esencialmente militar para necesidades elementales de defensa en un mundo sumergido en guerras perpetuas. Y los militares se convertían en los dueños de la tribu.

Por debajo existía la clase oprimida formada por las mujeres y los hijos y, también, por los enemigos vencidos rescatados del genocidio por un pacto feudal de vasallaje. Ellos juraban fidelidad a sus vencedores y los vencedores los protegían dentro de la tribu como «hijos».

Estaba, pues, la sociedad ya dividida en clases sociales opuestas. Sin embargo, en aquellos tiempos no estalló la lucha de clases abierta. Por el contrario, poco a poco se fue cerrando la herida abierta por primera vez en el seno de la armónica sociedad primitiva. La ruptura social, la muerte social asediaban por primera vez la humanidad. Actuaban por dentro de la tribu y por fuera. En cualquier organismo viviente la muerte no puede hacer nada solo desde fuera. Suele atacar simultáneamente desde los dos lados. Los microbios no pueden hacer nada desde fuera en el cuerpo físico si no hay una previa debilidad desde dentro, ni los enemigos no pueden hacer nada desde fuera en el cuerpo social, si no hay una previa traición desde dentro.

En la primitiva sociedad neolítica observamos un maravilloso esfuerzo de restituir la salud y la integridad social desde dentro de la comunidad.

Los sirvientes, mujeres, hijos, vencidos, se ponen a producir riqueza económica agrícola, ganadera, artesana. Ellos, que en la Edad Media se dirán «siervos de la gleba», se aplican a desbrozar la tierra y multiplicar los rebaños y las cosechas. Mejorarán las artesanías, las industrias conserveras, los utensilios. Crearán la cerámica y, más tarde, poco a poco irán descubriendo las técnicas primicias de la metalurgia del oro y la plata.

Ellos son los que crean riqueza, adaptados a la tierra. Ellos inventarán la cerámica, la rueda. Los guerreros, en cambio, cuando no hay guerra están ociosos. Ven que cada vez dependen más de los siervos, los cuales, en cambio, se sienten progresivamente más fuertes y más necesarios. Son ellos los creadores del valor económico y este valor permitirá el progreso cultural y social.

Este proceso va lentamente acercando e igualando las dos clases sociales opuestas. Por un lado, como veremos más adelante, las guerras entre tribus irán disminuyendo hasta desaparecer casi del todo. Por otro lado, internamente nunca se rompió del todo el equilibrio. En vez de los antagonismos de la historia posterior, en aquellos tiempos se practicaba una relación paternalistafilialista entre el guerrero y el siervo. Esto se repetirá en la Edad Media de Europa occidental entre el señor y el vasallo. La orden benedictina copiará esta relación entre el abad (abbas: padre) y los monjes ligados por el pacto de obediencia filial. Contrasta esto con la estructura casi militar en la Compañía de Jesús y otras órdenes posteriores.

La plebe, la clase baja o vulgar, por esfuerzo y por sucesivas reivindicaciones, irá igualándose a la clase patricia o clase alta. También los privilegios y las aristocracias sociales de la magia negra irán democratizándose y tambaleándose.

La igualación social generó la pacificación interna y esta pacificación y casi desaparición de las clases sociales provocó un exceso de energía creativa que produjo el estallido exuberante de la civilización neolítica. El Neolítico heredó una sociedad en guerra y legó una sociedad en paz y con gran fecundidad.


LA PRIMERA CIUDAD

Cuesta de creer cómo aún hoy en día mucha gente tiene odio a la ciudad y huye al campo a vivir como los hombres primitivos. Esto ha sido una constante histórica de los salvajes, los bárbaros y otros marginados. Gitanos, indios, tuaregs. Enemigos del sedentarismo. En los primeros libros de la Biblia hay fuertes requisitorias contra las ciudades. Israel vivía en el desierto o en las montañas frente a los Cananeos depravados comerciantes idólatras. Son los descendientes de Caín, el malo fratricida, quienes fundaron, según la Biblia, la primera ciudad. Y, más tarde, Babilonia, la gran metrópoli simbolizará la reunión de todos los males.

Pero en el inicio las cosas no fueron así. Al contrario. Durante más de 6.000 años, del 8.500 aC al 2.400 aC, las investigaciones arqueológicas más recientes, reforzadas por ciertas alusiones insistentes del filósofo Platón, nos avisan de que existió una edad de oro de civilización urbana (redundancia: civitas, urbe: ciudad).

El origen de la sedentarización de la humanidad radica en la práctica de la ganadería y la agricultura. Los ganaderos se reparten los territorios de pastos y esto fija cada rebaño en un área determinada. La agricultura es aún más dependiente de la tierra. Hay jóvenes idealistas que creen que la agricultura es del campo y que la ciudad es otra cosa. No. Agricultura y cultura ciudadana van juntas. Es un fenómeno dialéctico. El llano fértil agrícola genera una gran ciudad que se come, en su expansión, la llanura fértil agrícola que le da la vida. Véase el ejemplo detonante de Valencia y la Huerta.

En el entorno del Éufrates, el Tigris, del Jordán, del Orontes, en el próximo oriente, hace unos 10.500 años, aparecieron las primeras ciudades. Cuando diferentes tribus, que ya no se movían mucho de unos territorios propios explotados por animales y cultivos, y que a menudo eran escenarios de guerras entre ellos, eran atacadas por un enemigo superior, hacían un pacto de defensa mutua: el pacto imperial.

La gente confunde «imperio» con «imperialismo». El imperio (im-parare: prepararse internamente para la defensa) es un pacto defensivo entre comunidades humanas. El imperialismo es la perversión del imperio que al hacerse fuerte por la unión se vuelve agresivo y se impone por la fuerza a otras comunidades o imperios defensivos.

La unión libre imperial es un pacto muy interesante que, como veremos, pacifica el ámbito externo de las tribus y da un superávit de fuerza interna. Hay, pues, que rescatar el buen uso del concepto imperial.

El antiguo emperador de Alemania protegía todos los señores de la gran federación del norte. El rey de Castilla renunció al título imperial para atacar la Corona de Aragón súbdita del imperio. Mohamed V emperador del Magreb también quiso renunciar para atacar las tribus del Rif, súbditas suyas. El Mahatma Gandhi se esforzará veinte años de su vida para corregir los vicios introducidos en el mundialmente expandido imperio británico. Cuando Gandhi se convencerá de que la Commonwealth no es un imperio, sino un imperialismo, luchará por la independencia de la India y la conseguirá.

Creo, pues, que queda patente la necesidad de combatir los imperialismos hoy bien vigentes y de, en cambio, fomentar la constitución de imperios defensivos para hacer frente a los enormes bloques agresivos imperialistas del momento presente.

Un imperio se hace con un pacto (foedus) entre iguales que se comprometen a actuar unidos hacia fuera y respetar la autonomía y las diversidades hacia dentro. Cada parte ejerce la unión las competencias pactadas mientras se respete el pacto. Todo pacto práctico exige una confianza espiritual (fides). Todas las ciudades neolíticas son ciudades-imperio, unión libre de naciones libres.


CIUDADES-IMPERIO

Sorprende observar que las diferentes historias de los pueblos de la tierra, más o menos avanzados o atrasados cronológicamente, pasan todas ellas por un periodo de formación de pequeñas ciudades. Como el niño que no para de balbucear palabras inconexas cuando estrena voz, así la humanidad no para de reproducir el modelo urbano cuando estrena ciudad. Desde el 8.500 aC, el próximo oriente ya se cubre de pequeñas ciudades amuralladas que se van extendiendo en la India y en China hacia el este y el Mediterráneo, hacia el oeste. Como si la piel de la tierra sufriera de viruela.

El proceso es sencillo de entender. Los hombres salidos del mesolítico ya son agricultores y ganaderos con tendencias sedentarias, aunque obstaculizadas por las guerras. Así unos cuantos pueblos o naciones vecinos pactan («foedus») la defensa mutua: el imperio («im-parare»: se prepara para la defensa). Es importante este concepto de pacto defensivo. Se convertirá en la base de la pacificación neolítica que florecerá en un estallido civilizador. Incluso valdría hoy en día para proteger un barrio, un municipio, una comarca de agresiones superiores: una autopista, un aeropuerto, un cuartel, un vertedero, una cárcel o un complejo petroquímico.

En el origen, cada nación sigue trabajando o pastando en su tierra, pero el pacto entre naciones fundará una polis, una ciudad. Será el primer pacto político. Las ciudades sorprendentemente son en su origen internacional: unión de pequeñas y variadas naciones. Son, en consecuencia, el resultado de la unión civilizada de gente de costumbres, trajes, fiestas, músicas y hablas diferentes. Las ciudades son el primer ejercicio de democracia, de respeto al pluralismo, de inteligencia «artificial» transnacional, transnatural. El espíritu empieza a liberarse de los condicionamientos de la carne y de la sangre, de la familia y del parentesco y vuela libre más allá de las culturas, de las lenguas ancestrales. Es el primer paso hacia el universalismo. Se funda la plaza del mercado donde cada nación aporta sus especialidades de caza, de pesca, de agricultura, de ganadería, de artesanías. Todo entra en confrontación, en comparación y en competencia con todo. Se adivina el resultado enriquecedor.

Y además, en la plaza pública, que en Atenas es el Ágora y en Roma, el Foro, se entra en confrontación mental, espiritual. Se discute, se piensa en público, más allá de la intimidad de cada nación. Aparece la «Re-pública» (la cosa pública), lo que, por encima de lenguas, pueblos y costumbres ancestrales, es derecho y patrimonio de todos por voluntad libre e igual: la cosa pública. En forma de ejército, de juegos (las Olimpiadas, en Grecia), de fiestas, de bien común económico y espiritual. Nace el templo, presidiendo la plaza del mercado. Allí se celebra con gozo y alegría la fiesta anual de la federación. David pide permiso al rey Saúl para ir a Belén, su ciudad, a celebrarla. Y, poco a poco, se vivirá tan bien dentro de este conjunto que maravillosamente la polis se irá nacionalizando. Las doce tribus de Israel o «anfictionis» griegas, también de doce tribus, para servir, por turno cada mes el santuario federal, todas ellas de orígenes muy diferentes, acabarán creyéndose descendientes de un antepasado común.

¿Por qué, después de tantas guerras mesolíticas, renace la paz en este bendito neolítico? porque los enemigos antiguos han decidido confiar («fides», fe, confianza) entre ellos, se han amnistiado antiguos agravios y han pactado («foedus», federación) la unión defensiva entre ellos. Se han regalado («munus», munificencia) mutuamente ofrendas, competencias que han puesto en común. Han hecho la fortaleza sobre un altillo («acro-polis», alta ciudad) y la han amurallad («murus», muro y «munus«, munición). Cada uno trabaja y vive en paz en su trozo de campo, pero cuando el enemigo ataca, todos corren a refugiarse al abrigo de las murallas.

Las murallas nacieron ciclópeas, enormes, gruesas, inexpugnables. Recordemos las de Jericó, Micenas, Tarragona o las de cualquier pueblo ibérico de nuestras comarcas. En todo el Neolítico no se pudo tomar una ciudad amurallada. Esto dio una gran estabilidad al Neolítico, una gran paz y el florecimiento de una gran riqueza material y espiritual. La unión hace la fuerza. Y el servicio de la unidad, el estado, que también nació entonces como un hecho positivo, comenzó históricamente al servicio de todos. Gradualmente vencedores y vencidos fueron igualándose y surgió la democracia. «Polis kai demos» (la ciudad y los pueblos). «Senatus populusque romanus». SPQR. (El senado conjunto y las siete naciones de las siete colinas de Roma).


LA POLÍTICA

Etimológicamente, «urbanidad», «civilización» y «política» quieren decir la misma cosa. Urbe, en latín, es el terreno cercado después de labrar (urbare) un perímetro sagrado, con unos bueyes sagrados, que delimitará la futura ciudad (civitas). Y la ciudad, en griego, se llama polis.

Hoy en día las monstruosas ciudades, fruto de la rapiña del imperialismo, nos han hecho aborrecer tanto los imperios como las ciudades. La gente huye despavorida al campo, siempre que puede. Sin embargo, es necesario recuperar aquel maravilloso invento de la Edad de Oro de seis mil años de la humanidad, estropeado en la Edad de Hierro, según dice Platón, en el que vivimos desde hace «sólo» cuatro mil años. La gente quiere huir de las actuales anticiudades anticivilizadoras. En rigor, esto no merece el nombre de ciudad.

Tampoco lo que hoy llamamos «política» se merece este nombre, ya que funciona como si fuera una auténtica antipolítica. El desprestigio de la política es tan grande que los padres recomiendan a sus hijos: ¡«No te metas en política! La política está toda podrida». Y, aun después de estarnos privados cuarenta años, ahora, a pesar de estrenar «democracia», no parece tampoco la política suscitar grandes entusiasmos.

Sin embargo la política es quizá el arte más noble que se pueda ejercer sobre la tierra. Es el arte de conducir hombres, de conducir pueblos. En griego: demagogia. Paralelo a peda-gogía: arte de conducir niños. Paradójicamente, demagogia es una palabra de sentido peyorativo. A un hombre se le espeta el apelativo de demagogo para indicar que es un agitador irresponsable del pueblo. Esta degeneración del sentido de la palabra hace patente la degeneración del arte de la política.

Es necesario, pues, recuperar el sentido positivo de la política. El político, en los inicios del neolítico, reunía toda la autoridad. Era el responsable de los asuntos públicos, de la república. Constituía, ¡oh, ironía! una monarquía republicana, un rex, un concejal, un regulador, un «rey» republicano, un emperador que protegía sus pueblos federados y que no les podía nunca atacar sino, sólo, defender. Él era la autoridad (auctoritas: auge, aumento del bien y de la libertad de los pueblos federados). Él ejercía las facultades legislativa, ejecutiva, justicial, sacral, militar y económica delante y a la vista del(los) pueblo(s) (coram populo). Cosa pública. Siempre criticable, siempre protestable. Transparencia social y claridad económica. La justicia se ejercía en la plaza pública ante el pueblo, que juzgaba el juicio del juez. Toda la política se hacía en público, «a las puertas» de la polis, de la ciudad, como explican los textos antiguos de la Biblia. Incluso las transacciones comerciales, a pesar de ser libres y privadas en la decisión, se convertían públicas para que la autoridad diese fe de que no atentaban contra la comunidad política.

Paulatinamente se fueron separando de un lado las funciones sacral y económica que quedaron en manos de los sacerdotes-banqueros que explicaremos más adelante, y, por otro lado, las funciones políticas propiamente dichas. Dentro del área de la autoridad política, se separó primero la función justicial del estado. Y dentro del estado la función legislativa de la función ejecutiva y militar.

Esta separación progresiva de funciones es importante. La sacralidad y la economía en el templo velan lo más profundo espiritualmente y lo más imprescindible materialmente que tiene la sociedad humana. La justicia en los tribunales vela que el estado no se convierta en tirano. La cámara legislativa en el parlamento o asamblea marca las líneas fundamentales de la sociedad en forma de leyes. Y, por último, el ejecutivo o gobierno se conciencia de la problemática conjunta de cada día.

El primitivo faraón egipcio tenía el sombrero de sacerdote, el dedo de la justicia, el libro de la ley y las fustas del gobierno. Cuando ejercía una de estas funciones tomaba en su mano uno de estos símbolos. Cuando los tomaba todos tenía prohibido actuar. Quedaba inmóvil como una estatua. Su actuación se habría convertido en una tiranía.

En situaciones históricas posteriores las autoridades se han vuelto a menudo absolutistas. Los reyes poderosos, como Luis XIV de Francia o Felipe II de las Españas, tiranizaban a sus pueblos. Son famosas las consideraciones de división de funciones incluidas en el tratado de política «El espíritu de las leyes» de CH.-L. Montesquieu (1748), condenado por la Sorbona de París e incluido en el índice de libros prohibidos por Roma en 1752. Aquellas ideas provocaron la Revolución Francesa contra el absolutismo borbónico, en 1789, e intentaron restituir la transparencia inherente y esencial a la función política (conducción de pueblos). La más noble, más responsable y más vocacional función humana, si se ejerce a favor de los pueblos y con el concurso y confianza de los pueblos.


FEDERACIÓN E INDEPENDENCIA

Las ciudades del neolítico fueron el resultado de una federación libre de pequeñas naciones con finalidad principalmente defensiva, frente a enemigos poderosos. Hoy se fusionan los bancos del Estado español para hacer frente a los gigantes bancarios europeos.

La unión fue fructífera, no sólo en orden a la defensa, sino también en orden a la economía, la cultura, el espíritu. Pero es necesario siempre entender que se trata de una unión entre iguales. Como se hizo cuando se unieron Castilla y Aragón: «Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando», para hacer frente a los grandes imperialismos francés, inglés o germánico.

Una federación es una unión entre iguales. Y estos iguales son libres, emancipados, en el pleno uso de sus derechos y responsabilidades (concepto que desafortunadamente se expresa con la palabra de «soberanía»). Soberano es quien está sobre los demás y aquí hablamos de horizontalidad. La unión del sur de Estados Unidos con el norte, tras la victoria del norte, no es una federación, es un vulgar imperialismo, a pesar de que nos guste más el progresismo del norte. El progreso (siempre más que discutible progreso) no se puede imponer a golpes de espada, o a la fuerza. Así lo intentaron Alejandro Magno, Julio César, Hernán Cortés, Napoleón o Isabel II de España. Y se equivocaron, a mi juicio, aunque ideólogos modernos estudiosos del nacionalismo, como Alain Finkielkraut, piensen lo contrario.

En el origen neolítico, las federaciones se hacían bajo coacción exterior, pero no bajo coacción de unas partes sobre otras en la unión. Hay que exigir siempre el principio o imperativo ético de la debida independencia de todas las personas maduras. Cualquier persona, llegada a su madurez, tiene el derecho y el deber de emanciparse, de independizarse. Una persona madura dependiente de otra representa algo que hiere la dignidad humana. El pueblo lo dice sencillo, de hombre a hombre va cero. Y cuando decimos persona nos referimos a la persona individual y a la persona colectiva, sea territorial: familia, barrio, municipio comarca, región, nación, etc., Sea socioeconómica: sindicato, partido, asociación cultural, de ocio o de espíritu, empresa productiva, gremio, colegio profesional, etc.

Se habla del derecho a la autodeterminación de las naciones o del derecho de emancipación de los individuos mayores de edad. Pero a menudo se olvida que además de un derecho existe un deber. Quién es maduro y es sometido a otro más fuerte sufre un agravio intolerable y, si no lucha por quitarse el yugo de encima, se hace cómplice de una situación indigna. Estamos obligados moralmente a la independencia en todos los niveles.

En nuestro país hemos vivido tantos años sujetos a gente ajena que hemos perdido en este punto el sentido de la dignidad humana. Las opresiones políticas, sociales, culturales, económicas y militares que hemos sufrido y que, en buena parte, aun sufrimos, nos han cosificado. No somos personas, somos cosas manejables, obedientes, sometidas, resignadas, rendidas y derrotadas desde el fondo del corazón.

Autonomía, palabra hermosa y grande, que quiere decir lo mismo que independencia (nomos: gobierno; auto: de uno mismo) ya sólo significa tonterías ridículas para engañar a los niños. Lo mismo podríamos decir de la palabra autogobierno. Y, incluso, de autodeterminación según se emplea (¡«cada vez que votamos ya ejercemos el derecho de autodeterminación»!).

Nunca un Estado político no puede conceder competencias a una comunidad nacional. Al máximo puede devolver competencias concedidas libremente por las naciones o arrebatadas violentamente por el estado. Los ingleses, siempre tan finos en estas cosas, emplean la expresión devolution. Al establecerse una unión federal entre personas individuales o colectivas, son las personas las que tienen y conceden competencias a la Unión y no a la inversa. Y las tendrán que conceder libremente, aun reservándose siempre el derecho de recuperarlas cuando lo crean conveniente. Darlas definitivamente es un suicidio. Derecho de unión, derecho de separación. Independencia no es sinónimo de separatismo. La independencia también se ejercita en la unión, si es libre y entre iguales.

Las federaciones paleolíticas y neolíticas fueron un modelo de unión. La inmensa mayoría de federaciones actuales son una burla del espíritu federativo.


LAS NACIONES NEOLÍTICAS

Las ciudades neolíticas, de las cuales encontramos restos en los cerros de nuestras comarcas, fueron un modelo de convivencia interna pacífica entre las pequeñas naciones que las integraban, naciones que, paradójicamente, poco antes habían guerreado cruelmente entre ellas.

Dos cosas nos llaman la atención en este fenómeno. La primera es el sorprendente paso de la guerra a la paz y a la colaboración entre los mismos grupos. Hoy encontramos en pequeños pueblos de Cataluña resentimientos entre familias y grupos, que se arrastran desde una guerra civil española que acabó hace cincuenta años. Esto es debido a que solemos tener una idea demasiado apocalíptica de los enemigos. Tanto la religión oscurantista como las películas del oeste americanas nos han acostumbrado a cortar demasiado drásticamente entre buenos y malos. El enemigo político, cultural, económico o militar es el malo, para el que no hay salvación.

Este es un camino equivocado. Cierto que hay graves injusticias y crueldades. Pero nunca toda la verdad no es mía ni toda la maldad no es del enemigo. A menudo tendremos que aprender a superar antagonismos pequeños para hacer frente a peligros realmente grandes. Además los hombres estamos condenados a viajar en el mismo barco el planeta Tierra que cada día se hace más chico por el perfeccionamiento de las comunicaciones. No hablo de disimular las confrontaciones, sino de tratar de resolverlas con inteligencia, tenacidad y bondad de corazón.

La segunda cosa que nos impresiona es la existencia de naciones tan pequeñas que juntas, unas cuantas, constituyeran ciudades de mil habitantes.

Sin embargo, hay que entender que la palabra «nación» tiene un sentido estricto: comunidad de costumbres, de derecho, de territorio, de organización pública, de historia y de intereses económicos, pero también se puede entender por nación, en sentido amplio, la unión natural, por parentesco y territorio en todos los niveles. En este caso la convivencia de la pareja, con o sin hijos, con o sin abuelos, tías, etc., ya forma una pequeña nación. Y más aún un barrio, un municipio o una comarca, si son el resultado predominante de crecimiento de parentesco o larga vecindad. En cambio, un barrio, un municipio de aluvión, todo compuesto de inmigrantes de diferentes lugares, aun no es una nación. Pero seguramente se irá nacionalizando si hay buena convivencia, si se crean costumbres comunes, si sus habitantes se emparentan entre sí. Incluso, puede que se vayan inventando un dialecto o jerga local.

Quiero resaltar aquí que las migraciones desordenadas y aleatorias son una desgracia psicológica y social, fuente de grandes infelicidades y sufrimientos, opresiones y masificaciones manipulables. Y que, al contrario las comunidades que se nacionalizan crean ámbitos de felicidad, de prosperidad económica, de democracia política, de fuerza defensiva y de cultura brillante, si saben a la vez mantenerse abiertas al resto del mundo y fieles a su propia identidad.

Las tiranías rompen continuamente la pirámide de las naciones diferenciadas, pero no separadas, caracterizadas, pero no cerradas. Y, ¿en qué consiste esta pirámide de naciones?

  1. La familia, pacto federal entre los dos componentes de la pareja, libres e independientes. Que, además, suben y educan hijos para su emancipación futura. Confianza en el corazón y pacto práctico de igual a igual.
  2. El barrio, con las mismas consideraciones, pero ahora entre familias iguales, libres e independientes.
  3. El municipio, también pacto federal entre barrios iguales, libres e independientes.
  4. La comarca, entre municipios.

Y así sucesivamente hasta la nación, en sentido estricto: confianza cordial y concreción pactada. Fides y foedus en cada nivel. Por otra parte el castillo se desmorona y el enxaneta nacional no puede colocar la bandera en el lugar que le corresponde.

Los hombres del neolítico constituyeron federaciones urbanas que resistieron seis milenios. Ningún enemigo podrá nada nunca contra una nación constituida así: rica y plena desde la base.


LA SACRALIDAD CIVILIZADA

El Mesolítico representa una ruptura, la primera rotura importante del hombre primitivo. Las comunidades del Paleolítico superior eran unas comunidades horizontales, equilibradas. El hombre cazador, pescador y recolector era un hombre que vivía de la naturaleza y con la naturaleza. Expoliaba la naturaleza, pero dependía de ella. La subyugaba, pero la adoraba. Y, por desgracia, al ir creciendo el hombre y al ir multiplicándose, llegó un momento en que el hombre ya no tenía suficiente naturaleza para sus necesidades. Así estalló la primera gran crisis.

Paralelamente, dentro de la comunidad humana, el macho hacía grandes excursiones depredadoras, cada día más allá, más lejos, porque la caza, la pesca y la recolección escaseaban, puesto que la población humana aumentaba mientras que los recursos materiales siempre eran los mismos. Sin embargo, la mujer permanecía y se afianzaba en el centro de la comunidad. Descubría nuevas y sorprendentes formas de producción no depredadora y se constituía en madre de la nación en hacer hijos y educarlos.

Ya hemos explicado cómo la mujer abusó de esa posición de preeminencia y como provocó la explosión o revolución patriarcal. ¿Será esta rotura de origen femenino la base de la tradición del pecado original?

Lo cierto es que esta convulsión social, que abrió paso al Mesolítico, rompió la horizontalidad de la comunidad paleolítica. Las más modernas excavaciones arqueológicas en toda el área europea, desde el Atlántico a los Urales, proporciona un sustrato de cultura unifonne, dentro de ciertas variedades en el Paleolítico superior.

Si entendemos por «ideología» todo lo que rebasa el estricto interés utilitario, se observa que las pinturas y esculturas, los muebles y los utensilios, aparte de lo estrictamente utilitario, en el Paleolítico superior da muestra de temas y objetos que podríamos denominar artísticos. Bellísimas formas y esculturas, sobre todo de animales, abundan en las cuevas de la última glaciación paleolítica. También se encuentran, Auriñaciense, algunas esculturas de mujer, llamadas «Venus», con los signos corporales de la fecundidad exagerados y con los signos humanizantes disminuidos. Pero se encuentran pocas.

Uno de los más famosos investigadores del Paleolítico, A. Leroi-Gourhan, ha descubierto que hay animales pintados o esculpidos de dos clases: los que simbolizan la masculinidad y los que simbolizan la feminidad, asociados a signos abstractos de la misma significación. Es sorprendente que no son precisamente los animales más cazados. Su utilización parece ideológica. En China, mucho más tarde, dirán el principio masculino activo y nómada «Yang» y el principio femenino pasivo y radicado «Yin» ... Se trata de una ideología dualista, inteligente, horizontal, de dos contradicciones excluyentes, pero complementarias. Dos principios que uno explica lo que el otro no explica y que ambos integrados dinámicamente lo explican todo. Ambos están al mismo nivel. Este maravilloso equilibrio no se mantuvo en la Europa calurosa del Mesolítico.

El patriarcado coloca a la fuerza el hombre sobre la mujer. Este acto traumático trascendental acompleja al hombre. Y nace la «deificación» de la mujer. No es propiamente un dios, es un alma, un espíritu noble, sagrado que se salva por encima de las vilezas del patriarcado.

Desde su comienzo, en el Neolítico, la mujer fecunda la Madre universal, preside la vida de la comunidad que se siente inferior. En las casas, novedad del Neolítico, una Madre inmensa, en forma de escultura preside el hogar. Debajo de él parido por ella está el toro macho. No es el buey castrado y domesticado en aquel tiempo por primera vez. Es el patriarca, bravo, no castrado, salvaje, que se impone en la comunidad desde la tragedia mesolítica. «Dios» de la tempestad y de la guerra.

Todo ello, a lo largo del Neolítico civilizador irá dulcificando. Pero no olvidemos que el primer quebrantamiento social importante expulsó a los «dioses» hacia arriba, al «cielo» de la nueva verticalidad.


LA GRAN MADRE DEL ÍNDICO AL MEDITERRÁNEO

El Neolítico es una etapa histórica preciosa, Edad de Oro, según Platón, de la que deberíamos extraer profundas lecciones de vida. Por primera vez los hombres se encuentran con una crisis importante y, sin embargo, aciertan a superarla. Las guerras del Mesolítico introducen una inseguridad y una angustia desconocidas hasta ahora en las comunidades humanas. Aquí encontramos las pinturas preneolíticas donde pequeños hombres con las manos levantadas ruegan «el Ser» superior que los salvará. Este ser puede ser el Bravo-Patriarca, pero poco a poco se convierte en la gran Madre fecunda, dueña de la vida y la muerte. Tiene en sus brazos los hijos de sus entrañas, símbolo de la vida, o terribles panteras, símbolo de la muerte.

La sociedad neolítica, federación de naciones, irá paso a paso recuperando su equilibrio y, en consecuencia, su ideología se irá pacificando. Hacia los 6.000-5.500 años aC, en el próximo oriente, Éufrates, Siria, Palestina, Anatolia en las casas la estatua de la Madre fecunda con los brazos y las piernas abiertas, con el Toro debajo, preside el hogar majestáticamente. Sentada, a menudo, sobre un trono de panteras o abrazando una pantera, se convertirá en un símbolo síntesis de la primavera y del otoño, del día y de la noche, de la vida y la muerte. En Babilonia, mucho más tarde, la llamarán Tihama, principio oceánico femenino primitivo, origen y final de todas las cosas.

Los judíos, al escribir la Biblia, transforman Tihama en Tehom. «Las tinieblas cubrían el abismo ("Tehom") y el viento divino lo incubaba» (Gn 1,2). Siempre un principio receptivo y fecundo.

En tiempos ya históricos, se divinizará, se masculinizará y dará lugar a un dios masculino básico, ancestral, radical, contradictorio, sorprendente como la «Diosa Madre»: reprimido por los grandes emperadores poderosos y engreídos, emergente y estallando cuando, uno tras otro, los grandes imperialismos se irán derrumbando.

Es sorprendente esta espiritualidad popular ancestral, cósmica, que desaparece cuando los grandes imperialistas llegan a su máxima gloria y que reaparece en el derrumbe del Poder. Desde la India hasta el Mediterráneo occidental encontramos testimoniados estos restos masculinizados de la gran Madre cósmica. En la India, Shiva es el dios de la vida y la muerte, del verano y del invierno, que danza con un collar de calaveras. Es el origen de los escritos y prácticas tántricas más antiguas de la India, que fueron marginadas y reprimidas por los invasores indoeuropeos. La «Madre» de la que proviene es Shakti, que será recordada bajo variadísimas formas y nombres. En Siria el espíritu cósmico ambivalente será Adonis, seguramente derivado del Tammuz babilónico, y la «Madre», de la que proviene, Astarté. Una princesa siria llevará seguramente este Adon en Egipto y Amenofis IV le impondrá bajo el nombre de Atón mientras echa fuera los dioses imperialistas del Egipto de los grandes faraones.

Todo el Mediterráneo conservará las grandes fiestas, a menudo orgiásticas, inspiradas en el recuerdo de una felicidad primitiva perdida por un oscuro e inexplicable cataclismo. Conocemos el Dionisos, griego, tracio, cretense y el Baco latino.

Cuando se destronaba un emperador, cuando se destruía un orden establecido a punta de espada, el pueblo recuperaba su sacralidad ancestral polivalente, multidimensional, precivilizada y los dualismos complementarios laboriosamente alcanzados en la primera civilización neolítica: el dolor y el placer, el éxito y el fracaso, la felicidad y la desgracia, la salud y la enfermedad, el verano y el otoño, la vida y la muerte. Esto pasaba y todavía pasa del Índico al Atlántico.

Acabamos de celebrar intensamente las fiestas del carnaval. También en nuestra casa ha sido recuperado después de largos años de opresión. Es triste ver que de la antigua sabiduría equilibrada, a menudo sólo reproducimos el aspecto divertido, alocado, licencioso. Es un efecto pendular debido a años de rigor tiránico, a las censuras humillantes, a la privación de la verdadera libertad. Esperemos que no tarde demasiado la recuperación del otro platillo de la balanza.


EL ORIGEN DE LA ESCRITURA

Denise Schmand-Besserat es una mujer vivaracha. Francesa, arqueóloga, consiguió una de estas generosas becas americanas, de aquellas míticas y bien dotadas universidades del otro lado del Atlántico. La intención de la beca era investigar el origen de la escritura que, se supone, apareció por primera vez en la historia de la humanidad en el próximo oriente, en torno a las amplias cuencas hidrográficas del Éufrates y del Tigris. Me refiero a los tiempos remotos de tres o cuatro mil años aC. La escritura es un medio tan eficaz para transmitir información que su aparición revolucionó nuestro conocimiento de la historia. He aquí, pues, la importancia de esta investigación arqueológica.

Y la señora se fue a las tierras de los actuales Irán, Irak, Turquía, Siria, Jordania e Israel, hacia los años sesenta y setenta, y trabajó muchísimo. Es sabido que la escritura alfabética, letra a letra, es una escritura tardía, de unos 1.500 a 1.000 años aC. Primero encontramos una escritura silábica y antes aun, una escritura-dibujo, denominada ideográfica, porque reducía a una imagen gráfica más o menos estilizada una idea o ideas afines. Este tipo de escritura parece la más antigua de todas y ya se encuentra entre 3 y 4.000 años aC en la Mesopotamia. Pero la insigne excavadora francesa nos presenta, como resultado sorprendente de sus excavaciones, un cuadro que hace retroceder el origen rudimentario de la escritura hasta los 7.000-8.000 años aC.

Los arqueólogos que la precedieron habían homologado unas pequeñas piezas geométricas de arcilla, agujereadas para poder enhebrarlas, como granos de collares para adornar el cuello, la muñeca o el tobillo de la mujer primitiva. Se trataba de triángulos, círculos, bolas, conos, canutillos.... Ella, en cambio, nos ofrece unas convincentes equivalencias entre las diferentes figuras de arcilla y las mercancías al uso: corderos, cabras, bueyes, trigo, aceite, vino, etc. Y avanza la hipótesis de que estas figuritas sencillas de arcilla representan la primera moneda de la historia. Que aquella moneda es una «apuntación», un «escrito contable», un «asentamiento de diario», y que esto abre paso a la escritura.

Hacia el 6.000-5.000 aC ya encuentra como unas grandes bolas de arcilla vacías, cerradas y selladas, dentro de las cuales había «monedas» de mercancías diversas. Estas bolas eran la «factura» que el caravanero transportaba de una ciudad a la vez que transportaba la mercancía «facturada» en la bola y que entregaba al destinatario al llegar a buen fin. Este comprobaba la concordancia entre las monedas y la mercancía recibida y rompiendo la bola ante los escribas testigos en la plaza pública a las puertas del templo. A menudo las bolas llevan grabado y firmado en el exterior lo que esconden dentro. Denise Schmand-Besserat ha encontrado unas cuantas.

Más tarde ya no se utilizarán bolas. Se aplanará la arcilla y llegaremos a los ladrillos clásicos de la primera escritura cuneiforme (en forma de cuña). Esta investigadora nos presenta, sin solución de continuidad, la evolución desde las primeras figuras geométricas, a través de los ideogramas más primitivos hasta los grafismos en forma de cuña hecha con punzones de la escritura de los caldeos. Cumplió, pues, la docta francesa el encargo americano de descubrir el origen de la escritura, pero sorprendió el mundo en descubrir al mismo tiempo el origen de la moneda.

Hasta el Neolítico, 8.500-8.000 aC, la compra-venta de mercancías se hacía bajo la forma de trueque o permuta: yo te doy dos sacos de trigo y tú me das un corderito. Esto se llama «mercantismo» y hace realmente difícil el comercio. Sólo puedo casar la operación si encuentro a la vez: a) quien haya de menester lo que a mí me sobra, b) que él tenga lo que a mí me falta; y c) que ambos consideremos el valor de las dos mercancías como equivalentes en la cantidad justa que nos conviene a los dos. Esto es realmente difícil y entorpeció el desarrollo del mercado durante milenios. La moneda introduce el «mercantilismo» que, interponiendo un valor genérico, abstracto, simbólico aceptado por todos y custodiado por la autoridad, permite cualquier tipo de cambio en cualquier momento.


EL MALDITO DINERO

El dinero es un instrumento que agiliza el mercado. Solemos despreciar los instrumentos. Ni Aristóteles, ni Kant, que yo sepa, no han dedicado ni una página de sus largas obras completas a estudiar el martillo o la hebilla del zapato. Los instrumentos tan útiles, pasan desapercibidos. Ocupan con humildad un lugar lateral en el transcurso de la historia. Y, sin embargo, no tendría que ser así. La rueda del neolítico, la máquina de vapor de la era industrial, la penicilina en nuestros tiempos han girado la dirección del destino de los hombres. Y la izquierda política, que a menudo se jacta de progresismo, debería ser más sensible a los objetos «secundarios» y menos en las ideas grandilocuentes de redención de la humanidad. Uno de estos instrumentos, aparentemente despreciable, es el dinero. El pueblo ya intuye la importancia y alocadamente corre detrás de las loterías primitivas o derivadas, detrás de las quinielas futbolísticas o «prodiecu», detrás de la ONCE, los «bingos» y las nuevas ofertas autonómicas de la suerte. Dinero, dinero, dinero. Las clases altas apuntan al casino de ruletas y bacarás, a las quinielas hípicas, a la bolsa o a otras bagatelas de dinero negro, donde el juego pierde su nombre honesto. Dinero, dinero, dinero. El poeta castellano de gafas pequeñas hablaba del poderoso caballero. Con dinero, sensación de omnipotencia. Sin dinero, sensación de impotencia. Los sencillos, sin dinero, se ponen en las esquinas de las calles o en lugares estratégicos de los túneles metropolitanos a pedirlo directamente. Los listos tapan, con fracs y beneficencia, la búsqueda única y obsesiva del dinero. Marx, con agudeza, en «El capital», dice que al inicio del progreso era: bienes que producían dinero que eran empleados para producir más bienes (BDB). Pero, después, la cosa se pervirtió y el proceso fue: dinero que producía bienes para producir más dinero (DBD). Según él, el dinero se transformó de instrumento a fin: la entronización del instrumento, el fetichismo del dinero.

Esta perversión histórica del uso del dinero, propició el pensamiento, la idea ampliamente extendida en las capas populares y, especialmente, entre la gente honrada de espíritu, que el dinero es intrínsecamente malo. «No se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero». En nuestra larga tradición espiritual siempre hemos encontrado que quien quería dedicarse a la consecución de la perfección en esta vida, era necesario que hiciera voto de pobreza. Quien no lo hacía se convertía en cristiano de segunda categoría. No fue entendida en su justo sentido la frase evangélica: «Haceros amigos del dinero de la iniquidad». Aun muchas corrientes anarquistas del siglo pasado y neoanarquistas de nuestros tiempos, han defendido la sociedad sin dinero.

Incluso el mismo capitalismo, en sus horas más bajas de depresión y estanflación, así como el socialismo intervencionista de estado de una manera tan endémica, han vuelto, en flagrante heterodoxia, en la práctica más vergonzante, subterránea, sumergida, de la economía de trueque. Cosa por cosa, sin dinero o con poco dinero: «N & P le compra su piso viejo por uno nuevo», «Su coche viejo, su lavadora vieja, su ordenador viejo por el correspondiente nuevo»..., o «Un icono por unos vaqueros».

La humanidad practicó el intercambio sin moneda durante más de cincuenta mil años. La humanidad inventó el dinero hará unos diez mil años. ¿Es una invención radicalmente mala? Con el dinero, el comercio, la producción, la economía se aceleraron prodigiosamente. ¿Es este el origen de los males de los hombres?, ¿de los terribles desequilibrios actuales?, ¿del hambre?, ¿de la guerra?

Ha habido interés de hacerlo creer así al pueblo, por parte de los poderosos de turno. Veremos pronto como la cosa no es tan sencilla.


EL DINERO, ¿ES BUENO O MALO?

Vimos, días atrás que, en principio, el dinero fue inventado para bien. El mercado se facilita extraordinariamente con el dinero. Todo es convertible en todo, mediante el dinero. ¡OH maravilla! Pero el dinero, como el martillo o el clavo, puede también pervertirse. El dinero, creado en Mesopotamia 8.000 años aC a fin de bien, se torció, hacia el 2.400 aC en Mesopotamia, a fin de daño.

Es este, otro descubrimiento sorprendente. Se ignoraba hace treinta años que ha habido un largo periodo de más de cinco mil años en que el dinero funcionaba a la perfección. Y sólo solemos recordar los últimos desgraciados cuatro mil años de dinero pervertido.

Sin embargo toda perversión puede ser subsanada con una conversión. Hoy es posible la conversión del dinero para su buen fin. No fue posible esta conversión tan deseable durante los últimos cuatro mil años. Hoy sí, ¿por qué?

La bondad del dinero consistía en almacenar, por convención social, un valor de cambio genérico abstracto, a partir de una mercancía específica y bien concreta, que permitía aplicarlo, en su momento, a otra mercancía también específica y concreta cualquiera. «Un par de zapatos valía tres». Tres ¿qué? Tres unidades convencionales abstractas. «Cuatro pares de zapatos valdrían doce unidades abstractas».

La abstracción representaba una dificultad y, simbólicamente, se «encarnaba» en algo concreto: la «manzana», el «cordero», el «buey», según los lugares. Homero habla del «buey». Los romanos del «cordero». Pero en la transacción no aparece la «base» de la unidad monetaria abstracta. Era una pura referencia, sólo visible cuando se compraban manzanas, corderos o bueyes. ¡Así fue a lo largo de unos seis mil años!

¿Quién daba autoridad y autenticidad a estos precios libremente aceptados? ¿quien evitaba las trampas, las corrupciones? ¿comprar o vender lo que no es comprable ni vendible? ¿los movimientos de moneda sin la correspondiente mercancía?

Todas las transacciones mercantiles se hacían en la plaza pública, frente al templo en presencia de los sacerdotes y prohombres y por escrito, por obra de los escribas. Quedaba constancia de la mercancía, de su precio, de la plaza de la operación, la fecha, el nombre o sello del comprador y del vendedor. Y el documento se archivaba en el templo. Este documento era la única moneda de curso legal y cada moneda sólo servía para una transacción mercantil. La arqueología lo ha confirmado. Moneda «Moneo», avisar era sólo un aviso, no un valor en sí. Un aviso científicamente exacto y éticamente responsable. Se sabía lo que pasaba y cuáles eran los responsables. Fue moneda buena. Produjo paz social, prosperidad económica y creatividad cultural y espiritual.

Más tarde, hacia el 2.400 aC en cambio, la moneda cambió de forma, se corrompió y dio lugar al desorden económico actual, que dura ya más de cuatro mil años.

Ya veremos más adelante como ocurrió el desastre. Y también veremos cómo ha sido imposible de enderezar el uso del dinero hasta nuestros días.

Quede aquí constancia de que existió una Edad de Oro en la que el dinero fue bueno, seguida por una Edad de Hierro en la que el dinero se pervierte y nos ha pervertido a los hombres. Hoy en día, las más modernas excavaciones han confirmado una intuición del gran filósofo Platón que en sus Diálogos, ya adivina la existencia de una primitiva Edad de Oro. Gran filósofo, no cayó en el error de despreciar el dinero: «Plutos». Este humilde instrumento es importante. Platón filosofa. Hay dinero bueno y dinero malo. El dinero bueno hace buena influencia en la sociedad. El dinero malo la envenena. El dinero es la sangre del pueblo, portador de la vida del pueblo condensada. El dinero es la fuerza del trabajo, es el sudor de la frente del trabajador. ¡Más respeto para el dinero! Menos ligereza en juzgarlo y menos ligereza en usarlo. Si es necesario un gran respeto por la vida humana, es necesario un gran respeto por el dinero.


EL DINERO RACIONAL Y RESPONSABLE

Marx decía que el precio de las mercancías es el trabajo humano necesario para producirlas. Cada vez que pago un producto doy al vendedor un dinero que representa el esfuerzo que le ha costado a él hacer ese producto.

La gente se pensaba que se pagaba la necesidad. No. Se paga el trabajo. El aire es muy necesario pero no se paga porque lo tenemos ante las narices sin trabajo humano. El dinero es, pues, algo sagrado. No se le puede manipular, ni falsificar, ni devaluar ni aumentar ni disminuir arbitrariamente. Incluso las leyes prohíben quemar o romper el dinero. El dinero es vida humana. El envenenamiento del dinero es el envenenamiento de la vida humana. La manipulación del dinero es la Fortuna contra la vida humana. La malversación del dinero es la malversación de la vida humana.

Cobrar por lo que no has trabajado o que no se te debe es apoderarte de la vida de los demás, es someterlos a una esclavitud disimulada pero real. Nos extrañan las guerras, las miserias, las enfermedades, las ignorancias, la delincuencia y no vemos que sembramos todas estas cosas cuando empleamos el dinero sin racionalidad y sin responsabilidad... El dinero es sagrado como la vida misma.

¿Cómo es necesario tratar el dinero? Objetivamente, con racionalidad y subjetivamente con responsabilidad.

Aquellos primeros hombres del Neolítico empezaron el camino acertado de una economía al instituir una moneda racional y responsable, que seis mil años más tarde, fue desnaturalizada, como veremos en su momento.

¿Cómo es una moneda racional? Una moneda racional responde exactamente a una mercancía real, sea un bien material útil, sea un servicio útil para la producción o el consumo.

En concreto una moneda racional es la constancia de la clase exacta de la mercancía, objeto de compraventa, de su precio, de su calidad, del lugar y tiempo de la transacción. Esta moneda será anulada y archivada después de abonarla o cargarla en la cuenta del vendedor o del comprador respectivamente. No podrá servir para otro acto de mercado.

Sorprende saber que en aquellos tiempos antiguos del Neolítico funcionaba así una moneda auténticamente científica. En el interior del templo se guardaban las monedas-facturas anuladas y allí estaban abiertas en forma de bastones con incisiones las cuentas corrientes de los ciudadanos. ¡El templo funcionaba de banco y los sacerdotes de banqueros! Se sabía exactamente, científicamente, absolutamente todo lo que pasaba en el mercado. Todo el mundo podía comprar y vender libremente, pero todo quedaba documentado. Las estadísticas eran ciertas, ¡no fantasmales como hoy!

Y, ¿cómo es una moneda responsable? Una moneda ética, que evite picarescas y corrupciones, debe ser firmada por el vendedor y el comprador. Los dos son plenamente libres de vender y de comprar lo que quieran, pero deberán atenerse a las consecuencias si su operación trae consecuencias antisociales. Podrán ser citados a juicio y la moneda firmada será una prueba testimonial contra ellos.

¿Qué os parecería que aparecieran los documentos de compra del tiempo de una prostituta, de la adquisición de droga, de fuga de capitales, de cohecho de juez o de un político o de los servicios de un asesino profesional?

Si no hay otra moneda que la racional y responsable, no es posible la inflación que aparece cuando hay más moneda que mercancías. La arqueología del Neolítico ha confirmado la existencia de este tipo de dinero. En las inmensas bibliotecas de ladrillos con inscripciones cuneiformes, en el próximo oriente. El dinero americano quizás esperaba encontrar exóticas novelas eróticas. Y, ¡ay!, Se han encontrado interminables listas de facturas-cheques, detalladas, fechadas y firmadas.

El dinero no es malo. Es necesario para facilitar la disponibilidad total de las mercancías. Pero hay que reaprender una costumbre olvidada: haz lo que quieras, siempre documentado, y asume las consecuencias. Libertad, pero publicable. Síntesis de libertad y justicia, de capitalismo y de socialismo.


PAZ Y PROSPERIDAD

Con la introducción de la moneda en el mercado, con la implantación de la ganadería y la agricultura, las diferentes ciudades amuralladas, federaciones libres de naciones, no sólo ven crecer su comercio interior, sino que desarrollan un intensísimo comercio exterior. El país que tiene más trigo o caballos u obsidiana, los exporta a lejanas ciudades que tienen lana o lino o seda.

Se fundan las grandes rutas del transporte internacional, baratas por mar, más difíciles por tierra. El carro y el barco se hacen imprescindibles. Las más modernas técnicas arqueológicas han descubierto por métodos radiactivos, el origen lejano de una piedra preciada encontrada en unas excavaciones, se han establecido las rutas entre los lugares de producción y de destino. Los grandes caminos de los celtas, los íberos, los fenicios, los griegos, los cartagineses, los romanos ya habrán sido roturados previamente por estos hombres neolíticos, cuyo nombre no sabemos porque ellos aún sólo sabían escribir facturas.

La paz y el gran comercio promueven un aumento imparable de la producción. La riqueza que se deriva, permite el crecimiento de la cultura y la promoción social de las clases trabajadoras. Al igual que mucho más tarde los menestrales y artesanos de Barcelona se harán contra nobles y eclesiásticos y instaurarán el Consejo de Ciento (los cien gremios artesanales), y así, mucho antes, los agricultores, ganaderos, artesanos y comerciantes neolíticos se alzan contra las clases guerrera y sacerdotal e imponen la igualdad en las ciudades neolíticas. Así desaparece la lucha de clases y el estado, el rey o quien mande (la asamblea de notables) se democratiza. La república. La cosa pública. Un residuo tardío son las repúblicas griegas, la república romana, muchas ciudades-república de la Edad Media y las repúblicas modernas inauguradas por la constitución de los EEUU de América o la República salida de la revolución francesa. La libertad y la responsabilidad hacen sociedades armónicas y prósperas. Cada ciudadano hace lo que él decide, pero es responsable ante la colectividad. Hay un bello equilibrio entre iniciativa privada y armonía de conjunto.

Otro aspecto interesante es el avance de la cultura hacia la futura ciencia. Habíamos visto como en el Paleolítico superior nace la aritmética. Ahora se aplicará el rigor aritmético a la realidad práctica. De esta disciplina se llama «métrica». Medir es aplicar el conjunto ordenado de los números de la aritmética a las cualidades prácticas y útiles de las cosas. «Tres metros cuadrados sembrados de trigo». «Quince litros de vino». Unión entre la abstracción rigurosa y exacta de los números y la concreción útil y laboriosa de los productos del trabajo, mediante, en cada caso, una unidad bien definida.

Acabamos de descubrir que la primera métrica que se inventa el hombre es la métrica de mercado. La unidad de medida es la unidad monetaria convenida en cada país. Después vienen las sumas, las restas, las multiplicaciones, las divisiones, las reglas de tres... aplicadas a todas las mercancías.

La segunda métrica inventada por el hombre fue la de la superficie, para medir la superficie de los campos, para comprarlos y venderlos. De ahí floreció a continuación el primer desarrollo de la «geometría», la medida de la tierra. Los escribas comenzaron a dibujar figuras geométricas, a hacer cálculo de áreas, etc., para hacer los planos del registro de la propiedad. Los técnicos empezaron a diseñar grandes obras hidráulicas: de desecación y drenaje de pantanos, acequias, canales de riego, etc.

La tercera métrica inventada por el hombre fue la del tiempo. Primeramente, un tiempo lunar mensual de 28 días, con su calendario correspondiente, con las cuatro subdivisiones semanales. Luego, un tiempo solar anual mejor estudiado, con las correspondientes cuatro estaciones tan importantes para la agricultura, con el calendario adecuado, con el estudio cada vez más fino de los astros de los eclipses.

La cuarta métrica fue la de la capacidad «metros cúbicos», «litros», para medir los líquidos y los grandes (cereales....).

Y después de la invención de la balanza, se determina la quinta métrica: el peso. Con el cual, la determinación objetiva de la mercancía llega a su perfección.

También en este tiempo se descubre la metalúrgica del oro y de la plata.

Rigor subjetivo (república) y rigor objetivo (métrica), he aquí las bases de la paz y la prosperidad.


PROGRESO MATERIAL Y ESPIRITUAL

No nos vayamos a engañar. Los últimos días hemos descrito el Neolítico como una maravillosa etapa de la historia humana expansiva en su desarrollo económico y material. Pero el Neolítico no es materialista. Ya vimos que la revolución neolítica arranca de una profundización espiritual, ante el desastre y el absurdo de la destrucción mesolítica.

Recordaremos como la magia blanca del Paleolítico se convierte en negra en la introducción mesolítica del patriarcado. Ahora hemos visto como los guerreros patriarcales van cediendo el puesto a los productores y comerciantes. También hemos visto como aparece una espiritualidad de la Gran Madre. La mujer recupera su lugar en la sociedad. En todos los pueblos neolíticos la madre del rey goza de una gran autoridad moral, incluso por encima del rey.

Y todo el progreso material va acompañado de una gran sensibilidad espiritual que hoy día se nos hace muy difícil de entender. De esta finura espiritual sólo nos han llegado indicios de tradiciones adulteradas por el paso de los siglos y sobre todo por el trasvase social posterior, hoy todavía vigente. Mencionamos algunos.

Pitágoras, el genio de los números, en su tratado de aritmética y geometría, junto a teoremas tan rigurosos como el que lleva su nombre, nos mezcla concepciones no matemáticas de los números. Trata poéticamente lo que nosotros sólo sabemos tratar fríamente. Como él toda la antigüedad y muchas sociedades primitivas o aculturadas actuales ven en ciertos números unas propiedades cualitativas que nada tienen que ver con su cantidad: el 2, el 3, el 5, el 7, el 12, el 40.

Lo mismo podríamos decir de la astronomía, que antiguamente era más bien astrología y de la química, que era alquimia. Nuestros doctos científicos actuales tienden a reírse y «excomulgan» astrólogos y alquimistas. Pero parece indudable que aquellos sabios antiguos captaban sutiles informaciones que nuestro espíritu torpe actual es incapaz de captar. Aún hoy encontramos campesinos que recomiendan no mezclar ciertas comidas o no plantar ajos o no remover basura en el cambio de luna.

Otro campo donde seguramente hemos perdido abundantes riquezas es en el campo de la medicina y de la veterinaria. Los laboratorios farmacéuticos nos han vuelto «pastilleros» materialistas. La opción de curar al hombre desde dentro de sí mismo ha sido arrinconada. Las virtudes infinitas de las hierbas han sido olvidadas. Sólo en ciertas sociedades ultraconservadoras de la India, de China o de Japón o en algunos rincones de África y de América profundas, se han salvado legados valiosísimos de experiencia, de intuición, de introspección, bien abundantes por cierto en aquellos tiempos frondosos del Neolítico.

A punto de perderse casi todo definitivamente, «in extremis» y con todas las adulteraciones debidas a la incuria de los tiempos posteriores, hoy parece que vuelve a florecer esta antiquísima cultura del espíritu que doblaba las ciencias y las técnicas una a una. Entonces, el trabajo era ligero porque se hacía con espíritu, el crecimiento material no degradaba al hombre porque iba acompañado de un crecimiento espiritual. Ya hemos tenido la sorpresa que los sacerdotes eran banqueros. ¡Como se desgarran los vestidos los dueños hipócritas de nuestra sociedad! Cuando hoy un cardenal es banquero, parece que no es precisamente para armonizar dinero y espíritu y los tribunales le persiguen y hay la inmunidad vaticana para protegerlo de las terribles acusaciones que pesan sobre él.

El dinero irresponsable hace tragedias. El dinero responsable hace felicidad. La sociedad neolítica, por razón de su armonía, florecerá en juegos, en deportes, en cultura, en fiestas, en teatro, en danza, en música. Una civilización del trabajo y del ocio. Una civilización de la materia y del espíritu. No nos vayamos a engañar. Vivimos en una civilización trágica. O trabajo o desempleo. O espíritu o materia. Esa fue, no una civilización del «o», sino una civilización del «y».


LENGUAJES Y ESCRITURAS

Hemos explicado detalladamente en los dieciséis últimos artículos la etapa neolítica de la humanidad, que fue el estallido de la primera y más nítida civilización, precedida de la crisis de la barbarie y de la transición del primer feudalismo. A lo largo de la historia siguiente, iremos encontrando pueblos atrasados, que también van llegando a su etapa de civilización por el mismo camino de la crisis bárbara y de la transición feudal, todos los perturbados por la incidencia lateral de los procesos posteriores de pueblos más avanzados. Además, ahora ya empezamos a disponer de documentos o testimonios escritos, los cuales nos transmiten la información antigua de una manera mucho más precisa y fidedigna que los restos materiales de huesos, utensilios y signos artísticos que siempre admiten, interpretaciones confusas o ambivalentes. En pleno Neolítico, en los valles del Éufrates y el Tigris, las piezas-signo comerciales, hechas de arcilla, hacia el 5.000 aC, se empiezan a imprimir en superficies blandas de arcilla. Y poco a poco estos «sellos» se convertirán en dibujos (pictogramas) y palabras concepto (ideogramas). Un posterior proceso simplificador llevará de los signos-palabra a los signos-sílaba y, finalmente, hacia el 1.500 aC, los signos-letra con la escritura alfabética aparecida simultáneamente en Fenicia y en el Sinaí. Las civilizaciones más antiguas conservarán los jeroglíficos y dibujos-concepto, como Egipto y China. Y ellas mismas y nuevas civilizaciones, desarrollarán formas de escritura más sencilla y más eficaz.

El habla es una gran maravilla, que distingue drásticamente el hombre del animal. Es muy interesante y aleccionador de estudiar el largo proceso que sigue el hombre desde emitir ruidos casi inarticulados como los animales, pasando por las interjecciones y onomatopeyas, hasta alcanzar las sutiles inflexiones de las lenguas populares espontáneas de todos los pueblos de la Tierra, que al mismo tiempo muestran peculiaridades originales irreductibles propias de cada nación y estructuras fonéticas y sintácticas comunes a toda la humanidad y reveladoras de la estructura profunda del cerebro humano. También es ilustrativo y aumenta nuestra sabiduría de seguir el sentido o significado de las raíces de las palabras. Trajinan una información original que se pierde en la oscuridad de los tiempos pasados y que llamamos etimología y, sin embargo, van cambiando suavemente el sentido a lo largo de los siglos y de los territorios, reflejando situaciones sociales y materiales diversas. Estos cambios son estudiados por la semántica. Por esta razón los hombres del siglo XX podemos comulgar con hombres de miles de años antes de Jesucristo. Raíces como twro («fiel» en indo-europeo de -2.000 años) se convierten treva (en catalán, +1.000 años, «paz y tregua de Toluges»), tregua (en castellano), trotten («compañeros», en islandés), tree («árbol», en inglés), treu («fiel», en alemán), trust («grupo de confianza», en inglés), etc.

Si, además, este transporte precioso de información antiquísima oral llega a nosotros por escrito, nos ahorra los cambios de significado al paso del tiempo y podemos acceder a lo que hacían, pensaban y sentían aquellos hombres de la primera civilización de hace unos seis mil años atrás. Los documentos escritos son la pieza fundamental de la historia como ciencia.

Larguísimos esfuerzos han tenido que hacer los sabios filólogos para descifrar los lenguajes más extraños y antiguos. Estos días, los periódicos nos dicen que entre un ruso y un alemán se acaba de descifrar la escritura de los mayas de América Central. Se nos abre así una ventana aireada a una nueva... antigua civilización.


LA MANIPULACIÓN DEL MUNDO

El Neolítico representa una inflexión trascendental del curso de la historia humana. Si hasta hace poco tiempo no se había descubierto su importancia por el fenómeno civilizador-político y por el fenómeno de la moneda como métrica de mercado y como responsabilidad en el acto mercantil, ya en el siglo pasado Karl Marx había dado toda la importancia en el Neolítico por el fenómeno de la producción artificial de bienes materiales.

Hasta el Neolítico, el hombre recoge, caza o pesca aquellos bienes que la misma naturaleza naturalmente produce, como han hecho, antes que él, todos los animales. Es cierto que el hombre recoge más y mejor por el desarrollo de su cerebro. También es cierto que el hombre paleolítico y mesolítico introduce un elemento nuevo artificial característico: la herramienta, el medio material y práctico, inventado por la imaginación creadora humana, que todavía le facilitará más la recolección, la caza y la pesca. Algunos animales fabrican utensilios: los pájaros, nidos, las abejas, colmenas, los castores, esclusas, las arañas, telas, etc. Y, por cierto, algunos de muy complicados y meritorios por su construcción admirablemente precisa. Pero el hombre desarrolla una panoplia de herramientas tan característica, extensa, variada y continuamente innovadora, que los yacimientos arqueológicos de origen humano no ofrecen ningún lugar a la duda en cuanto a su autenticidad.

Sin embargo, el Neolítico hace un salto cualitativo, quizá ya tímidamente iniciado en el Paleolítico superior matriarcal. Ya no sólo los utensilios son artificiales, sino también los productos. El hombre interfiere en la producción natural, acelera el ritmo, interpone procesos nuevos, síntesis, aparejamientos, hibridares, reacciones químicas, mutaciones, de modo que el producto final se puede considerar como inequívocamente artificial. Los rebaños de rumiantes domesticados, seleccionados, cruzados, los cereales también seleccionados y hibridados, la cerámica cocida, tratada, esmaltada, decorada, los primeros metales fundidos, purificados, aliados, el vidrio transparente, coloreado, moldeado, y tantos y tantos otros productos hacen irrupción en la vida humana a partir del Neolítico. Marx considera que esta transformación fundamenta el trabajo humano. Él sólo ve al hombre como diferente del animal en cuanto trabajador. Y así por Marx la historia humana propiamente dicha comienza en el Neolítico.

En cambio, sorprendentemente, al otro lado de la tierra los sabios piensan exactamente al revés. El Neolítico también se extendió por el oriente. Pero Rabindranath Tagore ya señala que, así como al occidente la «polis», la ciudad, se edifica alrededor y de cara a la plaza mayor y de espaldas al bosque, en la India las poblaciones neolíticas edifican sus casas en medio del bosque, en comunión con él. Naturaleza y civilización no se oponen tanto a la India como en occidente.

La agricultura, la ganadería, la cerámica, la metalurgia serán absorbidas y ampliamente practicadas por los pueblos de Oriente, pero sus sabios, sus santos dudan de la bondad cósmica de la manipulación artificial de la naturaleza como ya antes dudaban de la agresión cósmica que representan la caza y la pesca.

Ellos, los sabios y los santos, los «rishis», se retiran a los Himalayas, se dedican a la meditación, el vegetarianismo, la vida natural y contemplativa. Escriben «Vedas» y «Upanishads». Y permanecerán, por lo menos, hasta nuestros días en una elevada actitud crítica respecto de la civilización neolítica y de las civilizaciones posteriores que finalmente verterán al industrialismo y las tecnologías más sofisticadas. Ellos creerán ética la observación del mundo pero no su manipulación.


LA CRISIS DEL OCCIDENTE POSTNEOLÍTICA

En los últimos últimos cien años, toda la cultura occidental ha entrado en una profunda crisis. Quizás los vigías y avanzados sensibilísimos de esta crisis fueron literatos y artistas que adivinaron la crisis primero que nadie, ya desde finales del siglo pasado. El arte hizo crisis antes de que la ciencia y la técnica. Hombres terriblemente atormentados fueron empujados a la locura y al suicidio: Hölderlin, Nietzsche, Vonkleist, Van Gogh, Alfonsina Storni, Stefan Zweig, Edgar Allan Poe, León Tolstoi, etc. Antes ya Goethe tuvo que frenar ante la fascinación diabólica de Mefistófeles y se dedicó a cosas más inofensivas, como la teoría física de los colores o el asesoramiento de la República de Weimar. Pero su libro «Werther» generó una serie de suicidios de jóvenes románticos.

En este siglo el arte se rompió en mil pedazos y la locura, en aumento, se hizo lúcida, intencionada, calculada: Beckett, Ionesco, André Breton y el surrealismo, el dadaísmo entronizador de la fealdad, Picasso y el cubismo, Dalí y la paranoia crítica, el tremendismo pirandeliano, Debussy, Ravel, Hindemith, la música dodecafónica y atonal ...

Los artistas abrieron paso a los científicos, a los filósofos, a los sociólogos y psicólogos, a los técnicos. La crisis de la ciencia comienza espectacularmente con la introducción de la irracionalidad del «cuanta» en la súper racionalidad imperante, por obra del físico alemán Max Plank en 1901. Desde entonces la crisis dentro de la ciencia no ha cesado de crecer y aumentar. La física, la biología, la lógica matemática han descubierto sus propios límites e incluso se están transformando de raíz. Con gran sorpresa de los antiguos científicos materialistas ateos, surge una generación de primeras figuras de la investigación sub-atómica y astronómica que postulan la mística espiritual junto a la ciencia. Einstein, Schrödinger, Heisenberg, Jeans, Eddington, Pauli, Bohr, Capra, Pribram, Costa de Beauregard, Charon.

Ya Marx a mediados del siglo pasado, había escrito sobre el fin de la ideología alemana clásica. Pero comparando con lo que aquí estamos diciendo, aunque Marx es un clásico de la filosofía, sociología, economía. Schopenhauer, Kierkegaard, Max Scheler, Husserl, Heidegger, G. Marcel, J.P. Sartre, Bergson nos introducen en el mundo filosófico de la negatividad, de la irracionalidad.

Sigmund Freud hace tambalear la conciencia humana. Somos prisioneros de nuestro subconsciente (Freud), del subconsciente familiar (Adler) y del subconsciente social (Jung). Pero Freud todavía es un clásico de la psicología. Tras él surge Wilhelm Reich perseguido por comunistas y capitalistas. Sus libros son quemados públicamente en EEUU y allí muere misteriosamente en prisión. La Escuela de Frankfurt, Adorno, Marcuse, el Estallido del mayo francés de 1968. Klein, Lacan, los nuevos filósofos, Deleuze, Guattari. Todo ello generó fortísimos movimientos sociales de protesta reprimidos con tanques y droga sin miramientos.

Actualmente el feminismo, el pacifismo antimilitarista, la repulsa a la nuclearización, la liberación sexual, el clamor universal ecológico contra la contaminación, contra la dilapidación de materias primas, de energías, las reservas del patrimonio biológico vegetal y animal, y, tal vez , sobre todo la escandalosa y cruel miseria creciente del tercer mundo son el signo de la crisis de la cultura occidental nacida del neolítico, resultado coherente e inevitable de los ingenuos planteamientos iniciales del neolítico. ¿Se puede manipular impunemente el mundo a gusto de los hombres?

¿No tendrán razón aquellos sabios hindúes que ante la opción neolítica eligieron retirarse a las montañas del Himalaya y dedicarse a la contemplación?


LA SALVACIÓN VIENE DE ORIENTE

El último día hablábamos de la crisis de la cultura occidental nacida en el Neolítico. Esta decisiva etapa histórica, en la India y en otras partes del mundo, no fue aceptada plenamente. El pueblo la adoptó inconscientemente, por la inercia de la historia. Era una salida y una respuesta al aumento de población. Pero incluía una grave perturbación de los equilibrios anteriormente establecidos en la naturaleza: «la manipulación del mundo». Los grandes sabios y santos contemplativos de la India, los rishis, se retiraron a las montañas y escribieron libros precisos para salvar el espíritu, la serenidad, la comunión con el universo obediente a las leyes más profundas del cosmos.

En muchas tradiciones espirituales de otras regiones aparece también un grupo minoritario que no acepta el neolítico. En la Biblia los inventos de la agricultura, la ganadería, la metalúrgica, los instrumentos musicales y la construcción de ciudades son atribuidos a la saga o descendencia de Caín, el malo asesino de Abel. Mientras que los descendientes de Set, sustituto de Abel, el bueno, se les atribuye la contemplación y a la larga la categoría de Pueblo de Dios.

También en el primitivo cristianismo, ciertas almas puras, al ver la perversión de los cristianos en Alejandría, Antioquia, Jerusalén, Bizancio o Roma, iniciaron la vida eremítica solitaria y contemplativa en lugares desiertos y montañosos y, después, constituyeron comunidades monásticas contemplativas. Consideraban que incluso los sacerdotes de las grandes ciudades se habían corrompido.

Es tradición de perfección dentro del cristianismo el hecho de salir del «mundo», identificado con las grandes ciudades, para servir adecuadamente a Dios.

Hoy en día, en medio de la crisis general de Occidente, que también ha afectado a los valores espirituales tradicionales, el fenómeno de abandono de la gran ciudad o, al menos, del abandono de las costumbres civilizadas, artificiales, sofisticadas de nuestra cultura en crisis, se ha generalizado de tal manera que ya no es un fenómeno religioso sino social, político, económico, psicológico, cultural, etc. Es mucha la gente que se va a vivir al campo. Y aquellos que no van instauran en la ciudad un estilo de vida primitivista, exótica, detonante, alternativa, marginada, lo más posible al margen de los circuitos generales de la publicidad, la moda, el consumismo.

También espiritualmente se ha operado un cambio sorprendente. Los cristianos ayunaban, pero ahora muchos hacen vegetarianismo para cultivar el naturismo. Antes los cristianos meditaban, ahora, se hace Zen, meditación trascendental o meditación yoga siguiendo pautas orientales. La comida, la medicina, la meditación, la salud, la indumentaria, las lecturas, la cultura en general se ha orientalizado. La cábala judía, el tarot, el esoterismo, la astrología, la numerología han invadido sorprendentemente un terrible vacío dejado por los responsables tradicionales del servicio del espíritu en las tierras de occidente.

¿Tiene razón el oriente o tiene razón el occidente? Raimon Panikker, hijo de padre de la India y de madre catalana, defiende que la tecnología es mala, destroza al hombre, da la primacía a la materia por encima del espíritu...

Una cosa es cierta: tal y como se han utilizado los descubrimientos iniciados en el neolítico, han abocado a una crisis generalizada aterradora que hay que corregir urgentemente.

Pero de eso a hacer tabla rasa e intentar el regreso al paleolítico hay una gran distancia. Si volvemos al paleolítico hay que eliminar el 99% de la humanidad actual. Aparte de que la mayoría de los hombres no querrán renunciar a sus avances. ¿Cuál será, pues, el severo correctivo que sabremos imponer al actual modelo de desarrollo para evitar la gran catástrofe?


BALANCE DE LA CIVILIZACIÓN NEOLÍTICA

Nos hemos entretenido anteriormente extrapolando a nuestros tiempos la cultura neolítica. Hemos descubierto consecuencias desastrosas, pero también resultados maravillosos. Sin embargo tenemos que volver atrás para hilar más fino. ¿La culpa de los desastres sociales y ecológicos actuales hay que atribuirlos a los descubrimientos neolíticos que enseñaron al hombre, aprendiz de brujo, a manipular el mundo? o, ¿quizá sea fruto de acontecimientos posteriores, lo que dejaría injustificado el juicio condenatorio contra el neolítico levantado por muchas elites espirituales a lo largo de la historia?

Lo cierto es que, como ya hemos explicado, el tiempo del neolítico produjo una riquísima civilización y una convivencia humana bastante armónica que ya desearíamos para nuestros tiempos tan agitados.

Antes de analizar la decadencia del sistema neolítico y sus causas, hay que hacer un resumen de las conquistas positivas de esta etapa histórica tan determinante en nuestra vida.

  1. Se desarrolla la ganadería como producción artificial de recursos animales.
  2. Se desarrolla la agricultura como producción artificial de recursos vegetales.
  3. Se desarrolla la minería y metalúrgica rudimentarias del oro y de la plata, como inicio de producción artificial de recursos minerales.
  4. Se desarrolla la cerámica como producción de utensilios de utilidad artesanal y doméstica.
  5. Surgen muchas otras técnicas artesanales y se mejoran las culturas de la piedra (Neolítico) del curtido de piel, del trabajo de la madera, el cuerno, la fibra, etc.
  6. La sedentarización progresiva lleva a la construcción de ciudades.
  7. La ciudad es bien defendida por las murallas que instauran la paz militar defensiva (imperio).
  8. La ciudad-imperio es fruto de un pacto federal equilibrado entre iguales pequeñas naciones antes en guerra entre ellas. Nace la ayuda militar y económica.
  9. Se instaura en la plaza mayor la «cosa pública», la «República». La polis genera la política. Nace el estado como institución positiva al servicio del bien público, en forma de rey, «rex», «recht», derecho. El estado de derecho.
  10. Se expande la cultura y el espíritu. El templo en medio de la ciudad es lugar de éxtasis, pero también de fiesta, de juego, de almacén, de contabilidad, de tesoro, de control de medidas.
  11. Aparece la métrica, capacidad de medir la realidad con precisión. La primera métrica es la de mercado en forma de moneda. Después viene el calendario para el tiempo, la longitud, superficie, volumen y capacidad, para el espacio. Y, hacia el final del Neolítico, con las balanzas, la medida del peso. De la moneda saldrá el maravilloso invento de la escritura.
  12. La moneda nace sana, no corrupta como la tenemos hoy. Es el resultado de un acto responsable que deja documento. Y es control exacto de la clase, cantidad y valor de cada transacción mercantil concreta, que permite una contabilidad rigurosa sin corrupción.
  13. Esto permite, junto a la propiedad pública, de desarrollar una poderosa, imaginativa y fecunda propiedad e iniciativa privada, que lanza adelante un fuerte progreso económico y demográfico.
  14. De ahí sale un floreciente comercio interior y exterior.
  15. También sale un perfeccionamiento notable del transporte por tierra y mar.
  16. Y se va consiguiendo una desaparición progresiva del enfrentamiento de clases sociales.
  17. Y una armonía entre el espíritu y la utilidad material.

Tomemos buena nota de esta larga lista de aportaciones a la humanidad por parte de la civilización neolítica.


LA COMARCA-NACIÓN NEOLÍTICA

Los territorios donde es vigente la civilización neolítica ofrecen un aspecto característico. Lo que más se les parece en nuestros días es la comarca: un territorio agrícola y ganadero, no demasiado extenso, que se puede recorrer a pie en una jornada, distribuido en asentamientos humanos pequeños (hoy son masías, barrios de casas y pequeñas aldeas) y presidido en el centro de todos los caminos por una ciudad, que le hace de capital. La mayoría de comarcas catalanas serían un buen modelo, así como las ciudades libres alemanas e italianas, que sobrevivieron al hambre devoradora de los grandes estados europeos hasta bien entrada la Edad Contemporánea. La Grecia clásica (-400) también estaba organizada de esta forma. Las guerras internas nunca consiguieron que una ciudad subyugara a otra y el equilibrio que resultó fue extraordinariamente fecundo para el desarrollo de la cultura, el pensamiento, las artes y la economía.

Más atrás aún, cuando Israel comandado por Josué, Saúl o David conquistan Canaán, como después los macedonios Filipo y Alejandro conquistarán Grecia, también se encuentran un rico y variado mosaico de decenas de pequeños territorios presididos por una ciudad amurallada. Jericó fue la primera en caer, al atravesar el Jordán (1.200 aC). Y, aún antes, los «nomos» egipcios y las ciudades caldeas (3.000 y 4.000 aC) tenían la forma neolítica estereotipada.

Podríamos decir la «comarca-estado», en el momento de su fundación, y después, si renacía, si los grupos federados se llevaban bien a lo largo de los siglos, podríamos llamarle la «comarca-nación», porque la buena y larga convivencia dentro de un estado defensivo federal de varias unidades nacionales previas acaba de nacionalizar el conjunto, que emerge como una nación nueva de un nivel superior.

Hoy en día las comunidades territoriales son más el resultado heterogéneo y disarmónico de complicadas corrientes y asentamientos migratorios que el resultado de una federación libre de comunidades inferiores. Por eso la vida municipal, comarcal, etc. es tan inestable y llena de tensiones destructivas. Pero no es utópico luchar por enderezar esta situación. Ahora que en Cataluña se han institucionalizado por primera vez los Consejos Comarcales se tendría que conseguir que fueran el resultado de un pacto federativo libre entre municipios libres e iguales. Sería necesario ayudar a que la nueva comarca-estado se convierta a la larga en comarca-nación. Quizá la característica más marcada de la realidad comarcal es que todo lo que una persona corriente ha de menester lo tiene al alcance en un día yendo a pie.

Luis Racionero explica esta idea, muy suya, de la comarca-nación poniendo el ejemplo del Ática de Atenas en la antigüedad o de la Toscana de Florencia en el Renacimiento. Un astrónomo de primera categoría como Eratóstenes o Galileo podía conversar con un escultor de primera categoría como Praxíteles o Miguel Ángel. Pero también podía comprar en el mercado, arreglarse los zapatos en Cal Soler o ir a buscar setas. El cordero que comías, las frutas que cogías o el agua que bebías sabías que eran de verdad porque podías seguir todo el proceso de producción, cultivo, conducción y distribución desde el consumo hasta su origen. Por esta causa Luis Racionero se fue a vivir en el Empordà. ¡Feliz de él!

Participé, el año pasado, en las Fiestas de San Félix de Vilafranca y pude observar la maravilla de que en el Alt Penedès la comarca-nación es muy anterior a la comarca-estado. Aún no estaba el Consejo Comarcal, pero la gente de la comarca estaba vertida y vivía intensamente la fiesta de su capital.

En un mundo cada vez más grande y masificado, la solución no es abrirse o cerrarse. La solución es que sean de verdad la persona individual, la familia, el barrio, el municipio, la comarca...


EL MUNICIPIO-NACIÓN NEOLÍTICO

La comarca-nación de la civilización neolítica era la suma de las praderas de los ganaderos y de las piezas de terreno de los agricultores federados. Parecido a una comarca actual.

Al inicio vivían cada uno en su trozo de tierra. Fue el origen de las masías, los «caseríos», los «ranchos »..., precedidos de construcciones aún más elementales. Pero todo ello en torno a un centro: la polis (lugar de la política), la urbe (perímetro labrado litúrgicamente el día de la fundación, labrar, en latín es «urbano»), y «oppidum» (lugar amurallado), la «civitas» (reunión de ciudadanos, de civilizados). En el inicio el lugar central sólo era perímetro amurallado donde refugiarse cuando venía el enemigo, abandonando pastos y cultivos en el saqueo y el incendio. Después fue cuartel permanente, mercado, palacio, plaza de discusiones y templo. El palacio de Cnosos en Creta, la vieja Jerusalén o Korsabad de Persia, la Acrópolis de Atenas o la Alhambra de Granada, el monte Taber de Barcelona o los Kremlins los países eslavos, todos son testigos de lo que es el centro de las comarcas-nación de la civilización neolítica.

En una etapa más evolucionada, todas las construcciones familiares se hacen intramuros. Y la gente sale cada día a trabajar extramuros al amanecer y regresa a la puesta del sol. Esto explica la cantidad de las viviendas en el corazón de las ciudades antiguas, como si ya existiera entonces la especulación sobre el suelo urbano. La plaza mayor hoy nos parece una plaza pequeña, y la calle mayor o la calle ancha, unas calles horriblemente estrechas.

Si la ciudad (la «polis») era el corazón de la comarca, la fortaleza (la «acrópolis») era el corazón de la ciudad. Solía estar situada en un lugar alto, de más difícil acceso. Y escondía la guarnición militar, el palacio del rey y el templo. Era el lugar sagrado por excelencia. Todas las ramas de la autoridad estaban representadas: la militar, la justicia, la sacralidad, el gobierno, la economía.

Incluso la sabiduría, la información y el comercio. La plaza del mercado de las ideas y la plaza del comercio económico, en medio de la ciudad, eran presididas por las escalinatas que conducían al templo, ya en la «acrópolis». El espíritu, los sacerdotes, vigilaba el intercambio de ideas y el intercambio de bienes materiales. Ambas cosas bien libres pero bien responsables al mismo tiempo.

Cada ciudad de estas era muy libre. No existía entonces ningún poder por encima de las capitales de comarca. Aquellas ciudades eran autosuficientes. Era necesario que se hicieran responsables de todas las necesidades de los ciudadanos. De ahí nace la raíz del derecho de soberanía municipal que construcciones institucionales superiores y posteriores tratan de recortar. Aún hoy en Suiza encontramos esta soberanía concentrada en los cantones suizos que, aparte de conservar su soberanía jurídica, participan en un tercio de la recaudación impositiva total y en el ejército suizo manteniendo y pagando un cuerpo de ejército y eligiendo sus oficiales. Hay cantones en Suiza donde todavía la aceptación de un extranjero se hace en asamblea popular en la plaza mayor por votación a mano alzada. Un municipio acertado convierte a la larga una nación de familias.

Los grandes estados, los ejércitos, las multinacionales, etc., hoy en día invaden la autoridad municipal y le imponen autopistas, centrales nucleares, cárceles, cuarteles, vertederos, etc. Y los responsables municipales ceden vencidos por un gran complejo de inferioridad.

Si «Amnisty International» pleitea a favor de los derechos humanos e individuales y hace festivales y carreras por todas partes para dar a conocer estos derechos, ¿cuando surgirá una «Amnisty International» para defender los derechos de los municipios, de las comarcas y de las naciones troceadas, humilladas, oprimidas?


EL CORAZÓN DE LA CIUDAD NEOLÍTICA

Hoy, en el corazón de cada ciudad está la «city», el lugar de los negocios y de la Banca. Las ciudades modernas, como las norteamericanas no tienen Ciutat Vella con templos, mercado, ateneos, teatros, restaurantes etc. rodeados de Rondas de muralla como Barcelona, Tarragona, Vic, Manresa, Girona, etc. Las «cities» estadounidenses, Dallas, Búfalo, etc. son enormes rascacielos de oficinas y bancos que los días de fiesta radican vacíos y fantasmales. Las viejas ciudades europeas tienen el corazón vivo. Las nuevas ciudades americanas tienen el corazón muerto.

Hoy trataremos de profundizar el corazón, la «city» del corazón, la «civitas» de la comarca neolítica. Este corazón del corazón, lo formaban el templo y la plaza mayor adyacente. Allí se discutía al mismo tiempo el valor de los pensamientos y el valor de las mercancías. Espíritu y materia juntos. Había, en la plaza, paradas ideológicas y paradas comerciales. Como hoy en los «Encants» de Barcelona donde se venden indistintamente paraguas viejos y libros de Mao Zedong, donde alternan gitanos con militantes del partido comunista internacional reconstituido.

Pero la ciudad era un microcosmos completo y autosuficiente: Aún no existía el internacionalismo abstracto de hoy. Cada ciudad tenía sus «partidos ideológicos» y sus «productos económicos» originales, todos ellos representados en los sacerdotes del templo, que al mismo tiempo funcionaba de centro litúrgico, parlamento político y cámara de comercio, industria y navegación. Era mercado, lonja, bolsa, banco, compañía aseguradora y docks de almacenamiento. «Fariseos», «saduceos», «herodianos», terratenientes, ganaderos, gremios artesanales y comerciantes, todos eran representados en la «Gerusía», «sanhedríi» o «kahal», «soviet» o «senado». Como si entonces funcionara en un partido único con todo tipo de corrientes, facciones y grupos de influencia internos.

Está comprobado históricamente que la comunidad humana funciona bien cuando no puede exportar las consecuencias nefastas de sus decisiones desacertadas. El hombre individual y comunitario se convierte en sabio cuando se ve obligado a asumir las consecuencias trágicas de sus actos irresponsables. Grecia creció en sabiduría mientras sus comarcas-nación no pudieron imponerse unas a otras. Europa creció en sabiduría antes de los descubrimiento de África, Asia y, sobre todo, América donde luego exportó ladrones, maleantes, insurrectos, críticos utópicos, marginados, discrepantes, etc. Inglaterra se deshace de la escoria que ella misma generaba irresponsablemente, enviándola a América, África, Australia. «Ojos que no ven, corazón que no siente».

En la «city», en la «acrópolis» neolítica, todos los productos mentales y materiales de la comarca-nación era necesario que fueran digeridos, procesados, reciclados. Esto hizo crecer extraordinariamente la sabiduría de aquellas ciudades antiguas. Es el secreto de su civilización copiosa.

Dicen que en la India, como que la gente no es violenta, si uno encuentra una rata en su jardín, no la mata, la coge por la cola y la tira en el jardín del vecino. Las ciudades neolíticas no podían sacar la rata propia en el jardín del vecino. Resultado: había que pensar cómo resolver el problema de las ratas.

El corazón del corazón de las comarcas-nación neolíticas, se convirtió en un cerebro inteligentísimo generador de auténtica sabiduría. Esta sabiduría, redescubierta por los arqueólogos, aun hoy en día nos deja boquiabiertos. Los libros sapienciales que nos han llegado hoy en día son tan interesantes y profundos que en algunas mentes exaltadas, les ha hecho pensar que son el resultado de ciertas misteriosas visitas de extraterrestres más evolucionados. Y es que el hombre verdaderamente responsable piensa maravillosamente.


AUTORIDAD ESPIRITUAL, ECONÓMICA E INFORMATIVA

Nos hemos introducido en el «sancta sanctorum» de la comunidad territorial neolítica: el templo. Los sacerdotes han cedido al rey la autoridad legislativa, justicial, ejecutiva y, dentro de ésta, la militar. Parece, a primera vista, que el rey podía con todo, pero no. Los sacerdotes se han reservado dos autoridades esenciales y patentes y otra escondida. Las dos autoridades visibles son la del espíritu, como sacerdotes, que aún conservan hoy en día y que todos sabemos la importancia e influencia que tiene, y la autoridad económica que hoy en día controlan los banqueros y los grandes hombres de las finanzas, los «lobbys» o grupos de presión que presionan sobre los ministros económicos del gobierno, sobre los jueces de delitos económicos y sobre las comisiones económicas de los parlamentos legislativos. No es correcto ni constitucional, pero tampoco es anticonstitucional porque absurdamente desde la revolución francesa aún ninguna constitución democrática liberal nunca ha legislado sobre el control económico real.

Pero aún nos sorprende más en el Neolítico otra cosa: ver juntas la autoridad espiritual y la económica. En la ciudad neolítica el templo era banco y los sacerdotes banqueros. Esto ahora nos escandaliza porque inconfesadamente todos pensamos que las finanzas son todas corruptas. Entonces las cosas, por suerte, iban de otra manera. Espíritu y dinero caminaban de la mano en bien de la ciudadanía. Pero ya en aquellos tiempos el poder sacerdotal era superior al del rey.

La tercera autoridad invisible que se reservaron los sacerdotes fue la de la información recibida del pueblo y suministrada al pueblo. Desde el Neolítico hasta nuestros días que se dirige habitualmente como mínimo cada semana al pueblo no es el alcalde, el presidente de comarca, de la Generalitat o del Estado, es el sacerdote en la fiesta semanal. El sacerdote informa y forma al pueblo como quiere y en lo que quiere. La formidable fuerza que esto representa ha sido históricamente reconocida por los políticos en ejercicio de todos los tiempos que, en general, siempre han tratado de comprar los eclesiásticos con honores y halagos, con dinero, presentes materiales, legados, terrenos, edificios, privilegios, tributos , exenciones, etc.

Pero en la ciudad neolítica los sacerdotes, además, eran los depositarios de toda la información relevante de la ciudad. Ellos habían estructurado el oficio de escriba a partir de -4.000. Ellos tenían y guardaban celosamente el monopolio de la escritura. Toda opinión ciudadana se ponía por escrito por obra y mano de los escribas controlados por los sacerdotes. Sólo se guardaba y se leía al público lo que la censura sacerdotal permitía. Pero los censores tenían acceso a toda la información ideológica de la ciudad.

Y los sacerdotes controlaban otro tipo de información, la económica. Todas las transacciones dinerarias eran documentadas por los escribas en la plaza mayor y archivadas en el interior del templo por los sacerdotes. Había libertad comercial, libertad de empresa, de iniciativa. Había propiedad privada. Pero todo era documentado y archivado en el templo. Un sacerdote diligente y estudioso podía seguir punto por punto el proceso de los más intrincados y especulativos negocios privados sólo leyendo las facturas firmadas y depositadas en la biblioteca del templo.

Así se inventó la contabilidad general, síntesis de la contabilidad privada de cada particular, y los sacerdotes obtuvieron una visión económica del conjunto de la comarca-nación como si toda ella fuera una sola empresa.

Pensamos, pues, que con la dimensión espiritual, la dimensión informativa y la dimensión económica controladas, los sacerdotes disponían de una autoridad y soportaban una concentración de responsabilidades enorme. La posible tentación de abuso es evidente.


UN DESCUBRIMIENTO SORPRENDENTE

Una noche, a la luz de una lámpara de aceite, un sacerdote estudioso, «doctorado» en contabilidad general de una ciudad-nación, Caldea, entre el Éufrates y el Tigris, tuvo la sorpresa de su vida. Tenía otro sacerdote menos docto al frente de las facturas de cada barrio de la ciudad. Si quería podía saber cómo le iba el negocio a cada artesano y cada comerciante de la ciudad, como iban los terratenientes y los ganaderos de la comarca.

Pero aquella tarde el sacerdote-contable no la dedicó a sus cotilleos habituales. En aquella ocasión tuvo la idea de hacer una especie original de balance del negocio general de su ciudad y área de influencia. Lo podía hacer. Hoy en las ciudades hay muchos templos y muchos bancos. En el Neolítico, en el corazón de cada ciudad sólo había un templo-banco por donde pasaba toda la información económica.

Aquel sacerdote vivaracho ordenó a un escriba que le sumara todas las facturas firmadas y cobradas de todos los cambios mercantiles, hechos en un año, que se refirieran a la venta de productos y servicios materiales. Supongamos que sumaban mil unidades monetarias. (Pv = producción vendida).

También ordenó a otro escriba que sumara todas las facturas firmadas y cobradas del coste de producir todos aquellos bienes y servicios: los intereses de los capitales prestados, los beneficios de los negociantes y los sueldos de los trabajadores asalariados. (Cp = coste de producción). Y, con gran sorpresa suya este coste resultó francamente inferior. Supongamos ochocientas unidades monetarias.

Supuso que aquel año fue excepcional, que el clima fue propicio, que el pueblo estaba tranquilo, que el rey fue justo en sus juicios... Pero al año siguiente comprobó que el mismo superávit: se producía siempre más de lo que costaba la producción. Sólo hacía excepción algún año de calamidad: inundación devastadora, sequía anormal, terremoto destructivo.

El hombre se sumergió en profundas cavilaciones: como que la gente no tenía suficiente dinero para comprar todo lo que se producía, bajaban los precios y la producción disminuía por falta de alicientes. Este estancamiento retrasaba la economía, la sociedad, la cultura. Hoy este fenómeno toma el nombre de deflación. La población no crecía, la ciudad se debilitaba y, a la larga, no podría resistir las presiones exteriores. Aparte de que era una pena que se perdiera esta capacidad productiva e incluso los productos ya existentes.

¿De dónde surgía ese excedente? Quizá los filósofos de aquel tiempo no lo averiguaron. Es algo difícil y sorprendente. Hoy en día empezamos a entenderlo.

¿Como si se pagaba al obrero el trabajo, el capital del ahorro y al empresario su beneficio, aun sobraba riqueza? ¿Como si la plusvalía, la ganancia de cada negocio se los quedaba el negociante, aun emergía una plusvalía o una ganancia conjunto de toda la ciudad materializada en el exceso de producción útil, pero incomparable por falta de dinero? ¿Como si en cada transacción se equilibraba el precio entre comprador y vendedor tanto de bienes y servicios, como de trabajo, empresa y capital, aparecía un desequilibrio conjunto normalmente superavitario, a favor de este mismo conjunto?

Seguramente aquel sacerdote, después de consultar a los demás del ramo, optó por el camino fácil, correcto e inteligente: inventó dinero para que se pudiera vender y, por tanto, comprar la buena mercancía excedentaria, con lo cual se aprovechó una producción existente y una capacidad productiva potencial. Fue el medio adecuado para evitar la deflación y, por tanto, el estancamiento de la humanidad en su camino adelante. La fórmula sencilla del equilibrio económico es:

Dinero inventado (Di) = Pv - Cp.


LA MÁQUINA DE INVENTAR DINERO

En el pensamiento popular es muy arraigada la idea de que inventó dinero es una estafa. Hoy intentaremos aclarar este concepto confuso. Todo el mundo desearía poseer la máquina de hacer dinero. Unas vueltas a la manivela... y todos los problemas resueltos.

Ya hemos visto como en la penumbra de los templos de las ciudades neolíticas los sacerdotes han llegado a hacer balance conjunto del gran negocio ciudadano y que este balance daba superávit: Producción vendida - Coste de producción > 0

Si la producción era mil y el coste ochocientos el superávit era doscientos. Que representaba el valor de los excedentes de producción.

También hemos visto cómo los sacerdotes inventaron 200 unidades monetarias para ampliar el poder adquisitivo de la ciudad estrangulada en su desarrollo por falta de dinero.

Si Pv - Cp era mayor que cero se producía deflación, bajada de precios y, después, bajada de producción. Si Pv - Cp era menor que cero, se producía inflación, subida de precios y, después, aumento de la producción. El equilibrio económico consiste en igualar la capacidad productiva con la capacidad adquisitiva.

Claro que siempre que se aumenta o se disminuye la masa monetaria se devalúa o se revalúa respectivamente la masa monetaria previamente existente. Por eso inventar dinero parece a la mente popular una auténtica estafa.

Pero es necesario que el pueblo suba el listón de su formación económica. ¿Por qué no se enseña economía en la enseñanza general básica? ¿Por qué se hace creer al pueblo que la economía es una ciencia difícil y esotérica exclusiva para pocos iniciados? ¿Por qué la gente se salta rápidamente las páginas económicas de los diarios y corre impaciente para llegar a las páginas de los deportes? La economía es esencial para el resto de la vida humana y la mayoría de los humanos ignoran los conocimientos mínimos imprescindibles.

Uno de estos conceptos se puede resumir así:

  1. Inventar más dinero del que hace falta es una estafa, un robo, que hoy en día se practica en gran escala y que constituye el delito más grande contra la propiedad que existe. Del que nunca nadie se acusa ante Dios. Por el que ningún fiscal acusa a ningún gobernante responsable. Yo he visto en la cárcel largos años a jóvenes por haber robado unas gallinas. No he visto nunca a la cárcel a ningún ministro de economía por haber defraudado miles de millones a los ciudadanos por no controlar o controlar inadecuadamente la inflación.
  2. Pero no inventar el dinero, necesario para evitar la deflación, también es un error económico, desconocido por el pueblo, error que genera de momento bajada de precios pero a continuación, desempleo y miseria a la mayoría de la población.
  3. Por consiguiente, hay que inventar el dinero justo, ni más ni menos, que restituyan la balanza económica a su equilibrio.

Dinero inventado = Producción - Coste

Di = Pv - Cp

Y esto sólo es posible:

  • Si se tiene una moneda exacta que permita saber Pv y Cp. Esta moneda existió en el Neolítico, pero ahora no existe.
  • Si las autoridades económicas tienen voluntad de equilibrio. Parece que los sacerdotes banqueros sí la tenían. ¿La tienen nuestros gobernantes actuales?


LAS CRISIS ECONÓMICAS CÍCLICAS

Cuando, en los tiempos neolíticos, la sociedad aún era equilibrada, los sacerdotes-banqueros, ministros de economía y de espíritu, inventaban dinero para huir de la deflación y sólo inventaban la cantidad exacta para evitar la inflación. Sabían contablemente, matemáticamente, la cantidad exacta a inventar y querían inventar sólo aquella cantidad exacta para alcanzar el equilibrio económico y por tanto la justicia social.

Después ya no. ¿Fue malicia del corazón de no querer el equilibrio? o ¿fue imposibilidad técnica de saber la cantidad exacta con la nueva moneda práctica y anónima de que se dispuso más tarde?

Hoy todavía, con la moneda que tenemos no hay manera técnica de evaluar la cantidad exacta de dinero que hay que inventar para el equilibrio económico.

¿Qué hacen los ministros, los banqueros, los grandes negociantes, las multinacionales, las financieras, los especuladores, los falsificadores de dinero? Inventan lo máximo posible, ¡ojo!, hasta que el mundo queda ahogado en la deflación. Después se vuelve a empezar. Inflación galopante, crisis fulminante, deflación angustiosa. Y así sucesivamente.

Los «científicos» economistas llaman a este proceso: «crisis cíclicas». Huelga decir que los inventores de dinero se lo embolsan. Por consiguiente, para ellos, cuantos más se inventa mejor, aunque el carro conjunto se vaya por el pedregal.

Hay una historia ilustrativa hacia el final del libro bíblico del Génesis, que la gente lee superficialmente y con santa inocencia y que quiero comentar desde esta óptica económica. Se trata de la historia de José de Egipto.

Primeramente, José, el lugarteniente del Faraón, administró Egipto durante siete años de «vacas gordas». Aquello fue atribuido a las bendiciones del cielo. Buenas cosechas de cereal. Buenos rebaños con buenos pastos. Gran producción. Se trata de un típico período inflacionario. José deberá inventar y repartir mucho dinero, demasiado dinero. Todos compran. Esto anima a los productores que, locos por las ganancias, se lanzan a una sobreproducción inmoderada. José ya no reparte más dinero. El pueblo ya no compra. Sobran montañas de producción. Bajan los precios. José sigue inventando dinero y él solo, en nombre del faraón, compra todos los excedentes. Construye inmensos silos y lo almacena todo. Inmensos rediles y lo estabula todo.

Después deja de comprar. Los productores se asustan y dejan de producir. Y así viene el segundo tiempo de las «vacas flacas» durante otros siete años. También atribuido a Dios las maldiciones del cielo por causa de los pecados del pueblo. No hay carne ni pan. El hambre hace hacer locuras. La gente rasca los rincones de sus ahorros y compra a José pan y carne hasta el último céntimo. Sigue la deflación. El pueblo se vende las casas y los campos a José del faraón. Así todas las tierras son estatalizadas. Y la gente sigue comprando a José, pan y carne. Y sigue la recesión y el hambre. Finalmente, desesperados, los egipcios venden los hijos, las esposas y se venden ellos mismos como esclavos al faraón para seguir viviendo y comiendo. Así todo Egipto se convierte en esclavo del faraón.

Y, ¡oh maravilla!, Mientras, el dinero inventado y repartido ha vuelto a las arcas del faraón para pagar los alimentos que el pueblo ha comprado al faraón. Si lo desea, José lo puede romper y aquí no ha pasado nada.

Lector, relee poco a poco estas líneas y piénsalas bien. Es alucinante. A lo largo de los últimos cuatro mil años, lectores inteligentes de este pasaje bíblico han practicado esta sutil, eficaz y cruel herramienta de dominación. También hoy. Recordad el «crack de noviembre de 1987».


¿DE QUIEN ES EL SUPERÁVIT CONJUNTO?

¿De quién son las doscientas unidades monetarias inventadas por los sacerdotes en los pasillos del templo para compensar la inflación? El pueblo había producido mil, pero el pueblo había recibido en pago ochocientas, por lo tanto el pueblo no podía comprar productos por valor de doscientas. Los sacerdotes habían inventado las doscientas necesarias justas para aumentar exactamente el poder adquisitivo del pueblo.

Y, una vez inventadas, ¿qué hacían, de estas unidades monetarias, los sacerdotes? ¿Las regalaban? Sólo era necesario que apuntaran unas rayitas en el bastón-cuenta corrientes de cada ciudadano, que eran depositados en el templo. Con estas rayitas los ciudadanos podían ampliar su capacidad de compra hasta doscientas unidades más. Y los productores encontraban salida a sus productos con la consecuente compensación económica.

O bien los sacerdotes se apropiaban, particularmente a escondidas o públicamente en nombre del estado, de las doscientas unidades Y entonces podían dejar ese dinero en préstamo al pueblo exigiendo su devolución y un interés correspondiente. Así ellos, o el estado, empezaban un proceso de acumulación importante.

La pregunta capital es: ¿a quién pertenece la plusvalía colectiva, el superávit conjunto?

Estas son cosas misteriosas de la economía que voluntaria o involuntariamente se han mantenido escondidas a los ojos de la gente. La cantidad de plusvalía colectiva inventada o creada a lo largo de la historia es tan grande que la estafa que a veces los empresarios hacen a los obreros parece, a su lado, un juego de niños. Y, sin embargo, la lucha obrera ha generado los trasiegos revolucionarios más grandes de la historia y la reivindicación del superávit conjunto de cada sociedad nunca ha sido reclamada por el pueblo porque ni sabía que existiera, ni tenía hasta ahora los medios técnicos de evaluar su cantidad.

Pero, ¿a quién pertenece tanta riqueza?

Para responder a esta pregunta es necesario, antes, saber qué es, qué origen tiene, la plusvalía conjunta.

La humanidad primitiva del Paleolítico inferior todo lo tenía en común: la hacienda era comunitaria. Esta hacienda crecía por la aportación de todos. Cada uno retiraba lo que necesitaba, e iba en general siempre creciente. Por eso, la humanidad se fue extendiendo por todo el mundo.

A partir del Paleolítico medio aparece la propiedad privada. Poco a poco las unidades familiares dispusieron de la propia economía y del propio crecimiento. Pero el conjunto es más que la suma de las partes. Al margen de las economías privadas se mantienen y crecen unas realidades colectivas. En el urbanismo del Neolítico esto se manifiesta arqueológicamente por edificios y funciones públicas derivantes de autoridades políticas, sociales, militares, espirituales y económicas. Nunca en aquel tiempo ninguna autoridad pidió un centavo de impuesto a ningún ciudadano por el mantenimiento de la «re-pública». Este argumento que esgrimen los gobernantes de nuestros días para exprimirnos con impuestos siempre crecientes, es radicalmente falso. Históricamente sólo se exigía el impuesto a los pueblos vencidos. Pero en el Neolítico no había pueblos vencidos.

La autoridad y todos los servicios públicos desinteresados y altruistas, es necesario que se alimenten del superávit conjunto, porque es el resultado (y el coste) de un esfuerzo productivo desinteresado y altruista. Hacemos una pequeña lista de estos esfuerzos: la lucha por la paz, por la justicia, por la sabiduría, por el amor, por la cultura, por la educación hacen producir más a los productores. Los estudios científicos teóricos a la larga hacen producir más. Todos los esfuerzos humanos y técnicos de nuestros antepasados muertos que todavía sirven en el momento presente y los que ellos no exigirán retribución en sus tumbas, abaratan y rentabilizan la producción, etc. etc. Hay una cantidad, imponderable directamente, pero inmensa de contribuciones directas o indirectas a la producción al margen del capital, de la empresa, del trabajo y los inventos. Esta contribución pertenece al colectivo y apropiársela la un particular o incluso el estado es un robo, el más grande de la historia.


LA PRIMERA GRAN ACUMULACIÓN

Desde hace miles de años dice la sabiduría de China: «La suma de las partes es menos que el todo». Como si dijéramos que 2+2 hacen 5. Hay muchas cosas que dos hombres por separado no pueden hacer y que juntos sí. Es sorprendente como muchas comunidades monacales han empezado pobres y han acabado ricas. Un conjunto de esfuerzos reunido armónicamente hace maravillas. «Si dos o tres concuerdan sobre la tierra, todo lo que deseen lo obtendrán». Las pequeñas ciudades-nación del Neolítico se hicieron rápidamente prósperas y ricas. Cada familia, cada «gen», disfrutaba de su propiedad e iniciativa privadas. Pero en el templo de la ciudad crecía la propiedad comunitaria.

Esta riqueza de propiedad conjunta debía ser invertida en su totalidad en servicios al pueblo (demos) y en la ciudad (polis). Y seguramente así fue hecho por siglos y siglos. Pero la tentación permanente estaba. Y los administradores-sacerdotes estaban expuestos continuamente. Era la manzana del paraíso. El poder que representaba tal acumulación era desmesuradamente superior al poder de cualquiera de los artesanos, agricultores, ganaderos o comerciantes que mantenían su cuenta corriente dentro del templo-banco bajo control de los sagrados contables. Si ese dinero de propiedad comunitaria era acumulado, en lugar de desprenderlo en servicios colectivos o en repartición equitativa a los particulares, resultaba una fuente de poder muy superior a la de cualquier ciudadano privado. ¡El poder del hombre sobre el hombre! Convertirse en un dios sobre los demás hombres: «Todo esto te daré si, postrándote, me adoras».

Y alguien mordió la manzana en alguna ciudad de esa Mesopotamia fértil, rica y culta del tercer milenio antes de Cristo.

Muy probablemente la caída en la tentación fue facilitada por la aparición de la moneda anónima y metálica que rápidamente sustituyó la moneda imperante en el Neolítico, responsable y abstracta. El comercio iba demasiado deprisa. Los escribas no daban abasto a dejar constancia escrita de cada factura y de las firmas de los contratantes. Se inventó la balanza que permitió pesar unidades y submúltiplos muy pequeños de oro y plata. Estos metales valían mucho. Poco volumen y mucho valor. Eran cómodos como mercancía de cambio universal. Se acababa también de descubrir la piedra de toque para controlar la autenticidad del oro y la plata.

Se hizo, pues, una «butifarra» de metal precioso y se cortaron finas rebanadas redondas y relucientes: ¡las monedas!

A partir de aquí ya nadie, fuera de los contratantes, no sabrá más quien compra, quien vende, qué compra, qué vende, a cuando lo compra o cuando lo vende.

Se comprará y se venderá el cuerpo y el alma, la sabiduría, la justicia y el amor, la salud y la vida. La corresponsabilidad social desaparecerá engullida por el egoísmo más feroz y el equilibrio social abrirá paso a la guerra permanente.

El dueño de las cuentas corrientes privadas, sacerdote-banquero, se hace, sin ningún control, han saltado los controles, dueño del dinero inventado, de la propiedad comunitaria. Deja a otros el poder espiritual siempre comprable a sacerdotes espiritualistas, y se constituye en banquero a secas. Se convierte así el primer dueño de la primera gran acumulación, que tanto preocupaba a Karl Marx. Y se convierte así en el primer dueño de la ciudad, en el mes privado, privativo, Privador de todos. Dueño de los hombres. Amo a la sombra: la criptocrácia. Encomendará, pagándoles bien, a otros menos listos la tarea de mando público, de la política. Desde ahora la política recibirá las presiones irresistibles del dinero acumulado. Quien controle la acumulación más grande de dinero mandará lo que querrá sobre el resto de los mortales. Desde ahora y hasta nuestros días, cuatro milenios y medio la política no será un servicio humanitario a la sociedad, será la defensa del gran Privado frente a los pequeños privados. El señor del gran dinero usará la milicia, el espíritu y la política para satisfacer sus fines particulares. Esto se llama «Plutarquía». El reinado del dinero.


LA ERA DE LA CRISIS

Hace unos cuatro milenios y medio que permanecemos sumergidos en una larga crisis. La vida del individuo humano es corta comparada con esta etapa histórica. En cuatro mil quinientos años caben sesenta y cuatro vidas individuales sucesivas de setenta años de promedio. Nosotros, nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros antepasados hasta donde se pierde la memoria siempre hemos vivido sumergidos en la crisis. Siempre hemos encontrado injusticias, hambre, miseria, guerras, dolores, torturas, marginaciones, odios, traiciones, mentiras, infidelidades y toda clase de desgracias ocasionadas por la voluntad de los hombres.

La «sabiduría» popular ha llegado a la conclusión pesimista de que la maldad es consustancial al hombre. El niño de pañales ya rezuma malicia. Freud elucubra sobre el instinto de muerte (thánatos) opuesto al instinto de vida (eros). Y los biólogos estudiosos de los animales descubren la agresividad como algo inherente e inevitable en el ser viviente.

Somos fácilmente dados a creer en recetas fáciles y simplistas para explicar la complejidad de la vida real. La vivencia es proclamada como dogma universal, instalada en los mismos fundamentos de la existencia. San Ignacio de Loyola dirá que la vida es milicia y un judío recomendará a su hijo que no se fíe ni de su padre.

Grandes mitos como el de la tentación en el paraíso y de la caída original, como el de los celos entre los hermanos Caín y Abel, como el del orgullo de la torre de Babel o como el de la perversión en el diluvio universal serán imaginados para justificar nuestra situación.

El problema del mal en el mundo inspirará religiones dualistas como el mazdeísmo de Zoroastro en Pérsico, donde figuran dos dioses antagónicos, uno del bien y otro del mal. Inspirará complicadas disquisiciones, como el poema de Job en la Biblia, grandes esfuerzos de redención, como la descrita en el 2 ª. Isaías, «varón de dolores que carga sobre su espalda nuestros pecados», encarnada en las Pasiones de Jesús, narradas en los evangelios sinópticos. O hoy día, en el pacto con el diablo figurado en el Fausto de Goethe o en la novelística de Albert Camus.

¿Por qué tantas guerras, tanta hambre, tanta enfermedad, tanta tortura?

Y, sin embargo, lo hemos visto, en la práctica totalidad de los cuatro millones de años de existencia de la humanidad, no ha habido crisis duradera. Sólo cortas situaciones de inestabilidad rápidamente resueltas por la inteligencia y la voluntad humanas. Si decíamos al inicio, que todas las especies vegetales y animales sufrían hambre, con la aparición del hombre sobre la tierra, aparece una especie viviente tan lista, tan hábil, tan poderosa, que el hambre, para ella, desaparece por primera vez en la evolución de los seres vivientes. La era del hambre es sustituida por la era de la abundancia. El hombre supedita los animales y aprende a reproducir y cuidar de animales y vegetales para la propia alimentación, vestido, etc. El hombre se impone al resto de la naturaleza.

La crisis de hambre, miseria y guerra que sufrimos en los últimos milenios es una pequeña anécdota, comparada con los millones de años transcurridos en la paz y la armonía, anécdota nada consustancial a la naturaleza humana, formada por el amor y no por la guerra. Pero amor, no sólo bondadoso, sino también inteligente. Hay que meditar en las causas del desbarajuste en el que se encuentra inmersa la humanidad y poner remedio decididamente. No es honesto de apoyarse en un «mal original» inevitable. Los poderosos, los aprovechados, los privilegiados del momento actual disfrutan. Ellos nos presionan para que sigamos creyendo y profesando el fácil dogma de la naturaleza intrínsecamente mala del hombre. Iniciamos, pues, la historia de los últimos cuatro mil quinientos años con el ánimo abierto y sagaz para desvelar las grandes causas de los grandes males que sufre la humanidad para encontrar y aplicar los grandes remedios.


RAZAS, LENGUAS Y NACIONES

Será bueno, antes de profundizar en la compleja historia escrita de los grandes imperialismos, de dedicar un vistazo a la inmensa variedad de comunidades humanas que ya poblaban, hace más de cuatro mil años, la faz de la Tierra.

La Biblia, en el capítulo 5. del libro del Génesis, hace una clasificación bastante detallada de los pueblos conocidos por Israel. Los organiza en tres ramas: los hijos de Sem o semitas, los hijos de Cam o camitas y los hijos de Jafet o jafetitas. En realidad sólo habla de la «raza» blanca y aún con limitaciones. No dice nada de los negros, los amarillos, los pieles rojas.

¡Cuántas persecuciones, marginaciones, discriminaciones y segregaciones ha ocasionado el color de la piel! Hoy en día el concepto de raza humana no tiene consistencia científica. Hay factores diferenciales mucho más determinantes que el color de la piel, como puede ser la composición sanguínea, y se ha demostrado que un habitante delPenedès puede parecerse en más a un negro de Guinea que a un catalán del Empordà. A lo largo de la prehistoria y de la historia los hombres se han mezclado tan bien en sus aspectos más importantes que cualquier racismo, cualquier doctrina de depuración de la raza convierten ridículos y carentes de todo fundamento. El mestizaje más profundo constituye el entretejido de nuestra biología basada en la herencia.

Cosa bien distinta ocurre con los hábitos adquiridos. A través de la educación, sobre todo inconsciente, los hombres nos transmiten las costumbres «ethos», en griego. Las comunidades naturales de parentesco «genos», en griego se cargan de costumbres aprendidas. Nación + costumbres. Ethos + genos: «Etnos». Las etnias son las naciones animales de parentesco cuando se cargan de costumbres humanas adquiridas. Cada nación tiene sus costumbres conscientes o inconscientes, que nos hacen sentir sensación de extranjería y añoranza de la patria cuando nos toca vivir lejos de los nuestros.

Una de las costumbres más evidente es la forma de hablar, el lenguaje. Cada comunidad humana crea su lenguaje o sublenguaje (variante, dialecto) y, viceversa, el lenguaje cohesiona una comunidad. Si dispersas la comunidad, matas el lenguaje, si prohibes el lenguaje, ahogas la comunidad.

Los semitas hablan una familia de lenguajes que tienen un origen diferente a la familia de lenguajes de los jafetitas que hoy se llaman indoeuropeos. Son semitas los acadios, los fenicios, los cananeos, los hebreos, los arameos, los asirios y los árabes. Son indoeuropeos los hindúes, los persas, los hititas, los griegos, los romanos, los celtas, los germanos y escandinavos y los eslavos.

Una nación (etnia) es una comunidad diferenciada de largas raíces históricas que suele tener territorio propio definido, costumbres propias, folklore, derecho, lengua, organización territorial, cultura, artes, literatura e incluso formas religiosas propias. Un árbol es difícil de definir pero muy fácil de distinguir de otras cosas. Así también una nación.

Una de las características constantes de la nueva era de la crisis permanente que empezamos a explicar es la opresión nacional. Unos estados expansivos devorarán naciones, arrasarán sus campos, deportarán sus prohombres, dividirán el territorio nacional, eliminarán sus signos de identidad nacional, prohibirán su idioma, invalidarán su derecho, destruirán sus instituciones, se aprovecharán de su economía, rapiñarán sus tesoros, sentarán inmigrantes foráneos, ocuparán el país militarmente, ahogarán a la gente con impuestos, los invadirán con culturas extrañas.

Esto es colonizar, convertir una nación en «provincia» que quiere decir «bien vencida». Hoy todavía podemos ver grandes naciones troceadas: Corea del norte y del sur, Kurdistán ruso, persa e iraquí, Armenia rusa y turca, Tirol del norte y del sur, Irlanda del Norte y del Sur, Euskadi norte y sur, Cataluña norte y Países catalanes del sur. La lista no acabaría nunca.

Si los hombres somos todos iguales por raza, cada nación tiene derecho a su independencia. Imperialismo es aplastar la nación vecina. ¡Y hace cuatro mil años que estamos en la Era de los imperialismos!


LOS METALES

Una formación tradicional demasiado espiritualista o una formación moderna demasiado racionalista y abstracta nos hacen olvidar a menudo que ciertas «insignificancias» materiales, a veces, hacen cambiar el curso de la historia. El hallazgo del tratamiento de los metales, la metalurgia es un ejemplo.

Hoy, con la invasión del plástico, los metales han perdido un poco un protagonismo indiscutible que poseían hace poco. Un país se medía por su producción de acero.

En el origen hay que ver que la humanidad le costó mucho llegar a dominar los metales.

El oro fue el primero en ser descubierto y utilizado para la ornamentación porque se encuentra en estado natural en forma de escamas de oro. Más tarde también se extraerá en filones enrevesados escondidos en minas profundas bajo tierra. El oro no se combina. No es necesario separarlo del mineral. Ni se oxida, siempre luce. Con la plata ya fue utilizado en el Neolítico.

La plata es fácil de fundir y se oxida poco. Fue, pues, la segunda en ser utilizada para hacer vasos y ornamentación. Pero la plata y sobre todo, el oro son escasos. Cuando se introducirá la moneda anónima, indocumentada e irresponsable de la era imperialista tomará forma de oro o de plata, porque poca cantidad de estos metales puede servir de contrapartida a grandes cantidades de otras mercancías. Se hablará del «vil metal».

Cuando estudiábamos historia en la escuela nos hablaban de las edades de cobre (Eneolítico), del bronce y del hierro.

El cobre fue el primer metal abundante. Nuestras abuelas hacían lucir aquellas ollas de cobre con reflejos rojizos. Su punto de fusión es bajo, pero exigió un tratamiento químico a partir del mineral, que fue necesario descubrir.

La Edad del Cobre o Eneolítico también fue una etapa de la historia humana bastante pacífica y armónica. Su civilización no se distinguió de la neolítica, salvo el uso extendido del cobre. Con el cobre no se hicieron armas porque el cobre es blando y se dobla fácilmente. En cambio con el cobre se hicieron monedas de pequeño valor, calderilla.

Todos los males vinieron juntos o, mejor, muchas cosas coadyuvaron a introducir el desequilibrio: el descubrimiento de la balanza y de la piedra de toque permitieron el control de las aleaciones que facilitaron la introducción de la moneda metálica y también la aceleración del comercio exigió unas monedas más sensatas, después esta moneda compró las grandes traiciones y, finalmente, el cobre aliado con el estaño para dar el bronce, facilitó las armas duras que consolidaron las traiciones, los pillajes, las dominaciones.

El bronce, la Edad del Bronce, es dura. Las espadas de bronce adecuadamente blandidas cortan cuerpos humanos en redondo.

Daba la casualidad de que el metal llamado «estaño» era un metal escasísimo. Sólo era abundante en las islas Casitérides («casiterita» es el mineral de estaño) que se suelen ubicar en Cornualles en el sudoeste de Inglaterra. Sólo pocos grupos selectos y poderosos disponían del bronce. Es la etapa de los semitas que se instauran en todo el próximo Oriente el terror, mediante pequeñas elites de guerreros que dominan la población autóctona y fundan los primeros grandes imperialismos, los imperialismos más crueles y refinados. Toda la civilización neolítica al servicio de la opresión. Arrancaban ojos, cortaban el tendón de Aquiles de los vencidos para que nunca más pudieran huir... La opresión nació perfecta!

El hierro, en cambio, más difícil de fundir y, por tanto, más tardío, pero mucho más abundante que los otros metales, fue el arma «democrática» de las tribus indoeuropeas más atrasadas (paleolíticas, mesolíticas o en los inicios del neolítico). Pero la extensión del hierro fue fulminante. Estalló en el Mediterráneo hacia el 1.200 aC, derrumbando todos los imperialismos del bronce.

Una espada de bronce opuesta a una de hierro quedaba partida por la mitad. Los primitivos vencieron a los civilizados. Los últimos se convirtieron en los primeros.


EL PRIMER IMPERIALISMO

El hombre de Neandertal o de Cromañón, el hombre Musteriense del Paleolítico medio, el hombre magdaleniense del Paleolítico superior, el hombre mesolítico o neolítico, la Edad del Bronce o la Edad del Hierro, todo son nombres que nosotros hemos impuesto a pueblos «mudos», llegados a nosotros a través de restos arqueológicos sin sonido de voz ni escritura. Como se llamaban ellos mismos, siempre permanecerá en el misterio.

Con la aparición de la escritura y con su desciframiento hemos ido conociendo el nombre y la identidad de los pueblos antiguos, aquellos que marcan el inicio de la historia escrita.

Uno de los pueblos más antiguos, del que ya se sabe el nombre, es el pueblo de Sumer, que habitaba la baja Mesopotamia donde confluyen el Éufrates y el Tigris. Este pueblo, como los elamitas de las montañas de los Zagros, arriba hacia Persia, y como los drabitas de la India son pueblos negros fuera de África pueblos portadores de las más primitivas civilizaciones, de las más primitivas escrituras. Son, los suyos, los primeros nombres auténticos. Aunque ellos viven en un equilibrio socioeconómico bastante estable.

Hacia el 3.000 aC, bajan de las comas del Cáucaso los primeros pueblos semitas de piel blanca. Penetran hacia las llanuras fértiles de la Mesopotamia: son los acadios. Aprenden de los sumerios la escritura pero hablan una lengua diferente. A la divinidad básica le llamaban «Il» (el nombre del templo de Enl-il, el nombre de los reyes Samsu-iluna, Sub-il-uliuna). Aprenden el cultivo de la tierra con técnicas «modernas» de arados, de drenaje, de regadío, de almacenamiento y conservación de las cosechas. Fundan sus propias ciudades.

Muy probablemente, uno de los reyezuelos acadios, Sargón de Acad, fue el primero que rompió sistemáticamente el equilibrio militar entre las muchas ciudades sumerias y acadias, bien amuralladas, esparcidas por la Mesopotamia. ¿Los ejércitos defensores fueron vencidos por las nuevas armas de bronce de los agresores? o más bien, ¿el portero de las murallas abrió, traidor, de noche la puerta al enemigo, que previamente lo había comprado con la moneda anónima, concreta, irresponsable y antisocial que empezaba a desbancar a la moneda social, responsable, abstracta y documentada de los tiempos antiguos?

Lo cierto es que hacia el 2.400 aC, se rompe estrepitosamente el equilibrio y la paz en el mundo. Sargón de Acad. empieza a conquistar, una a una, las diferentes ciudades nación de la llanura rica del Éufrates y el Tigris. Cuando una nación conquista otras naciones y les impone su yugo militar, político, económico, cultural y social, el imperio, esa unión federal y libre de naciones que habíamos conocido en el neolítico se transforma en imperialismo, la forma más nefasta de organización político-social. El imperialismo es la opresión, la guerra, la violencia, la crueldad, la rapiña sobre las personas individuales y sobre las colectividades nacionales.

En el centro de todo imperialismo nace una gran metrópoli. «Metro», en griego, significa «matriz». Pero se trata de una matriz devoradora que se hace grande, brillante, maravillosa, divina, a costa del terror y la miseria de las provincias, de las colonias.

La primera, la más ejemplar, fue Babilonia o Babel. Fue fundada por Sargón I del primer imperialismo del mundo, el imperialismo babilónico. La primera maravilla del mundo: los jardines colgantes de Babilonia. El primer templo desmesurado: la torre de Babel, que quería tocar el cielo, el «zigurat» de Babilonia.

Poco después, a derecha e izquierda, en el valle del Nilo y el valle del lndus, la red de ciudades conviviendo en equilibrio también son dominadas y se fundan sendos imperialismos a imagen y semejanza del babilónico... Los imperialismos se irán construyendo y destruyendo hasta nuestros días.


EL PODER

Es interesante detenerse a analizar la estructura de un imperialismo. Llevamos más de cuatro mil años atrapados en esta red despiadada. Decíamos que incluso hay quien se piensa que es una estructura inestable, «consustancial» a la naturaleza humana: «el poder».

El poder, lo tenemos todos. Todos podemos caminar, abrir y cerrar los ojos, etc. Pero aquí nos referimos al poder en su sentido más peyorativo que parece avalar su origen etimológico. «Potestas» se opone a «Auctoritas». Potestad es el dominio sobre las personas (individuos y colectivos). Autoridad (del latín: augeo, augere, auctum) es el servicio para aumentar la libertad, la felicidad, la cultura y la riqueza de los ciudadanos.

Alguien cree que Pater y Potestas vienen del mismo origen en el neolítico, en el momento en que se pasa de matriarcado en patriarcado. El matriarcado, ya lo vimos, fue democrático. El patriarcado fue despótico. Aún en el sabio y prudente derecho romano se conservan vestigios del horrible despotismo del «pater familias». Él no podía matar a otro ciudadano sin sufrir juicio y condena ejemplar.

Pero podía hacer lo que quisiera, incluso matar a su mujer, sus hijos y sus sirvientes sin dar cuenta a nadie. Es ley común en todos los derechos consuetudinarios (costumbres) bárbaros.

Pues bien esta indignante «Patria Potestad», ejercida en el neolítico en el interior de la familia y dulcificada en el neolítico civilizado, aparece y se extiende con toda su fuerza por todos los pueblos dominados en cada imperialismo histórico «Vae victis»!. «¡Ay de los vencidos»! Hasta nuestros días. Los vencedores son ángeles, son justos, son ley, son honorabilidad. Los vencidos son demonios, injustos, malhechores, la pura vileza. Unos, ebrios, los otros facinerosos. Unos son los buenos, los otros los malos. Unos tienen la verdad única e indiscutible, los otros el error, la mentira.

El emperador imperialista, déspota y tirano atrae a un grupo de privilegiados, al inicio guerreros, después, sacerdotes, banqueros, comerciantes, hombres cultos, etc., todos ellos comprados con dinero y cómplices del despotismo y de la tiranía. El resto de la población es necesario que quede bien sujeta, callada y quieta para ser explotada en provecho de los dueños.

Los rebeldes tienen tres destinos posibles: la muerte, la esclavitud y la marginación más allá de los límites del imperialismo o en forma de bandolerismo por los desiertos y las montañas. En los tiempos primeros del imperialismo las muertes no se pueden contar. La esclavitud llega en determinados lugares a un 60-70% de la población.

El padre del neolítico, el bárbaro primitivo había sometido a servidumbre a la familia ya los enemigos cobardes vencidos. Pero la familia neolítica tenía una servidumbre blanda, «familiar». Había demasiados lazos de sangre y de afecto. Y además, enseguida fue dulcificada por la racionalidad civilizada del neolítico. La riqueza, habilidad y cultura de los sirvientes, los plebeyos, poco a poco, les da fuerza para arrancar derechos de igualdad y cambiar a la equiparación con los señores, los patricios.

Ahora, en el imperialismo, el esclavo no tiene ningún derecho. No es persona humana. Es cosa. Es maltratado, es comprado y es vendido según convenio. Se le quita el nombre gentilicio, el apellido de familia. Es «nadie». Largas cadenas de esclavos encadenados recorrían los campos del mundo para ir a los grandes mercados mundiales de esclavos de Alejandría, Antioquia, etc., a convertirse en mercancía canjeable. Los vientres de las naves estaban repletos de esclavos encadenados al banco y al remo para hacerlas avanzar más ligeras que el viento.

Sólo se mantenía al esclavo para explotarlo, para nada más. Y los pueblos rebeldes no sometidos se mantenían más allá del territorio a golpes de espada. Se les diezmaba con «razzias» destructivas periódicamente. Si se podía, se les imponían impuestos onerosos en joyas, en cosechas, en esclavos...

Los hombres del poder, los creadores de los grandes imperialismos, nunca llegaban a comprender que de hombre a hombre va cero.




1a edición: Barcelona, 17 de junio de 1997. Escola Finaly

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